Nuestra imperfección forma parte indisociable de nuestra condición; es un atributo de nuestra manera de ser. Somos milagrosamente falibles, aunque, siendo claro, somos lo que somos. Y huir de todos esos somos es una tontería. Lo lógico no sería huir ni crear dioses para espantar miedos ni ídolos para proyectarnos en ellos, hasta que decidamos destruirlos o condenarlos al ostracismo, sino aprender a habitarnos y a respetar quienes son otros: esos que también son imperfectos, pero que lo son a su manera, con sus costumbres y sus credos. El milagro, cuando se produce, reside en que sepamos convivir e incluso en que sepamos vivir, mas no siempre se logra el evitar despedazarnos. Aunque lo parezca, no sabemos los motivos, ni se trata de algo espontáneo, pero la destrucción, igual que la construcción, late en nosotros y cualquiera que sepa manejar un discurso agresivo puede dirigirla hacia donde pretenda, que suele ser hacia el otro, no por ser otro, sino porque persigue lo que pueda tener aquel. La vida es milagro en su estado natural porque hemos sido capaces de llagar hasta aquí y no sabemos respondernos cómo, es decir ignorando cómo lo hemos hecho o reduciéndolo a cuatro ideas. A veces obviando lo más lógico, que estamos aquí fruto del azar, que es la combinación de varias realidades con las que no contamos o que no sabemos explicar, aun habiendo una explicación, pero que se nos escapa. Otra de las cuestiones que llevamos siglos intentado explicarnos es el nacimiento de las comunidades, incluso de las familias, puesto que no siempre han sido como las de hoy, y tampoco mañana serán iguales. Pero hay personas que se detienen más que otras para explicarse y explicarnos. Dos de los grandes personajes de la cultura bosnia que desvelaron las costumbres y los problemas locales más allá de los Balcanes son en escritor Ivo Andric y el cineasta Emir Kusturica. Y este último asume la influencia del primero, también la de Federico Fellini —por si hubiera duda al respecto, el nombre de su productora era Cabiria Films—; sumando a ambas aquellas heredadas, por ejemplo Bohumil Hrabal, cuya literatura es probable que descubriese a su paso por la escuela de cine de Praga (FAMU), y las que le son innatas, ya sean las propias de su psicología o las tradicionales. El cine de Kusturica es un fresco y caricaturesco viaje por los Balcanes que en La vida es milagro (Život je čudo, 2004) se adentra en la guerra. No era la primera vez, ya lo había hecho en Underground (1995), pero en esta sitúa la acción en Bosnia en 1992, a las puertas de que el conflicto bélico que, desde el año anterior, venía afectando a los Balcanes entre a saco en el alegre y desenfadado pueblo donde Luka Djukic (Slavko Stimac) se encarga de la estación ferroviaria…
Cualquier película es “reduccionista”, también lo es un comentario cualquiera, y este lo es, incluso la propia historia lo reduce todo a fechas, a localismos (quién de aquí conoce la historia de allí y de allá, y viceversa), a unos pocos nombres propios, a algunas causas y consecuencias. Así que hagamos lo que hagamos, la mayor parte acaba perdiéndose, de modo que nos vemos obligados a inventar, a desarrollar cuentos y fabulas que nos sitúen y nos expliquen. En definitiva, estoy por afirmar que, aparte de imperfectos, somos reductores, aunque exageremos al hacerlo. En Kusturica hay absurdo, porque, al igual que Hrabal, comprende que el absurdo es natural a nuestra propia condición, la de seres mortales que, en lugar de disfrutar de la vida, parece que dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a destrozarnos. El cineasta se ubica en esta pequeña localidad y se centra en las relaciones de una familia de origen serbio-bosnio: los Djukic, que ven como su mundo se tambalea cuando estalla la guerra y al hijo, Milos (Vuk Kostic), que solo quería jugar al fútbol (y no matar, morir o caer prisionero), lo reclama el gobierno serbio para luchar contra los bosnios musulmanes. El conflicto está servido, no es uno nuevo, sino uno acallado por la mano dura de Tito, pero muerto este y caído el comunismo, la herida secular, la que ha marcado durante siglos un espacio multicultural y multiétnico abordado por Andric en su trilogía bosnia, se abre de nuevo. Bosnia sangra, los Balcanes al completo lo hacen, pero es en ese país donde parece hacerlo más tiempo y de manera más profunda, ya no porque sea un lugar entre dos mundos enfrentados: el cristiano y el musulmán, sino porque a alguien le interesa revivir esa vieja rivalidad para lograr su propio beneficio. Kusturica sabe que la guerra no es justa, en realidad sabe que es asesina, que destruye familias, mundos y personas, que la vida sigue y se abre camino entre ese caos que no nace de un azar inexplicable, sino de ese lado de la humanidad que nunca nos abandona. Pero no sermonea, prefiere realizar una sátira para desvelar el caos, que la vida es más que teatro un absurdo y un caos disfrazados de orden, pre que también son sentimientos y lazos que hacen que la humanidad entera sea una comunidad más allá de fronteras, ideologías y credos, porque hay más que nos hace iguales (nacemos, morimos, entremedias vivimos, deseamos, amamos, tememos, sentimos) que distintos (nuestros lugar de origen y las herencias culturales recibidas). Pero incluso en estas que nos diferencian encontramos aspectos comunes como la música como medio de expresar la vida y el sentir de un pueblo; de cualquier pueblo. De ahí que la música sea fundamental en las películas del serbio-bosnio, de origen musulmán, y en esta fábula, o alegoría cinematográfica sobre la vida frente a la amenaza de la destrucción bélica, en la que los humanos se despedazan unos a otros sin saber muy bien porqué, quizás aún más…

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