<<Amaba los libros: estos no eran un muro entre él y la vida, sino ligaduras que le unían con ella. La vida era su dios. Y estudiaba al dios vivo terrenal, al dios pecador, cuando leía a los historiadores y a los filósofos, cuando leía a los grandes y a los pequeños escritores, los cuales, cada uno en la medida de sus fuerzas, ensalzaban y justificaban o culpaban y maldecían al hombre, habitante de la magnífica tierra.>> (1) ¿Todos los libros que leía el viejo profesor Rosental y los que nosotros leemos son iguales? Obviamente, no, pues en ese fragmento Vasili Grossman incluye los grandes y los pequeños, los que nos ensalzan y nos maldicen; pero, en ningún caso, reduce al término libro. Tampoco Bohumil Hrabal los reducía al dar vida a Hanta en “Una soledad demasiado ruidosa”, pues, para el personaje, los libros era más que el papel que prensaba, un papel en el que miles de vidas e ideas aguardaban por su final, pero, con cada lectura, Hanta retardaba la agonía libresca, al hacerlos suyos. ¿Crueldad? Nada más lejos de la intención del solitario que se presenta cual poeta diciendo: <<cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no solo penetrando en mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos.>> (2)
Mas el primer interrogante que planteo arriba no busca respuesta, solo es una pregunta de la que me valgo para desarrollar las ideas que siguen. La primera, me reconozco en el viejo profesor, y en tantos otros personajes y voces literarias. Esto me ha servido, al menos, para comprender que un mismo lector puede ser miles, porque cualquiera es la suma de tantos rostros que, a menudo, no se reconocen o se ignoran hasta que se piensan, es decir, hasta que una lectura o un pensamiento que se descubre en un libro (o fuera de él, en una conversación o un comportamiento) funciona como un espejo que refleja los propios. Algunos libros, no todos, nos hacen las veces de ese espejo vital e introspectivo; otros son ventanas a mundos distantes o cercanos; también los hay que nos transportan a otras personas, nos permiten conocerlas, en la medida que nos es dado conocer, y, al tiempo, reconocernos en ellas. Pero solo unos pocos logran hacer de los libros parte de sí, como les sucede a Rosental, Hanta o mismamente a don Alonso. Quizás todo se inicie con la curiosidad o con el hábito; lo ignoro. Como también ignoro si algunos de mis hábitos me son innatos o se fueron haciendo en mi niñez. Desde entonces, al menos que recuerde, me chirrían las modas y las imposiciones, aunque sean festivas. Y ya no diré la indiferencia ante los ídolos de púlpito que se dirigen a las multitudes con finalidades que sus gestos estudiados y sus palabras aprendidas no desvelan. Pero esa es otra historia, la que sigue no pretende unirse a una moda contra la moda, ni hablar de idolatría. Solo obedece a dar forma escrita a una reflexión propia, tan subjetiva como puedan serlo las ajenas, las contrarías, las cercanas o las lejanas. Tal vez ni siquiera sea un pensamiento elaborado y se trate sencillamente de la deriva escrita de una impresión que se produce cuando la sensibilidad sale de su letargo. Como impresión, esta nace en la mente del impresionado que intenta comprender el “choque” emocional que ha experimentado, uno que se produce cuando se sitúa en el mundo y siete que existe en una conflictiva dualidad exterior-interior que reconocer para situarse.
Quizás por culpa de tantos libros leídos, al mirar alrededor vea gigantes que amenazan donde solo hay farolas, fanfarrias y tenderetes, quizás esas formas que asoman amenazantes solo sean fruto de mi fantasía, de la fluidez de una locura que me lleva a arremeter contra aquello que nunca podré entender con los ojos y el pensamiento de otros. En una de esas envestidas imaginarias, mas bien en la deriva de un naufragio por mares que, en su uniformidad, me son inhóspitos, me pregunte si toda celebración tiene una finalidad, aparte de la experiencia propia de celebrar y disfrutar de un instante festivo. Pero, justamente por celebrar, lo que mueve la celebración ¿puede pasar desapercibido? Mas qué puede importar, si ese momento es, para quienes lo hacen suyo, un apartarse de la rutina y dejarse envolver por el bullicio, la música, el colorido, la sensación de festejo. Entre los celebrantes, igual que entre los libros y los autores del viejo Rosental, los hay de todo tipo; incluso del tipo que no lee y del que lo hace porque la lectura ya forma parte de su persona. Pero ¿qué es una persona? ¿Se puede definir? ¿Y un lector? Para quien adquiere libros con asiduidad y lee a diario, no solo para cerrar los ojos, el libro forma parte de su vida, siendo pieza fundamental del día a día. De modo que, para alguien así —y aquí me incluyo—, reducir a una jornada la celebración del libro le resulta indiferente, es decir, nada tiene que celebrar, pero no por ello deja de respetar los intereses de los otros, mas si cabe, siente curiosidad e intenta comprender; de manera que se los plantea, consciente de que ni sus ideas ni las ajenas son más que gotas en ese mar en el que de algún modo, en alguna ocasión, naufragamos y buscamos una costa hospitalaria. Algunos la encuentran en sí mismos, otros en los demás, incluso existen quienes la hallan en las tradiciones o en el rechazo y fuga de estas, pero es un gesto que corre el riesgo de convertirse en algo tradicional… En todo caso, la mayoría de las tradiciones homologadas se han convertido en un fenómeno de ventas y en instantes para disfrutar de un evento que saque a la multitud de la cotidianidad. También hay quien, más allá de los objetos físicos, encuentra en ellos símbolos que le posibilita festejar una identidad; algo así como un cumpleaños que reúne a la familia en un festejo que solo se da de año en año. Aunque la primera "Fiesta del Libro" se celebró en Cataluña el 7 de octubre de 1927 (un año después del decreto oficial en España) por iniciativa del editor valenciano Vicent Clavel, no sería hasta tres años después cuando, en Barcelona, se aunaba San Jordi con Cervantes, para, el 23 de abril, celebrar el día del libro y de la Rosa, esta última una tradición que se remonta al siglo XV. Así quedó establecida la celebración que no tardó en celebrarse en otros lugares de la península y así llegamos a esta semana en la que Cataluña celebra su Sant Jordi, la unión de la rosa, del libro y de su patrón, y el resto de España y del Mundo el Día del Libro. Del mundo a partir de 1995, porque así lo estableció la UNESCO tras la propuesta del gobierno español, quedando establecido el 23 de abril porque coincide el día con la muerte (aunque no sea del todo exacto) de Miguel de Cervantes, Inca Garcilaso de la Vega y Williams Shakespeare. En cualquier caso, no pongo en duda que sea el día que más libros se compran, pero ¿también es la jornada en la que más se lee o la que cada año dispara el gusto y el hábito por la lectura? Aún más, ¿alguna vez se ha disparado?…
(1) Vasili Grossman: El viejo profesor (relato recogido en el libro Años de guerra) (traducción Círculo de Lectores). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2009.
(2) Bohumil Hrabal: Una soledad demasiado ruidosa (traducción de Monika Zgustová). Ediciones Destino, Barcelona, 2001.
.jpg)
2.jpg)
3.jpg)
4.jpg)













