¿Avanzar, permanecer dentro del camino señalado o recuperar el esplendor cinematográfico pasado? Las tres opciones asomaron durante la década de 1980 para demostrar que la mayoría de los realizadores de Hollywood no deseaban o no podían romper barreras y solo unos pocos, caso del veterano Samuel Fuller en Perro blanco ( White Dog , 1981) o Francis Ford Coppola en Corazonada ( One Front the Heart , 1982), anteponían sus ideas a la comodidad dentro del sistema. Poco tenía que ver el Hollywood de la época con el del decenio anterior, aquel en el que el policíaco estadounidense apuntaba sin disimulo el pesimismo de una sociedad que había despertado a la cruda realidad que, hacia finales del decenio y durante la década siguiente, desapareció de la pantalla, sustituida por el escapismo infantil, por el conformismo generalizado, por la apuesta segura y por el conservadurismo reaganiano. Aunque hubo algún intento de alejarse de la mediocridad dominante, el cine comercial de la época naufra...