sábado, 4 de abril de 2026

Orgullo de estirpe (1970)


En orgullo de estirpe (The Horseman, John Frankenheimer, 1970), su guionista Dalton Trumbo adaptaba la novela de Joseph Kessel, que había sido el guionista de Pierre Schoendoerffer en El desfiladero del diablo (Le passe du diable, 1958), con la que Orgullo de estirpe guarda aspectos comunes, aun es más, sin esta sería difícil que existiese la de Frankenheimer tal como es, con esa intención realista, folclórica (sin caer en el estereotipo), antropológica, seca, árida, sin adornos. Esa adaptación de la novela al guion cinematográfico le posibilita volver sobre temas y conflictos expuestos con anterioridad en otros guiones suyos, por ejemplo en Los valientes andan solos (Lonely Are the Brave, David Miller, 1962), pero los traslada a Afganistán donde el caballo choca con los aviones a reacción que surcan el cielo. Pero donde en la de Miller, el caballo y el jinete eran anomalías sobre el asfalto; en esta, la anomalía es descubrir el automóvil en un espacio abierto, rocoso, terroso, natural, sin carreteras, tal como muestran las panorámicas y planos generales que abren este film de John Frankenheimer. Mas la modernidad está ahí, en algún lugar que no vemos, también las máquinas y los nuevos tiempos que relegarán al olvido los anteriores. Nada los detendrá, aunque el ritmo sea distinto en el pueblo de Uraz (Omar Sharif) y Tursen (Jack Palance) que el de Kabul, que es donde llega Sharif para competir por ser el mejor chapandaz de Afganistán, tal como lo fueron su padre y su abuelo. Pesa la historia familiar y donde en Rambo III (Peter MacDonald, 1988) la competición (en la tradicional Buzkashi) se usará para marcar la superioridad del héroe estadounidense de finales de la guerra fría, en ella no hay poso ni peso, en Orgullo de estirpe el juego es una cuestión de honor, de orgullo, de tradición y prestigio social. Por eso, para Uraz, es más que una competición o un entretenimiento arriesgado. Es una cuestión personal, familiar y de rango. Sin embargo, siente el fracaso, vergüenza y lástima de sí mismo, por no ser quien coja el ternero y lo sitúe en el círculo. Aunque su equipo venza, no puede soportar el desprestigio que para él significa. ¿Cómo mirar a los ojos del padre? ¿Cómo sostenerle la mirada de superioridad y tal vez de reproche? Y huye porque se niega a regresar al hogar paterno portando su derrota, su vergüenza, pues la sombra paterna es en exceso alargada; el mismo es esa sombra. Altivo, intolerante, ignorante, orgulloso, lo suyo no es una cuestión de ganar, sino de aprender. Aunque no goce del prestigio ni de la fama de otras películas suyas, Orgullo de estirpe es de lo mejor de Frankenheimer, de un Frankenheimer menos vibrante que en El tren, en Siete días de mayo o en Plan diabólico, pero igual de válido y de un pesimismo descarnado. Y al contrario que en aquellas, en su cine ya no hay héroes, hay derrota: Yo vigiló el camino, El repartido de hielo, Domingo negro, Estación ardiente, Contra el muro o mismamente Ronín…

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