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martes, 28 de julio de 2026

Corsarios en la (equi)distancia



Corsarios en la (equi)distancia


Por Antonio Pardines



Aunque su significado sea igual distancia, la equidistancia no es situarse en el medio, ni en la pasividad e indiferencia, sino en la independencia y la valentía que implica ubicarse lejos de la influencia y el acatamiento de los distintos poderes que se disputan el Poder. Moverse en ese lugar resulta más osado y radical que posicionarse en los extremos, que son los espacios ideológicos habitados por no pensantes, lo cual los sitúa en el centro mismo del orden actual. Por contra, los equidistantes se sitúan en la periferia, suelen ser marginales e incluso solitarios en una desventura que les implicará palos desde todas las partes y la sordera generalizada. Sin embargo, pasado el tiempo, su postura suele desvelarse la más lúcida y arriesgada de su época.


En un mundo que polariza el blanco y negro, las mentes que piensan en tonos grises resultan incómodas para cualquiera de las gamas extremas y sus fanáticos seguidores, los mismos cuyo fanatismo y ausencia de autocrítica les hace señalar en los otros el mal que en ellos asumen como el bien. Por ejemplo, señalan la intolerancia y la suya la presumen tolerante; lo cual no deja de ser una muestra de su incongruencia, pero también desvela una idea más general: que no se vive en la verdad ni en los hechos, sino en el relato que favorezca a quien asume la voz narrativa. Pero no nos equivoquemos. No estamos ante ninguna novedad, pues el construir escenarios es de siempre. Aparece con la Historia. Solo con echar un vistazo a las obras de los primeros historiadores o a la guerra de las Galias de César podemos observar una tendencia que fabula y sintetiza o una que ensalza a «uno». En el texto del general romano, el narrador interviene a su favor, aunque emplee la tercera persona para mantenerse a cierta distancia. No lo hace para ser objetivo, sino para darse pompa sin recurrir al «yo».


César era un lince incluso para eso, pena que también fuese mortal como el resto de nosotros, aspirantes a libertadores o dictadores que, cual Espartaco —de haber triunfado en su rebelión— o Stalin, exclamamos «libertad frente a la opresión» al tiempo que oprimimos. Pero avancemos en el tiempo, que es uno de los privilegios que nos concede la literatura y la fantasía, y situémonos en el siglo de autores como Manuel Chaves Nogales, Clara Campoamor —que no dudó en señalar los desmanes en el Madrid de los primeros momentos del conflicto civil—, Vasili Grossman tras la Segunda Guerra Mundial, Dionisio Ridruejo —desde su exilio interior—, Hannah Arendt o Pier Paolo Pasolini, que intentaron habitar en la equidistancia crítica para hablar sobre la realidad sin caer en los extremos. Los polos son los lugares más cómodos porque no exigen pensar; allí basta con insultar y golpear al del otro lado. Y disimuladamente ir contra quien se encuentra en medio, esas mentes que no se dejan convencer por la parafernalia ni los discursos de unos y otros.


No se trata de llevar la contraria ni de disentir por el gusto de hacerlo, sino que su pensamiento desarrolla la actitud crítica que les llevaba a señalar a unos y a otros, la misma por la que fueron repudiados. Y es que no casarse con el poder ni con su opuesto, que no deja de ser la otra cara del poder, tiene un precio, incluso uno de sangre. Pregunten si no a Giordano Bruno —cuya lucidez no se plegaba ante el blanco o negro— en el Renacimiento o a Pasolini, que en 1975 fue asesinado. ¿Por qué lo mataron? ¿Política? ¿Mafia? ¿Tuvieron algo que ver sus declaraciones, sus artículos, su novela inacabada Petróleo? Existen diversas hipótesis, incluso teorías de la conspiración, pero no pretendo añadir ni restar una. Sin embargo, cabe recordar que la Italia de la década de 1970, igual que en otras partes del globo, se vivía en conflicto. Pasolini recogió ese instante en sus artículos periodísticos, en los cuales no se sometía y no rendía pleitesía. Algunas de estas opiniones, escritas entre 1973 y el año de su muerte, serían publicadas poco después de su fallecimiento bajo el título Escritos corsarios (Scritti corsari, 1975) (1). Más que una obra literaria, suena como un grito político e intelectual, el de alguien que sufre y desespera porque ya es totalmente consciente de que nada de lo que exprese cambiará el rumbo de la historia.


