Y un gusanillo asomó por uno de los agujeros de la Historia
Por Antonio Pardines
Instantes como el ofrecido por Carlo Ginzburg en El queso y los gusanos, propone algo más que rescatar del olvido a su protagonista, un molinero del siglo XVI que hizo temblar la corrección de su época. Tal vez, en otra, unas pocas décadas más adelante o incluso antes, lo habrían tomado por loco, pero entonces el pulso entre Reforma y Contrarreforma, más que ideológico, era políticamente mortal.
En su ensayo, Ginzburg mira a través de los agujeros del relato oficial y encuentra uno por el que colarse para recuperar a un personaje que no conquistó tierras, ni inventó nada que cambiase el devenir. Sencillamente, era un tipo que sabía leer (en lengua vulgar) y que juzgaba sus lecturas allí donde se juntan lo heredado, lo inventado, lo propio, lo universal… En la mente.
Y es que a la Historia con mayúscula, que es la que nos llega, solo le interesan los grandes nombres, lo cual la transforma en una historia mínima e interesada, una capaz de borrar sin el menor miramiento e incapaz de acercar aquellos numerosos aspectos que decide velar porque ella es la encargada de crear el espejismo de las realidades pasadas. Publicado por primera vez en 1976 —en España tuvo su primera edición en 1981—, El queso y los gusanos (1) rescata un nombre del olvido para mostrarlo como el héroe anónimo frente a la maquinaria de poder, que siempre tiende a homogeneizar según su dictado.
Pero el libro de Carlo Ginzburg no solo es un viaje a la mente humana, sino a la cultura (y contracultura) de una época de la que se tiene una vaga idea. La observamos en una distancia que se llena de bruma, de nombres regios o de ideas como el analfabetismo popular y el férreo control eclesiástico. Y en cierto modo, esa niebla oculta aspectos tan importantes como la realidad del individuo que se distancia de los márgenes establecidos.
Siempre hay quien camina quijotesco, quien interpreta el mundo a su manera, filtrándolo a partir de su comprensión y de su imaginación, de la herencia cultural recibida y del pensamiento de otros, que entonces llegaba oral o escrito. El protagonista de Ginzburg, Menocchio, de nombre Domenico Scandella, es el molinero friulano del que conocemos su existencia y su resistencia a partir de las actas de la Inquisición que lo juzgó por partida doble, pues dos fueron las veces que se vio ante el Santo Oficio.
El anónimo cobra así su nombre para la historia, esa que olvida hasta que alguien indaga en sus rincones más oscuros y se topa con personajes que, como Prisciliano en el siglo IV —el primer cristiano hereje condenado por un tribunal civil y de quien probablemente sin saberlo beben algunas de las influencias recibidas por el molinero—, Giordano Bruno o este natural del Friuli en el XVI —al noreste de Italia e inspiración cultural y antropológica del joven Pasolini—, hicieron temblar la corrección del momento. Eso hizo a pequeña escala este lector de la Biblia y del Decamerón, de crónicas, de libros religiosos y de viajes, de filosofía e historia, de volúmenes que, como le sucedería a don Alonso Quijano con los de Caballería, lo transformaron —para el futuro, liberando su mente; y para sus contemporáneos, sumisos de las ideas del momento, en trastornados—.
En el prefacio de la obra, Ginzburg señala que «Dos grandes acontecimientos históricos hacen posible un caso como el de Menocchio: la invención de la imprenta y la Reforma>>. Sin embargo, no fueron exactamente los libros los detonantes del cambio en Menocchio, sino su subjetividad —durante su juicio él afirmaba que sus opiniones las había sacado de su cerebro— y su comprensión lectora, su modo de, partiendo de la cultura popular, entender la letra —el pensamiento escrito— y de hacerla suya. Y ahí reside tanto la riqueza literaria como la humana, en que un libro y un individuo que se encuentran son diferentes al mismo libro en manos de otro lector.
Menocchio era un peligro porque su modo de leer amenazaba al orden, es decir, su interpretación distaba de la oficial: la de que el universo había sido creado por Dios —el campesino había llegado a la conclusión de un cosmos nacido del caos—. Así, partiendo de las actas inquisitoriales en las que se detalla el juicio y la sentencia —«¡a la hoguera con él!»—, Carlo, el hijo de la notable y aguda intelectual Natalia Ginzburg, nos desvela un tiempo, una cultura, una herejía, que no es otra cosa que desviarse del tono oficial, el cual, no mucho antes, habría sido perseguido como herético por el anterior sistema ideológico impuesto, el enésimo y siempre previo del posterior que también intentará tapar esos agujeros que no encajen en el relato de los quesos oficiales.
(1) Carlo Ginzburg: El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI (traducción de Francisco Martín Arribas). Austral, Barcelona, 2026.
Fotografía de cabecera: Grabado histórico que representa la ejecución en la hoguera de un condenado por herejía. Imagen de dominio público disponible en Wikimedia Commons.

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