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Mostrando entradas de febrero, 2024

El jovencito Frankenstein (1974)

El año 1974 es el gran momento de Mel Brooks en el cine, por la sencilla razón de que estrena dos películas (por él dirigidas) y que ambas son éxitos rotundos de público y de taquilla y ese doble acierto lo posiciona entre los cineastas más populares y rentables de Hollywood. El secreto de su éxito parece que consiste en decantarse por lo simple, lo complejo no suele triunfar en la taquilla, ni en las librerías, ni en las discotecas ni en los teatros, ni en las charlas de cafetería ni de barra americana; aunque seguro que lo suyo no fue tan fácil como escribir este y otros comentarios. Desde sus orígenes profesionales, Brooks busca hacer reír. Lo hizo siendo guionista de televisión en el show de Sid Caesar, como creador de la serie televisiva Superagente 86 (Get Smart), como cómico en directo y, a partir de finales de los sesenta, en el cine. Pero, sea cual sea el medio, el fin siempre es el mismo: la carcajada de su público. Lo cual no deja de ser una de las cosa más serías y compl...

Crónica de un niño solo (1965)

El primer largometraje de Leonardo Favio, se lo dedicó a su “maestro” Leopoldo Torre-Nilsson, quien le había dirigido en El secuestrador (1958), Fin de fiesta (1960) o La mano en la trampa (1961), llevaba a otro nivel la figura infantil solitaria. En cierta medida, la de ser un marginal, era similar a la ya expuesta en su cortometraje El amigo (1960), pero Potín (Diego Puente), el protagonista de Crónica de un niño solo (1965), carece de la opción de soñar para escapar del entorno. La suya ha de ser una huida real, en el mundo físico, de la celda del centro donde le han encerrado. Su fuga del colegio, orfanato-reformatorio, y su posterior deambular, así como su encierro previo entre los muros del centro, son detallados con precisión, sin alardes, haciendo gala de un <<ascetismo cruel>> e influenciada por el Bresson de Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamné à mort s’est échappé, 1956) y Pickpocket (1959). En un primer momento Favio, quien también fue coguio...

El amigo (1960)

El segundo cortometraje del popular actor y cantante argentino Leonardo Favio anuncia lo que se verá cinco años después en su primer largometraje, Crónica de un niño solo (1965), pero, además, en El amigo (1960) ya establece su compromiso, sus intereses y su discurso. Decide que tipo de cine será el suyo y se posiciona al lado del niño protagonista. Muestra su deseo, su soledad, su experiencia vital trabajando de limpiabotas a la entrada de una feria, pero también nos introduce en sus sueños; los de un pequeño que fantasea tener un amigo, pues ¿qué mayor tesoro en la infancia que la amistad? Esa complicidad en el juego y en la propia fantasía, común a la inocencia del niño protagonista que, a lo largo de los diez minutos de metraje, escapa de su suerte, la que le ha llevado al lado menos luminoso. La desigualdad social se observa en un espacio lúdico, en los dos niños, imágenes en apariencia opuestas, pero intercambiables o, dicho de otro modo, la imagen de la infancia. Uno, llega acom...

Sillas de montar calientes (1974)

El spaguetti western se inició como homenaje y parodia del western estadounidense, pero sus primeros pasos resultaron tan atractivos para el público, que acabó creando sus propias señas de identidad; algunas de sus propuestas incluso fueron cómicas, como Mi nombre es ninguno (Il mio nome è Nessuno, Tonino Valerii, 1973) y Le llamaban Trinidad (Lo chiamavano Trinità..., Enzo Barboni, 1970). El caso es que la comedia y el western habían coqueteado antes de que Mel Brooks las uniera en Sillas de montar calientes (Blazing Saddles, 1974). Ya lo habían hecho Buster Keaton, los hermanos Marx, Laurel y Hardy, que son algunas influencias directas y reconocibles en el cine del cómico neoyorquino. Hubo otros westerns estadounidenses más cercanos en el tiempo a Sillas de montar calientes que incluían en su metraje la parodia. La batalla de las colinas de Whisky (The Hallelujah Trail, John Sturges, 1965) y Pequeño gran hombre (Little Big Man, Arthur Penn, 1970) son dos ejemplos, aunque la segunda n...

