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miércoles, 4 de junio de 2025

Matadero cinco (1972)


El trasunto de Kurt Vonnegut en su novela Matadero cinco o la cruzada de los niños promete a Mary, la mujer de su viejo compañero de cautiverio, que si algún día logra terminar su libro sobre el bombardeo aliado de Dresde no habrá ningún papel para Frank Sinatra ni para John Wayne. No se trata de manía hacia las dos estrellas de Hollywood, sino que en su novela no habrá personajes heroicos, ni exaltación patriótica ni belicismo, como sí asoman en los bélicos protagonizados por los dos populares actores y por otros muchos. Vonnegut no pretende más que expresar la locura, a través de su relato no lineal, negro, fantasioso, supongo que terapéutico para él, pues habiendo sido testigo de la lluvia de bombas, del fuego, de los cuerpos calcinados que tuvo que desenterrar debajo los escombros y de los estragos, las imágenes que se acumulaban en su memoria necesitaban una vía de escape. Se calcula que la tormenta de fuego sobre la ciudad alemana se saldó con una cifra que los historiadores sitúan entre 25.000 y 35.000 muertos, en la novela se habla de más de cien mil. El ataque aliado sobre Dresde se produjo hacia el final de la guerra, los días 14 y 15 de febrero de 1945, sin un objetivo militar, pues se trataba de una ciudad abierta, sin industria armamentística ni tropas en sus inmediaciones. Sencillamente, el objetivo del bombardeo eran los civiles y el objeto castigar y minar la moral de la población alemana, en aquel momento ya por los suelos, y tal vez vengarse de los continuos ataques aéreos a suelo británico durante el primer tramo del conflicto, cuando la aviación alemana dominaba el cielo europeo. Pero la guerra había dado un vuelco y ahora los aviones aliados volaban una y otra vez sobre suelo ocupado por los alemanes. La RAF y la USAF ya habían arrasado otras ciudades alemanas (y francesas) con anterioridad, cobrándose la vida de miles de mujeres, niños y ancianos, pero se excusaban con aquello de que existían objetivos militares que justificaban los bombardeos. Sin embargo, en Dresde no había excusa posible ni plausible. La ciudad quedó arrasada tras varios días de tormenta de fuego. No cabe duda de que fue uno de los bombardeos aliados más terribles de los sufridos en suelo europeo durante la Segunda Guerra Mundial.

La novela de Vonnegut, ya por entonces convertida en súper ventas, llamó la atención de George Roy Hill, que se encontraba en una situación privilegiada en Hollywood, gracias al éxito comercial de Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1968). De otro modo resulta difícil pensar que pudiese encontrar la financiación necesaria para llevar a la pantalla una obra literaria de complicada adaptación. A lo que habría que sumar la ausencia de estrellas que sirviesen de reclamo publicitario. En este aspecto, George Roy Hill fue valiente, pero su valentía no evitó que el resultado fuese irregular, por no decir desacertado, ni pudo suplir sus carencias narrativas ni las que, probablemente, ya se encontraban en el guion de Stephen Geller. Tampoco el reparto estuvo acertado, ni la elección de Hill de ofrecer una versión de Billy Pilgrim que parece querer presentarle como un idiota, no como un niño o un fatalista que se adapta a las circunstancias y al tiempo en el que viaja consciente de que la muerte no es el final, puesto que vive en cualquier momento de su pasado; siendo su época de prisionero de guerra la más visitada. A Hill y su Matadero cinco (Slaughterhouse-Five, 1972) les sucede algo similar que a Mike Nichols y su Trampa 22 (Catch-22, 1970), la adaptación cinematográfica de la espléndida novela de Joseph Heller —existe una serie de televisión que intenta adaptarla, pero que me resulta un despropósito similar al de Nichols, sino peor—, que es incapaz ya no de aprehender la esencia de la novela, sino desprenderse de ella y expresar libre y creativa su historia cinematográfica. Ni Nichols ni Hill son capaces de reproducir en la pantalla el humor negro ni el absurdo que campa por las páginas, tampoco logra transmitir la crítica ni el pesimismo. Lo reducen todo a la necesidad/necedad de introducir un tono infantil que se supone contentará al público, pero carente de ritmo; en el caso del responsable de la mucho más lograda El golpe (The Sting, 1973), lo reduce a un humor sin gracia, ni ingenio ni negrura, y a dar saltos en el tiempo que su protagonista asegura no controlar en su carta al director del periódico de Ilium, carta-excusa que le convierte en el narrador de la película…



domingo, 19 de mayo de 2013

Dos hombres y un destino (1969)



