martes, 14 de julio de 2026

(In)comprender el infierno



(In)comprender el infierno 


Por Antonio Pardines



Resulta sencillo para mentes perezosas señalar el siglo XX como el más sangriento de la historia, pero no porque lo sea, que bien podría serlo si hacemos un recorrido por sus guerras y los crímenes a gran escala cometidos no solo por los estadistas criminales reconocidos por los libros y la opinión pública, sino porque los medios de comunicación que desarrolló —a la par del oficio de reportero de guerra— y el aumento de la capacidad de propagación de las noticias permitieron que las imágenes de los hechos alcanzasen a un número mayor de público. Esta amplitud, como prácticamente cualquier otro aspecto humano, demostró tener al menos dos caras. Por una parte, permitía tener noticia de conflictos y masacres, aunque no pudiesen evitarlas —puesto que, de hacerlo, ya no serían noticia—. Y en la parte menos favorable se encuentra que la difusión masiva de esos conflictos y terrores podría insensibilizar y hacer que crímenes como los cometidos durante los cuatro años de gobierno de los jemeres rojos en Camboya fuesen vistos como parte cotidiana que se colaba por la ventana televisiva, por el cine o por instantáneas en las casas de medio mundo.


La primera noticia que tuve sobre tal situación recuerdo que fue a través del cine, en la película de Roland Joffé Los gritos del silencio (The Killing Fields, 1984), que se inspiraba en el artículo en el que Sydney Schanberg relataba su experiencia junto a Dith Pran, periodista camboyano que, igual que Haing S. Ngor, el médico reconvertido a actor que le dio vida en la pantalla, o Denise Affonço, autora de El infierno de los jemeres rojos, fue testigo y víctima de ese régimen que se hizo con el poder en 1975 y lo retuvo hasta 1979, cuando las tropas vietnamitas lo depusieron por la fuerza de las armas. En esos cuatro años cerca de dos millones de personas fueron asesinadas por el gobierno de Pol Pot, que así se sumaba a la lista de los líderes más letales del siglo, una lista en la que asoman Leopoldo II, Mao, Stalin y Hitler, pero cuya explicación resulta mucho más cruda y compleja que citar nombres que ya apenas implican un decir «monstruos». Lo fueron en un lenguaje figurado que señala el lado humano criminal, pero no debemos olvidar que eran humanos porque olvidarlo sería como cerrar los ojos a esa parte que se ha manifestado a lo largo de los siglos; la que solo señalamos en esos nombres para así no tener que asumir que también nosotros podríamos ser monstruosos.


En Camboya, como sucedió en Alemania, en la Unión Soviética o en la China de la Revolución Cultural, miles de personas en la sintonía del poder establecido fueron las encargadas de gestionar este tipo de terror de estado que hizo de la masacre colectiva normalidad, la ejecutada por los verdugos y la sufrida por las víctimas, dos caras de un mismo pueblo que, según las circunstancias, podrían intercambiarse, tal como sugiere Affonço cuando escribe «El pueblo jemer, pacífico, budista en su mayor parte, dulce, sonriente y creyente, se convirtió en víctima y autor de actos de una barbarie extrema.» (1)


La influencia de los mass media en nuestra cotidianidad es innegable, ha reconducido nuestra interpretación del mundo; pero todavía hay a quienes nos gusta el relato boca a boca, la experiencia propia que alguien nos cuenta de un modo íntimo y personal que nos sacude de un modo muy distinto. Años después de la película de Joffé, tuve un segundo momento de impacto y atención a los jemeres rojos. Me atrapó en las palabras de una amiga que acababa de regresar de una larga temporada en el Sudeste asiático. Allí, había recorrido varios países, entre los que Camboya todavía era un espacio desconocido para los extranjeros. Cruzó la frontera por un instante, un paso rápido desde Tailandia para conocer el espectro de uno de aquellos campos donde tal vez Haing S. Ngor o Denise Affonço viviesen parte de su infierno en vida, el único infierno que puede habitarse, sufrirse y recordarse. Mi amiga me contó la impresión que le causó el momento de encontrarse en aquel espacio, así como me habló de la narración que le hizo el viejo guía del lugar, que era memoria viva de aquellos años de los jemeres rojos. Me confesó que había sido uno de los instantes más emocionales que había sentido, y que lo fue por la espiritualidad que le manaba de aquel lugar donde la muerte y la vida habían desdibujado su frontera…


Aquella charla me condujo a un tercer momento, que se produjo cuando descubrí que Libros del Asteroide acababa de editar El infierno de los jemeres rojos, en el que la francocamboyana Denise Affonço relataba su experiencia durante aquellos años que padeció y sobrevivió. Al recordar las palabras de mi amiga no dudé en conseguir un ejemplar. No se trataba de morbo, sino de querer comprender, mas pronto supe que, aunque pudiese explicar las causas, no podía comprender lo incomprensible. Una vez más, supe que Primo Levi daba en el clavo al decir: «Quizás no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender es casi justificar […] Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también». (2) Tal vez, mejor así, pues quién sabe si, como decía Levi en el apéndice de 1976, comprender lo que sucedió implicaría casi una justificación de lo injustificable.



Notas


(1) Denise Affonço: El infierno de los jemeres rojos. Testimonio de una superviviente (traducción de Daniel Gascón). Libros del Asteroide, Barcelona, 2010.


(2) Primo Levi: Trilogía de Auschwitz: Si esto es un hombre (traducción de Pilar Gómez Bedate). Ediciones Península, Barcelona, 2018.


Fotografía de cabecera: «Raíces devorando el templo de Ta Prohm, Angkor. Fotografía de LBM1948 vía Wikimedia Commons»

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