El naufragio de la humanidad (1923)

Nacida con el cinematógrafo, en 1895, Dorothy Davenport dedicó parte de su vida al cine, siendo actriz, guionista y productora y también directora ocasional. Su primera producción fue El naufragio de la humanidad (Human Wreckage, 1923), que codirigió sin acreditar junto con John Griffith Wray. La coprodujo en asociación de Thomas Harper Ince, quien la había convencido para que protagonizase el film, el cual tiene su origen en la muerte por sobredosis de Wallace Reid en 1923, de quien Davenport era viuda. Consecuentemente, se entiende que El naufragio de la humanidad sea una película de propaganda y a la vez un film personal para ella, en la que la actriz asume el rol de Ethel MacFardand, una mujer que lucha contra los narcóticos y cuyo marido, el abogado Alan MacFarland (James Kirkwood), cae en la adición. La finalidad propagandística del film es la de advertir del peligro que supone el consumo y abuso de sustancias como la morfina, de la que Reid era adicto tras el accidente por el ...

Los sobrevivientes (1978)

El núcleo familiar elegido por Tomás Gutiérrez Alea para continuar con su mirada crítica a la Cuba posrrevolucionaria —parece obvio que para él resultaba importante reflexionar y desvelar aspectos de la sociedad cubana del momento— se encierra en la finca familiar donde los Orozco que han permanecido en Cuba, bajo la guía de Sebastián (Enrique Santiesteban), se aíslan del exterior revolucionario cuando ven que los castristas se orientan hacia el comunismo. Son exiliados en su tierra, pero lo son de un modo especial; quieren serlo a lo grande y, para ello, tiran la casa por la ventana, comprando todo tipo de lujos en el mercado negro. Así pretende hacer de la villa-prisión un paraíso de consumo donde se pueda disfrutar de <<manjares y licores finos>>, entre otros lujos a los que estarían acostumbrados en la época prerrevolucionaria; a la espera de que todo vuelva a la normalidad. En un primer momento, confían en que todo regresará al orden de su gusto, pero los años pasan, e...

Pickford, la pequeña gran Mary

Al principio no había nombres en la pantalla, solo aquellos cuerpos y rostros proyectados en sabanas y paredes. Las voces, gritos, pellizcos, guantazos, alguna ventosidad en fuga y el humo tabaco procedían de los espectadores; la mímica y las caídas solían proceder del otro lado. Así fue durante años, hasta que aquellas anatomías planas se hicieron familiares para el público que acudía a las barracas y, posteriormente, a locales adaptados para una mejor proyección. En los primeros tiempos no existía el star-system , ni el sistema de estudios, ni el sensacionalismo ni la pomposidad de alfombras rojas, ni historias con argumentos ni publicistas que creasen ídolos. Había buscavidas, granujas de medio pelo, calvos y de melena, soñadores de entretenimiento y empresarios en busca de negocio; y este se encontraba en las imágenes y las situaciones, en payasadas, fantasías, westerns... También en las estrellas. Qué decir tiene que, por entonces, el cine andaba en pañales y aprendía a caminar al...

Dos veces yo (1984)

La ultima de las cuatro colaboraciones cinematográficas de Carl Reiner tras las cámaras y Steve Martin de protagonista  — Un loco anda suelto (The Jerk, 1979), Cliente muerto no paga (Dead Men Don't Wear Plaid, 1982), Un genio con dos cerebros (The Man with Two Brains, 1983) y Dos veces yo (All of Me, 1984)—  reunía al popular actor con otra de las grandes estrellas de la comedia de la década de 1980: la actriz Lily Tomlin. Juntos, nunca mejor dicho, dan rienda suelta a su vis cómica en una comedia que tiene su punto y encuentra su vía hacia la comicidad en la doble personalidad que ocupa un solo cuerpo, el del abogado Roger Cobb; quien, sin desearlo ni esperarlo, recibe el alma de Edwina Cutwater, su cliente recién fallecida. En realidad, solo se habían visto en dos ocasiones y en ambas acabaron tirándose los trastos. La primera, en la habitación de la mansión donde “agoniza” la millonaria, una mujer a quien le dan pocas horas de vida. Ha pasado su existencia postrada en ...