Dejando a un lado los gustos y la sorpresa que me produce que a menudo se cite a Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and The Sundance Kid, 1969) por delante de clásicos del western de mayor valía (es probable que por desconocimiento), no me parece descabellado afirmar que este popular film de George Roy Hill se ha mitificado más allá de sus aportaciones al género y de sus virtudes cinematográficas, que las tiene. Su estatus populista, del que disfrutó y disfruta, se debe en buena medida a la presencia delante de las cámaras de dos actores del gancho comercial, de la presencia y del carisma de Paul Newman y Robert Redford, protagonistas de este western que se supone crepuscular, pero que semeja carente de la fuerza de las mejores producciones del subgénero que marcaba la decadencia de un género que, entre otros, John FordHoward HawksRaoul WalshWilliam A. WellmanJohn SturgesAnthony Mann o Budd Boetticher hicieron grande. Desde una irregular sucesión de hechos, Dos hombres y un destino narra los últimos momentos de dos forajidos que se presentan en un prólogo durante el cual se descubre que Sundance (Robert Redford) es un pistolero rápido en el manejo del revólver, mientras que Butch Cassidy (Paul Newman) resulta un tipo con sentido del humor, rápido en ideas y palabras. Tras su presentación se dan unas cuantas pinceladas de la relación que mantienen entre sí, con su entorno y con Etta (Katherine Ross), el tercer personaje en importancia del film, con quien Butch protagoniza la empalagosa e innecesaria escena en la que se les observa montados sobre una bicicleta mientras se escucha Rain Drops Keep Falling on My Head, canción que pone la guinda al empacho y que resultó un éxito comercial tan grande como la película. Uno de los momentos más y mejor desarrollados por George Roy Hill se produce después de que la banda liderada por Butch cometa dos asaltos consecutivos al mismo tren, iniciándose la persecución que sirve para descubrir algo ya sabido, que en ese entorno no existe lugar ni para Cassidy ni para Sundance. Dos hombres y un destino alcanza su mitad mostrando un interludio fotográfico en el que se retrata a los tres personajes principales en Nueva York, mientras disfrutan de su espera, antes de embarcar hacia un nuevo comienzo en Bolivia, país al que Butch hace referencia durante la primera parte del film, consciente de que en su oeste ya no queda espacio para ellos. En la nación andina se inicia la nueva etapa de los forajidos, también al margen de la ley, pues asaltar bancos o trenes es lo único que saben hacer. Sin embargo no tardan en comprender que el momento de dejarlo ha llegado y se convierten en lo opuesto a lo que habrían sido hasta entonces, pero sin encontrar demasiada diferencia entre posicionarse a un lado o a otro de la ley, ya que la violencia siempre está presente. Dos hombres y un destino toma aspectos de otros westerns como Tierra de audaces, pero no por ello deja de resultar un film convencional en él prima lo estético y lo comercial sobre el contendido de una historia que no llega a funcionar del todo, salvo en algún momento de la huida de Butch y Sundance, cuando ambos comprenden que su destino se encuentra lejos de un territorio donde los tiempos han cambiado, realidad que provoca su búsqueda de un espacio donde encajar, pero encontrándose con el final que Etta les asegura que no piensa presenciar.

miércoles, 1 de febrero de 2012

El golpe (1973)