De algún modo, Pasolini venció al relato de su época, pese a que no haya conseguido sus objetivos porque, a riesgo de caer en una simpleza, no interesaban a ninguno de los espectros ideológicos dominantes. En cierto modo, ya era un paria que clamaba a los cuatro vientos, pero sin que su mensaje llegase. Atizaba con la palabra y con las imágenes, aun consciente de que su intención era quijotesca. El mundo ya iba demasiado rápido y no dejaba de pisar el acelerador. La velocidad pasó por encima de la diversidad cultural homogeneizando cultura y pensamiento —quizás si quitásemos las banderas de los dos extremos, nos costaría distinguir cuál es cuál—. Pasolini los diferenciaba en su comunión, así que señalaba y polemizaba sobre la actualidad de aquella Italia que había despertado de la ilusión, aquella Italia convulsa donde el autor de Mamma Roma observaba un tipo diferente de fascismo, aquel que no lucía en uniformes ni en discursos, sino el que estaba velado dentro de la propia sociedad, y dentro de sus extremos…




Notas


(1) Pier Paolo Pasolini: Escritos corsarios (traducción de Juan Vivanco Gefaell). Ediciones de oriente y del mediterráneo, Madrid, 2009.



Imágenes:


Retrato de Pier Paolo Pasolini en blanco y negro. Imagen de archivo histórico utilizada con fines biográficos y de divulgación cultural


Fotografía de la portada de Escritos corsarios, de Pier Paolo Pasolini (Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, 2009). Uso con fines puramente ilustrativos y de crítica literaria.

jueves, 23 de julio de 2026

Y un gusanillo asomó por uno de los agujeros de la Historia



Y un gusanillo asomó por uno de los agujeros de la Historia


Por Antonio Pardines



Instantes como el ofrecido por Carlo Ginzburg en El queso y los gusanos, propone algo más que rescatar del olvido a su protagonista, un molinero del siglo XVI que hizo temblar la corrección de su época. Tal vez, en otra, unas pocas décadas más adelante o incluso antes, lo habrían tomado por loco, pero entonces el pulso entre Reforma y Contrarreforma, más que ideológico, era políticamente mortal.


En su ensayo, Ginzburg mira a través de los agujeros del relato oficial y encuentra uno por el que colarse para recuperar a un personaje que no conquistó tierras, ni inventó nada que cambiase el devenir. Sencillamente, era un tipo que sabía leer (en lengua vulgar) y que juzgaba sus lecturas allí donde se juntan lo heredado, lo inventado, lo propio, lo universal… En la mente.


Y es que a la Historia con mayúscula, que es la que nos llega, solo le interesan los grandes nombres, lo cual la transforma en una historia mínima e interesada, una capaz de borrar sin el menor miramiento e incapaz de acercar aquellos numerosos aspectos que decide velar porque ella es la encargada de crear el espejismo de las realidades pasadas. Publicado por primera vez en 1976 —en España tuvo su primera edición en 1981—, El queso y los gusanos (1) rescata un nombre del olvido para mostrarlo como el héroe anónimo frente a la maquinaria de poder, que siempre tiende a homogeneizar según su dictado.


Pero el libro de Carlo Ginzburg no solo es un viaje a la mente humana, sino a la cultura (y contracultura) de una época de la que se tiene una vaga idea. La observamos en una distancia que se llena de bruma, de nombres regios o de ideas como el analfabetismo popular y el férreo control eclesiástico. Y en cierto modo, esa niebla oculta aspectos tan importantes como la realidad del individuo que se distancia de los márgenes establecidos.