Ejecución inminente (1999)

Salvo por su concesión final —la escena navideña con la que concluye el film— al público y a la industria a la que pertenece, Clint Eastwood se muestra contundente a lo largo de su recorrido por la jornada que desarrolla en Ejecución inminente (True Crime, 1999), una jornada a contrarreloj con la que cerraba su obra cinematográfica en el siglo XX. En el XXI llegarían otros y mejores títulos, también peores que añadir a su ya impresionante currículum como cineasta; pero Ejecución inminente no desentona con lo que se espera. Entretiene en su propuesta, aunque su crítica a la pena capital carezca de la fuerza y de la insistencia de contemporáneas suyas como Pena de muerte (Dead Man Walking, Tim Robbins, 1995). Resulta atractiva en su reflexión sobre la casualidad, la apariencia y la verdad, que cobra la forma de drama que deambula entre el cine de periodismo y el suspense (de resolución previsible) que pueda generar la posibilidad de que el condenado Frank Beechum (Isaiah Washington), ...

Vicios pequeños (1978)

Cuando dos actores tan grandes como Ugo Tognazzi y Michel Serrault se alían en la pantalla puede pasar que llegue un tercero, que responda al nombre de Michel Galabru, y que juntos y revueltos den rienda suelta a su capacidad cómica y se batan en un duelo interpretativo a tres bandas. Ese momento cinematográfico se estrenó por estos lares con el título Vicios pequeños (La cage aux folles, 1978), pero aquí y donde sea, la película apuesta por el humor para expresar tolerancia. En esta alocada comedia basada en la obra teatral de Jean Poiret, los dos primeros dan vida a una pareja homosexual que ve como su cotidianidad se transforma en otra cosa cuando Renato Baldi (Ugo Tognazzi) recibe la noticia de que su hijo Laurent (Rémi Lairent) se va a casar; y que los padres de la novia quieren conocer a la familia. Baldi, empresario de cabaret, vive con Albin (Michel Serrault), la diva del espectáculo y su pareja desde hace veinte años. Juntos viven su madurez y su relación matrimonial con alti...

La reina del desierto (2014)

En La reina de desierto (Queen of the Desert, 2014) Werner Herzog no alcanza el esplendor ni asume riesgos como en otras de sus películas, pero lo aparentemente convencional que acompaña a la aventura de Gertrude Bell (Nicole Kidman) por Persia y el desierto de Arabia tampoco desentona dentro de aquello que en sí, más que una filmografía, parece una búsqueda de personajes y situaciones al filo de lo imposible. Solo hay que echar un vistazo a los títulos que componen su obra, incluso al propio personaje Herzog, y se comprende que sus propuestas insisten en esos personajes que se salen de la norma; es decir, que abandonan lo posible y lo permitido para adentrarse por caminos inexplorados y llenos de dificultades, prácticamente insalvables. Son los representantes de una humanidad que se niega a claudicar al conformismo dominante en la sociedad a la que dan de lado para aferrarse a su sueño, quizá a su locura existencial. Esa misma búsqueda, el vivirla, es su victoria, tal vez pírrica o i...

¿Víctor o Victoria? (1982)

Contradiciendo al gran Luis Eduardo Aute, la vida no es cine, ni los sueños cine son; y cuestionando los cuentos Disney, no tiene finales felices y pocos son quienes comen perdices, pues más comen pollo. En la vida, finales que no abran nuevas vías solo hay uno y dudo que este inspire felicidad a cualquiera que no pretenda una salida rápida y definitiva. La evasión del cine tampoco tiene posibilidad de ser real, aunque la realidad supere a la ficción cuando alguien se inventa un personaje para escapar o sobrevivir a un entorno asfixiante y deprimente. Este punto de partida me lleva a la transformista interpretada por Katharine Hepburn en La gran aventura de Silvia (Sylvia Scarlett, George Cukor , 1935), a la esposa de guerra a la que dio vida Cary Grant en La novia era él (I Was a Male War Bride, Howard Hawks , 1949) y a los dos músicos transformistas de Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, Billy Wilder , 1959), que son de cine y cine son, pero también a Paul Grappe, que fue ...