Pierdo la cuenta cuando numero las producciones cinematográficas que tratan sobre timos y golpes perfectos, pero, posiblemente, sea más preciso si pienso en las más famosas. Una de la más, aunque no por ello la mejor, es El golpe (The Sting, 1973), que, pese a sus carencias y gracias a sus constantes intentos por engañar, posee un encanto innegable, en su modo de embaucarnos y exponer las correrías de dos timadores (y sus compinches) durante la estafa de sus vidas. 
En sí, El golpe es un divertido timo que no escatima en gastos para ponerse en práctica. Sus decorados de la década de 1930, el montaje, su división en actos, la partitura, las actuaciones, todos y todas, nos están embaucando y lo hacen con descaro, elegancia y burla. Ese es el atractivo del film de George Roy Hill, que nos engaña y nos hace olvidar que lo está haciendo, porque nos entretiene con el engaño que vemos en pantalla, cuya víctima, el personaje de Robert Shaw, no deja de ser el gancho para que Paul Newman y Robert Redford nos embauquen durante un par de horas. Johnny Hooker (Robert Redford), timador de bajos vuelos, aunque de gran talento, trabaja con Luther Coleman (Robert Earl Jones), el hombre que le ha ensañado cuanto sabe y a quien le une una gran amistad. Sin embargo, un timo al tipo equivocado provoca el asesinato de Luther y probablemente también el suyo. La idea de la venganza cobra fuerza, así pues Johnny acude a Harry Gondorff (Paul Newman), quien según las palabras de Coleman sería el más grande entre los timadores, para castigar al responsable del homicidio. A partir del encuentro entre estos ases del engaño se presenta una cronología, por actos, de los preparativos del golpe.


Existen varios aspectos que podrían explicar el enorme éxito logrado por El golpe; en primer lugar se encontraría la participación de una pareja de actores de gran carisma, dos hombres que habían trabajado juntos, bajo la dirección de George Roy Hill, en Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and The Sundance Kid, 1969); pero además se completó el trío protagonista con la participación del actor británico Robert Shaw, sin duda un villano de gran carisma, al tiempo que sería una víctima perfecta para las intenciones de los embaucadores. Para facilitar el trabajo de los motores del engaño se contó con un guión escrito por David S. Ward que requería la presencia de actores de gran capacidad para la comedia: Ray Walston, Charles Durnning, Eileen Brennan o Harold Gould, estos y otros muchos serían los encargados de confundir durante dos horas a un público que se dejaría engañar de buen grado, pues un timo perfecto consistiría en ofrecer la ilusión que se desprende de El golpe, más aún si se comete al ritmo de la partitura compuesta por Marvin Hamlisch, que remarcaría el carácter alegre y travieso de la película de George Roy Hill.


Tras la presentación del equipo y del decorado donde se pretende llevar a cabo el ambicioso proyecto, se presenta el gancho; dentro del cual se desarrolla una de las mejores escenas del film: la partida de póker que se celebra en el compartimento de un tren en el que se enfrentan por primera vez Harry Gondorff y Doyle Lonegan (Robert Shaw); simplemente magnífica. Sin embargo esa partida de cartas no sería el cebo propiamente dicho, sino la parte previa que serviría para enfurecer al gánster y que le ayudaría a aceptar la propuesta que le realiza Johnny Hooker, quien se hace pasar por un ambicioso esbirro que desea la organización de su jefe. Así pues, una vez que el pez ha mordido el anzuelo, llega el turno para contarle un cuento creíble que le convenza para perder su dinero sin que se dé cuenta y siendo él mismo quien desee invertir en el negocio. Johnny le explica un plan con el que podrían ganar cuatro veces más de lo invertido, un plato apetitoso para cualquiera, y más para Doyle Lonnegan, quien desea hacer pagar la humillación a la que le sometió aquel impertinente jugador de póker. De este modo, la curiosidad, el rencor y la ambición de Lonnegan le empujan a participar en una apuesta que no puede perder, pero no sin antes comprobar todo lo comprobable, y en este punto resulta indispensable la actuación de Kid Twist (Harold Gould).


A pesar de que la trama parece ir por buen camino, existen imprevistos que podrían dar al traste con el plan, uno de esos inconvenientes sería el teniente Snyder (Charles Durning), el policía corrupto que persigue a Johnny por entregarle 2000 $ en billetes falsos; pero Snyder es una nadería si se compara con la amenaza de un asesino desconocido, contratado por Lonnegan, que pisa los talones de su nuevo socio, de quien desconoce su verdadera identidad, porque si tiene la menor idea de quien se trata todo habrá acabado antes de empezar. En este aspecto, El golpe juega con Lonnegan al tiempo que lo hace con un espectador a quien pretende atrapar y engañar para que disfrute con las peripecias de ese grupo de excelentes timadores que ofrecen un genial entretenimiento a cambio de ser cómplice o víctima de un trabajo que no puede fracasar.