Siempre hay quien camina quijotesco, quien interpreta el mundo a su manera, filtrándolo a partir de su comprensión y de su imaginación, de la herencia cultural recibida y del pensamiento de otros, que entonces llegaba oral o escrito. El protagonista de Ginzburg, Menocchio, de nombre Domenico Scandella, es el molinero friulano del que conocemos su existencia y su resistencia a partir de las actas de la Inquisición que lo juzgó por partida doble, pues dos fueron las veces que se vio ante el Santo Oficio.


El anónimo cobra así su nombre para la historia, esa que olvida hasta que alguien indaga en sus rincones más oscuros y se topa con personajes que, como Prisciliano en el siglo IV —el primer cristiano hereje condenado por un tribunal civil y de quien probablemente sin saberlo beben algunas de las influencias recibidas por el molinero—, Giordano Bruno o este natural del Friuli en el XVI —al noreste de Italia e inspiración cultural y antropológica del joven Pasolini—, hicieron temblar la corrección del momento. Eso hizo a pequeña escala este lector de la Biblia y del Decamerón, de crónicas, de libros religiosos y de viajes, de filosofía e historia, de volúmenes que, como le sucedería a don Alonso Quijano con los de Caballería, lo transformaron —para el futuro, liberando su mente; y para sus contemporáneos, sumisos de las ideas del momento, en trastornados—.


En el prefacio de la obra, Ginzburg señala que «Dos grandes acontecimientos históricos hacen posible un caso como el de Menocchio: la invención de la imprenta y la Reforma>>. Sin embargo, no fueron exactamente los libros los detonantes del cambio en Menocchio, sino su subjetividad —durante su juicio él afirmaba que sus opiniones las había sacado de su cerebro— y su comprensión lectora, su modo de, partiendo de la cultura popular, entender la letra —el pensamiento escrito— y de hacerla suya. Y ahí reside tanto la riqueza literaria como la humana, en que un libro y un individuo que se encuentran son diferentes al mismo libro en manos de otro lector.


Menocchio era un peligro porque su modo de leer amenazaba al orden, es decir, su interpretación distaba de la oficial: la de que el universo había sido creado por Dios —el campesino había llegado a la conclusión de un cosmos nacido del caos—. Así, partiendo de las actas inquisitoriales en las que se detalla el juicio y la sentencia —«¡a la hoguera con él!»—, Carlo, el hijo de la notable y aguda intelectual Natalia Ginzburg, nos desvela un tiempo, una cultura, una herejía, que no es otra cosa que desviarse del tono oficial, el cual, no mucho antes, habría sido perseguido como herético por el anterior sistema ideológico impuesto, el enésimo y siempre previo del posterior que también intentará tapar esos agujeros que no encajen en el relato de los quesos oficiales.


(1) Carlo Ginzburg: El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI (traducción de Francisco Martín Arribas). Austral, Barcelona, 2026.


Fotografía de cabecera: Grabado histórico que representa la ejecución en la hoguera de un condenado por herejía. Imagen de dominio público disponible en Wikimedia Commons.

domingo, 19 de julio de 2026

Representando espejismos

Representando espejismos


Por Antonio Pardines





Fotografía de cabecera: Daniel Brühl en una escena de 'Goodbye, Lenin!' (2003) con el fondo de Coca-Cola. Imagen de archivo bajo licencia de uso compartido para difusión cultural.