La alegría está en el (anti)cuerpo

Autor:  Ernest Board El 14 de mayo de 1796, Edward Jenner inoculó a James Phipps, un niño de 8 años, la primera vacuna de la viruela. El doctor había observado que quienes trabajaban ordeñando vacas no les afectaba la viruela bovina. Supuso entonces que en la sangre de las ordeñadoras había anticuerpos que las hacía inmunes y que podrían proteger de la enfermedad a quienes no los tenían y caían sin que hubiese medicina que lo remediase. Más o menos ese fue el principio de las vacunas y poco después otros siguieron su camino o mismamente le imitaron. Este sería el caso del equipo médico de la expedición que Carlos IV envió a América, con el cirujano alicantino Francisco Javier Balmis al frente y con la misión de vacunar a la población con la vacuna de la viruela descubierta por Jenner. Para algunos, el hijo de Carlos III y padre de Fernando VII ha pasado a la historia como un rey amante del arte y de la caza algo bobo o de escasa personalidad; y para otros como quien entregó la coro...

Elogio del fracaso

Si Erasmo hubiera escrito un libro que elogiase el fracaso, no estaría convencido de que entre sus líneas apareciera: “Fracasar no implica ser un fracasado y, de serlo, cuál sería el problema”, aunque bien habría podido hacerlo. Ninguno, le respondería mentalmente. Y sería una respuesta acertada, pues, salvo la sensación de rechazo social, en una sociedad que ha disparado la competición y el mercantilismo, reduciéndolo todo a un lugar de apariencia y negocio donde crear ídolos, vencedores y vencidos, fracasar conduce un paso más cerca de la sabiduría cotidiana. Existe en la actualidad la firme creencia, y la no menos estable tendencia, de que el éxito es tener dinero, popularidad y una sonrisa “profidén” que luzca en las instantáneas que esconden el instante mientras los cuerpos posan en un marco turístico masivo o delante de un plato más o menos elaborado. También existe un miedo ya congénito al fracaso cuando, en realidad, se debería estar dispuesto a fracasar con alegría y, de paso,...

Los productores (1967)

A los nueve años, Melvyn Kaminsky acudió a ver Anything Goes . Era la primera vez que presenciaba un espectáculo de Broadway y le apasionó tanto lo que vio que, desde entonces, sintió fascinación por los musicales y por la música de Cole Porter. Otra de sus pasiones es el cine: de pequeño acudía siempre que la economía familiar se lo permitía. Le gustaba todo tipo de películas, pero sentía predilección por las comedias de los hermanos Marx, Charles Chaplin, Buster Keaton, Laurel y Hardy,… y por los musicales cinematográficos protagonizados por Fred Astaire y Ginger Rogers, entre otras estrellas del género. Su admiración queda patente en sus películas. En la práctica totalidad de su filmografía como director, incluye algún número musical para homenajear aquellos clásicos. A este respecto, su primer largometraje como director y guionista no fue una excepción. Con él, entraba en el cine por la puerta grande, pero ya había obtenido popularidad como guionista de televisión y cómico antes de...

Mel Brooks, ganas de (hacer) reír

La primera película que Mel Brooks vio en el cine fue El doctor Frankenstein (Dr. Frankenstein, James Whale, 1931). Le impactó tanto que cuarenta y tres años después realizó El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), su cuarto largometraje como director y la primera que recuerdo haber visto de las suyas; ¿o fue El misterio de las doce sillas (The Twelve Chairs, 1970)? El cine había irrumpido con fuerza en aquel niño de cinco años, natural de Brooklyn, feliz en su vecindario y con ganas de hacer reír y, probablemente, de dejar atrás la pobreza que vivió durante la Depresión que disparó el paro, los precios, el hambre y algún totalitarismo. Con muchas ganas, suerte, talento y humor de patio de colegio llegó a triunfar como cómico; más adelante lo haría como actor, guionista, productor y director de cine y televisión, medio este último para el que creó junto con Buck Henry  Superagente 86 (Get Smart, 1965-1970). Aunque la cosa no sería tan fácil. Necesitaría encontrarse...