Existe la falsa creencia de que en los países comunistas la gente no cobraba en dinero, sino en especies, ropa o una cama en una habitación de un piso estatal donde la cocina y el baño eran compartidos con otros iguales. Pero esa ausencia de papel moneda se aleja de la realidad que se vivía, puesto que los trabajadores cobraban un salario que luego deberían gastar en la compra de los productos estatales, que eran todos los que se encontraban en el mercado oficial. Aquellos salarios eran una miseria que les permitía mal vivir, y obligaba a no pocos a ganarse la vida con trabajos clandestinos que el control prohibía y perseguía (1), ya que esa clandestinidad laboral ponía en riesgo el monopolio estatal y sus precios establecidos (que solían ser cinco veces más). Esto me lleva a otra falsa creencia, la de que no existía un mundo empresarial rapaz. Claro que lo había, solo que estaba en manos del Estado. Ya Lenin y, en mayor medida, Stalin lograron crear una ficción que cuadraban los números, aunque distasen de los reales. En todo caso, la cosa les funcionó porque controlaban todos los medios que les sirvieron para convertir su revolución en la realidad milagrosa de todo su imperio, el cual, en su máximo esplendor —segunda mitad del siglo XX—, llegó a ocupar más allá de las fronteras de los zares. Alcanzó hasta el corazón mismo de Alemania, dividiendo al país en dos partes antagónicas.


Tras salir derrotada de la Segunda Guerra Mundial, Alemania se repartió en cuatro sectores —soviético, estadounidense, británico y francés—, de los que tres fueron devueltos a los alemanes que acabarían formando la República Federal; mientras que el otro, en manos soviéticas, se cedió a los que fundarían la República Democrática. Pero de «demo» solo tenían el lexema y la presunción que ocultaba el hecho de que allí ni siquiera permitían más partido político que el impuesto por los soviéticos. Así nació la frontera más occidental del reino de Stalin, el terrible Koba, el heredero de Lenin, el hombre que llevó a cabo el sueño de poder que hizo temblar al mundo más allá de los diez días descritos y publicitados por John Reed (2). Y esa frontera en pleno Berlín —el muro llegaría más adelante, en 1961, ya fallecido Stalin—, y a las puertas de Occidente, generaba la inestabilidad que afectaba a todos los habitantes de uno y otro lado de la demarcación que dividía la ciudad, Europa y de algún modo el mundo en dos claras tendencias ideológicas y económicas.


El capitalismo y el comunismo, dos sistemas que perseguían un mismo fin, vivían su guerra fría, cuya finalidad era imponerse; aunque en ningún caso para beneficio del pueblo (en el oeste) ni del proletario (en el este). Y así la historia de la Guerra Fría fue apurando y quemando sus etapas, desde el retorno de la estadounidense Coca~Cola al Berlín occidental hasta la caída del Muro. Claro que no fue tan rápido como aquí se expone, ni tan ligero. Fue duro, fue incluso mortal. Pero en 1989 ya se intuía que algo no tardaría en cambiar; y la mayoría deseaba ese cambio que se había iniciado con la llegada de Gorbachov y su Glásnost al poder soviético. No fue por generosidad, no fue por bondad, fue por algo tan material como el ahogamiento económico al que le habían empujado sus rivales capitalistas (Estados Unidos y Reino Unido; o Ronald Reagan y Margaret Thatcher).


¿Y después qué? La reunificación y la posibilidad de que un hijo, que siente culpabilidad y temor, intente emular en teatralidad a los viejos dictadores en su alteración de la realidad. Así, Alex (Daniel Brühl) decide ocultar a su madre (Katrin Sass) que el viejo imperio ha caído y que ahora el nuevo mundo es el de las multinacionales de los refrescos de Cola —entre tantas marcas que le oculta para intentar evitarle el impacto que la devuelva al estado comatoso—. No se trata de que Alex lleve dentro un pequeño dictador, que seguro lo lleva, aunque no hablo de uno al estilo Lenin o Stalin, sino del «a todos nos gusta ver el mundo con nuestros ojos y que los demás lo vean así». Pero ya sea por amor filial, culpabilidad o temor, Alex dicta la realidad que su madre debe ver, sin embargo, de ese modo, le elimina la posibilidad de elegir, la cual, utopías aparte, parece ser la única libertad real a la que cualquier persona podría acceder de cuando en cuando. Y en ese generoso engaño, el del es por su bien —tal como lo presumían los autócratas respecto a sus súbditos—, se encuentra la gracia pretendida por Wolfgang Becker al escenificar el engaño, similar en ciertos aspectos al expuesto ya en 36 horas (36 Hours, George Seaton, 1965), una película en la que también se pretendía hacer pasar una puesta en escena por real. Pero donde en aquella era intriga, en Goodbye, Lenin! (2003) está al servicio de la sátira, que si bien obtuvo un éxito rotundo dista de la acidez con la que Billy Wilder retrató los dos sistemas antagónicos en Uno, dos, tres (One, Two, Three, 1961), un cineasta que comprendió como pocos que el engaño —la farsa como medio de supervivencia frente a un entorno político, mediático y social hostil— y el «nadie es perfecto» son inherentes a nuestra condición. Introducir a Wilder no es un ataque nostálgico, ni promocional (3), sino de distinguir entre dos miradas a sus mundos contemporáneos. Lo que podría pasar por ternura (el amor filial) en Goodbye, Lenin! no deja de ser el manejo del cineasta para conquistar al público. Quiere y (supongo) logra condicionar su reacción, sus simpatías. Wilder no precisaba eso, sus personajes son medianías dispuestas a cualquier cosa con tal de sobrevivir a cotidianidades de las que desean escapar, porque se ahogan en realidades grises que nunca logran dejar atrás, ni aún cuando acarician el éxito. De ahí que no se trata de nostalgia, sino de tomar un modelo que refleje, en contraposición, la mirada de Becker, para nada afilada. La suya idealiza, cae en zonas comunes y no logra esa crítica a la que aspira: darle a los dos sistemas, al que cae y al nuevo que se impone a toda velocidad. No vaya a ser que se pierda tiempo, pues ya se sabe que «el tiempo es oro».



Notas


(1) Vasili Grossman lo describe sin tapujos en su particular yo acuso Todo fluye (traducción de Marta Rebón). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2008.


(2) John Reed: Diez días que estremecieron al mundo (la edición manejada no acredita el nombre del traductor). Diario Público, Barcelona, 2009.


(3) Para quien esté interesado ahondar en este tema, aprovecho para publicitar mi libro Sueños de engaño. 26 farsas (e) ilusiones de Billy Wilder (2026).

martes, 14 de julio de 2026

(In)comprender el infierno



(In)comprender el infierno 


Por Antonio Pardines



Resulta sencillo para mentes perezosas señalar el siglo XX como el más sangriento de la historia, pero no porque lo sea, que bien podría serlo si hacemos un recorrido por sus guerras y los crímenes a gran escala cometidos no solo por los estadistas criminales reconocidos por los libros y la opinión pública, sino porque los medios de comunicación que desarrolló —a la par del oficio de reportero de guerra— y el aumento de la capacidad de propagación de las noticias permitieron que las imágenes de los hechos alcanzasen a un número mayor de público. Esta amplitud, como prácticamente cualquier otro aspecto humano, demostró tener al menos dos caras. Por una parte, permitía tener noticia de conflictos y masacres, aunque no pudiesen evitarlas —puesto que, de hacerlo, ya no serían noticia—. Y en la parte menos favorable se encuentra que la difusión masiva de esos conflictos y terrores podría insensibilizar y hacer que crímenes como los cometidos durante los cuatro años de gobierno de los jemeres rojos en Camboya fuesen vistos como parte cotidiana que se colaba por la ventana televisiva, por el cine o por instantáneas en las casas de medio mundo.


La primera noticia que tuve sobre tal situación recuerdo que fue a través del cine, en la película de Roland Joffé Los gritos del silencio (The Killing Fields, 1984), que se inspiraba en el artículo en el que Sydney Schanberg relataba su experiencia junto a Dith Pran, periodista camboyano que, igual que Haing S. Ngor, el médico reconvertido a actor que le dio vida en la pantalla, o Denise Affonço, autora de El infierno de los jemeres rojos, fue testigo y víctima de ese régimen que se hizo con el poder en 1975 y lo retuvo hasta 1979, cuando las tropas vietnamitas lo depusieron por la fuerza de las armas. En esos cuatro años cerca de dos millones de personas fueron asesinadas por el gobierno de Pol Pot, que así se sumaba a la lista de los líderes más letales del siglo, una lista en la que asoman Leopoldo II, Mao, Stalin y Hitler, pero cuya explicación resulta mucho más cruda y compleja que citar nombres que ya apenas implican un decir «monstruos». Lo fueron en un lenguaje figurado que señala el lado humano criminal, pero no debemos olvidar que eran humanos porque olvidarlo sería como cerrar los ojos a esa parte que se ha manifestado a lo largo de los siglos; la que solo señalamos en esos nombres para así no tener que asumir que también nosotros podríamos ser monstruosos.


En Camboya, como sucedió en Alemania, en la Unión Soviética o en la China de la Revolución Cultural, miles de personas en la sintonía del poder establecido fueron las encargadas de gestionar este tipo de terror de estado que hizo de la masacre colectiva normalidad, la ejecutada por los verdugos y la sufrida por las víctimas, dos caras de un mismo pueblo que, según las circunstancias, podrían intercambiarse, tal como sugiere Affonço cuando escribe «El pueblo jemer, pacífico, budista en su mayor parte, dulce, sonriente y creyente, se convirtió en víctima y autor de actos de una barbarie extrema.» (1)


La influencia de los mass media en nuestra cotidianidad es innegable, ha reconducido nuestra interpretación del mundo; pero todavía hay a quienes nos gusta el relato boca a boca, la experiencia propia que alguien nos cuenta de un modo íntimo y personal que nos sacude de un modo muy distinto. Años después de la película de Joffé, tuve un segundo momento de impacto y atención a los jemeres rojos. Me atrapó en las palabras de una amiga que acababa de regresar de una larga temporada en el Sudeste asiático. Allí, había recorrido varios países, entre los que Camboya todavía era un espacio desconocido para los extranjeros. Cruzó la frontera por un instante, un paso rápido desde Tailandia para conocer el espectro de uno de aquellos campos donde tal vez Haing S. Ngor o Denise Affonço viviesen parte de su infierno en vida, el único infierno que puede habitarse, sufrirse y recordarse. Mi amiga me contó la impresión que le causó el momento de encontrarse en aquel espacio, así como me habló de la narración que le hizo el viejo guía del lugar, que era memoria viva de aquellos años de los jemeres rojos. Me confesó que había sido uno de los instantes más emocionales que había sentido, y que lo fue por la espiritualidad que le manaba de aquel lugar donde la muerte y la vida habían desdibujado su frontera…


Aquella charla me condujo a un tercer momento, que se produjo cuando descubrí que Libros del Asteroide acababa de editar El infierno de los jemeres rojos, en el que la francocamboyana Denise Affonço relataba su experiencia durante aquellos años que padeció y sobrevivió. Al recordar las palabras de mi amiga no dudé en conseguir un ejemplar. No se trataba de morbo, sino de querer comprender, mas pronto supe que, aunque pudiese explicar las causas, no podía comprender lo incomprensible. Una vez más, supe que Primo Levi daba en el clavo al decir: «Quizás no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender es casi justificar […] Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también». (2) Tal vez, mejor así, pues quién sabe si, como decía Levi en el apéndice de 1976, comprender lo que sucedió implicaría casi una justificación de lo injustificable.



Notas


(1) Denise Affonço: El infierno de los jemeres rojos. Testimonio de una superviviente (traducción de Daniel Gascón). Libros del Asteroide, Barcelona, 2010.


(2) Primo Levi: Trilogía de Auschwitz: Si esto es un hombre (traducción de Pilar Gómez Bedate). Ediciones Península, Barcelona, 2018.


Fotografía de cabecera: «Raíces devorando el templo de Ta Prohm, Angkor. Fotografía de LBM1948 vía Wikimedia Commons»

lunes, 13 de julio de 2026

Sueño de abril, pesadilla en septiembre



Sueño de abril, pesadilla en septiembre


Por Antonio Pardines



Las crisis se le antojaban más fuertes que las sufridas cuando los movimientos anarquistas del 32, lo de Sanjurjo, Casas Viejas, Asturias, el estraperlo que supuso el principio del fin de Lerroux (1935). La de ahora la sentía en su propia piel, se veía en el centro de la tormenta que amenazaba partir la República en mil pedazos. Aquella sensación le había impedido dormir a pierna suelta desde que, en otoño de 1935, don Niceto le había encargado formar gobierno. A la mañana siguiente de su primer día en el cargo, cansado, sin apenas fuerzas para lidiar con los extremos, el astuto político se levantó para encarar la labor que le había confiado el Presidente de la República, tal vez la más difícil y compleja de su carrera. Pues, sin pretenderlo, Manuel Portela Valladares había sido elegido por Niceto Alcalá-Zamora para presidir el ejecutivo, en un claro intento de que templase los ánimos. Su misión, una que ni Urraca, ni Xelmírez, ni Alfonso VII, ni Montero Ríos habrían sabido llevar a cabo, consistía en apaciguar la tormenta que se avecinaba. Los truenos llegaban de babor y estribor, cada vez sonaban más cercanos y el amenazador sonido le superó. ¿Qué podía hacer? Poco, para alguien moderado y quizás sin la influencia y consistencia política de un Indalecio Prieto o un Manuel Azaña. Lo que Portela hizo quizás fuese un error fatal, pues dejó el gobierno el 19 de febrero de 1936 (1), sin que se hubiese cumplido todo el proceso electoral, dando pie a las críticas y amenazas de unos y a la exaltación y exigencias victoriosas de otros.


Fueron cuarenta y ocho horas de verse superado por la presión del momento, de intentar ceder el moribundo a alguien que supiese resucitarlo o, al menos, a alguien que le permitiese quitarse el peso de encima que le había cargado Alcalá-Zamora. Esos dos días, que a la postre serían sus últimos en la política de primer nivel, Portela los detalla en sus memorias. También Azaña habla de ellos en las suyas (2). Fueron dos jornadas que marcaron la deriva y el devenir de España, que iba directa a la rebelión y la revolución, las cuales, sumadas, depararían la enésima guerra civil de los últimos cien años, puesto que cabe recordar que el siglo XIX fue un continuo toma y daca que continuaría durante el XX.


Volvía a suceder: un gobernante salía por piernas para salvarse, aunque no de forma tan descarada y ominosa como la fuga nocturna de Alfonso XIII, que dejaba a su familia a la buena de Dios y él salía para Cartagena donde tomó el barco que le llevó a Marsella (y de ahí se instalaría en Roma). Tras sentirse traicionado por los suyos, salvo por Juan de la Cierva y Peñafiel, que quería imponer la mano dura —la que probablemente adelantase la guerra civil a 1931—, el Borbón había escapado en la oscuridad nocturna, cuando todos los gatos son pardos y los reyes temen más al hombre del saco que al peso de la historia. El nieto de la Segunda Isabel, el primer productor regio confirmado de cine porno, hizo lo que hizo no por amor a España, sino por salvar la vida, pues temía correr la misma suerte que el ruso Nicolás II o, mismamente, que su familiar francés Luis XVI, el cual también intentó huir, aunque sin llevar su intento a buen puerto. Ese era el temor de aquella noche de abril de 1931. Más adelante, no mucho más tarde, el exiliado se arrepentiría de su decisión, se tragaría su orgullo mal herido, negociaría con sus enemigos los carlistas y se gastaría una fortuna en apoyar el golpe que se estaba gestando y del que Emilio Mola, su último Director General de Seguridad, tomó su dirección militar.


Pero tanto Portela, quien para Miguel Maura protagonizó la capitulación más vergonzosa de la República, (3) como el monarca solo fueron dos personajes de una tragedia coral. El último acto podría titularse «despropósitos», pues una serie de decisiones y situaciones desbrozó el camino hacia la violencia y la guerra. Los más evidentes serían colocar a Manuel Azaña en la presidencia de la República y que este escogiese a su amigo Santiago Casares Quiroga —que presumió de irse a dormir y así lo pillaron en pijama— para la presidencia del gobierno, ante la imposibilidad de que la asumiese Prieto, quien junto a Azaña serían los dos políticos con la capacidad suficiente para lidiar con la que se avecinaba. Pero la jaula de oro donde habían metido a Azaña y la torpeza de Largo Caballero, cegado por su afán de poder, por la Asturias del 34 y por las juventudes socialistas lideradas por un imberbe Santiago Carrillo —más adelante ya comunistas— que le decían «olé mi niño, olé mi Lenin español», lo cegaron de tal forma que hizo cuanto estaba en su mano para dejar fuera de juego a Prieto, su rival dentro del partido —pues, por entonces, el bueno de Julián Besteiro ya apenas contaba—. Prieto, cuyo carácter era más práctico y moderado que el del líder de UGT, recordaba en el exilio que, «cuando me ofrecieron el Poder, encontré cerrado el paso, me lo cerraba mi propio Partido, opuesto a figurar en todo Gobierno de coalición, como acababa de declarar con sus votos el Grupo Parlamentario Socialista, dentro del cual quedamos en minoría los defensores de un Gobierno de Frente Popular.» (4) Hoy ya no cabe duda de que esta decisión fue una torpeza, incluso Carrillo llegó a reconocer que «Largo Caballero y la izquierda cometimos un error oponiéndonos», (5) aunque no sería la última. Tiempo después, en septiembre de 1936, ya al frente del gobierno de una República prácticamente inexistente, Largo Caballero comprendería su error, al menos, aunque nunca se mostró autocrítico, (6) sería consciente de que vivía una pesadilla de la que le iba a resultar difícil despertar airoso...



Notas



(1) «Veo a Portela abrumado y múltiples circunstancias pueden explicarlo», apunta don Niceto en su diario. Poco después, en la entrada del 19 de febrero, escribe que lo ve algo más animado, tras comprender que no se produciría un levantamiento militar que temía. «Pero volvía a perder Portela la moral, y ya de modo insuperable e incurable, al ver resurgir el peligro de izquierdas en la calle y conocer el incendio de la cárcel de Bilbao […] Vino a dimitir, mejor dicho, a dejar el poder, en mi despacho o en la calle, o donde fuese, sin preocuparse de nada más que de escapar de la responsabilidad del mundo…»


Niceto Alcalá-Zamora: Asalto a la República. Enero-Abril de 1936. La esfera de Libros, Madrid, 2011.


(2) «Portela, según me dice Martínez Barrio, tal vez abandone el poder hoy mismo, sin aguardar siquiera a que se haga el escrutinio de la elección del domingo, y que se habrá de realizar mañana. El susto de anoche ha concluido por derrumbar el ánimo de Portela. Huye. Teme a lo que puedan hacer las masas victoriosas […]


»Me llegan noticias de lo ocurrido en el Consejo de Ministros. Han acordado dimitir. Ya tenemos ahí el poder, para esta misma tarde. Siempre he temido que volviésemos al Gobierno en malas condiciones. No pueden ser peores.»


Esta anotación de Manuel Azaña, que habla de un momento anterior al estallido del conflicto, puede leerse en el volumen Memorias de guerra 1936-1939. Crítica (Grijalbo Mondadori), Barcelona, 1978.


(3) Miguel Maura: Así cayó Alfonso XIII. Imprenta Mañez, México, 1962/Ediciones Ariel, Barcelona, 1966.


(4) Indalecio Prieto: Convulsiones de España. Cartas a un escultor. Fundación Indalecio Prieto/Editorial Planeta, Barcelona, 1989.


(5) Santiago Carrillo: Memorias. Editorial Planeta, Barcelona, 2008.


(6) Francisco Largo Caballero: Mis recuerdos. Ediciones Unidas, México D. F., 1976.