Mostrando entradas con la etiqueta emma penella. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta emma penella. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de septiembre de 2022

Un marido de ida y vuelta (1957)


Con apenas dos años de diferencia, Enrique Jardiel Poncela y Noel Coward estrenaron dos comedias que encuentran su parecido razonable en la aparición del espectro de un cónyuge —masculino, en el caso del autor español; y femenino, en el inglés— que regresa al mundo de los vivos para enredar más si cabe el presente de su media naranja en vida. Hay similitud entre ambas funciones. ¿Coincidencia? ¿Influencia de Un marido de Ida y vuelta (1939) sobre Un espíritu burlón (1941)? Cierto que guardan un parecido razonable, pero, más allá del fantasma, las diferencias son mayores que las similitudes, en la trama y en el tipo de humor; aunque las dos asuman un tono fantástico y cómico cuyo enredo encuentra el nexo común no solo en dicha aparición, sino en el triángulo amoroso entre el más allá y el más aquí. El éxito de las dos obras no pasó desapercibido para el cine y ambas tuvieron sus adaptaciones cinematográficas, siendo la de Coward la que primero vio la luz, de la mano de un ilustre cineasta, David Lean, en 1945. La de Jardiel, hubo de esperar algo más; hasta la segunda mitad de la década de 1950, cuando Luis Lucia, que venía de rodar otra exitosa comedia teatral, La vida en un bloc (1956) —basada en el texto de Carlos Llopis—, se puso detrás de las cámaras para filmar su versión de Un marido de Ida y vuelta (1957) contando con el protagonismo de tres inolvidables del cine español: Emma Penella, Fernando Fernán Gómez y Fernando Rey.



Allende lo apuntado hasta ahora, los estilos, el ritmo de los diálogos y las situaciones que plantean las dos comedias difieren. Más alocada la española que la británica, más fría, elegante y sofisticada la de David Lean, pero más viva la de Luis Lucia, que logra momentos cinematográficos más divertidos, sobre todo gracias a sus diálogos y a los personajes, con especial acierto en la presencia de los impagables  actores y actrices de reparto. El enredo de Un marido de Ida y vuelta gira en torno al triángulo amoroso entre la pareja de casados y un amigo del matrimonio, pero solo es la excusa para dar rienda suelta al absurdo y al humorismo de Jardiel. Dividida en tres actos, la trama se desarrolla en una fiesta de disfraces en la que Pepe fallece entre carcajadas, en la imposible luna de miel de Paco (Fernando Rey) y Leticia (Emma Penella), y en la aparición del primero dos años después de su muerte, cuando Pepe, don José para sus sirvientes y para los empleados de su empresa de seguros, regresa con la misión de lograr que su mujer sea feliz y, para ello, debe lograr que Paco rompa con Gracia (Luz Márquez), su amante, pero algo falla, igual que fallan algunos momentos en la puesta en escena de Lucia, con evidentes altibajos en su ritmo, aunque se trata de un tono menos cansino que el de Lean en la adaptación de Coward, sin duda un dramaturgo menos dotado que Jardiel para la comedia.




miércoles, 17 de octubre de 2018

La busca (1966)


Mi primer contacto con la narrativa de Pío Baroja se produjo cuando abrí y leí Zalacaín el aventurero, pero fueron las lecturas de El árbol de la ciencia y de El mundo es ansí las que acabaron por convencerme de la grandeza y universalidad de la prosa de Baroja. Desde entonces, ha sido uno de mis autores habituales y su literatura, innovadora en su momento y de incuestionable valor y calidad siempre, me ha hecho reflexionar y nunca me ha decepcionado, más bien me ha llevado a admirar a un escritor que volvió a deleitarme con la trilogía La lucha por la vida, compuesta por La busca, Mala hierba y Aurora roja. Esta trilogía es una espléndida muestra de la escritura barojiana, del aprendizaje de su desorientado protagonista por un Madrid marginal donde a duras penas sobrevive y donde intenta enderezar su rumbo sin aparente éxito. Se trata de una novela publicada por primera vez en 1903, aunque su forma definitiva no aparecería hasta el año siguiente, pero el paso del tiempo no ha mermado su capacidad de conectar con quien la lee, pues lo expuesto por Baroja es intemporal y encaja en cualquier época y lugar donde el ser humano luche por salir adelante. Esta ausencia de caducidad llamaría la atención de Angelino Fons a la hora de decidirse por adaptar La busca, pero el realizador lo hizo alejándose de lo narrado por el escritor vasco y eliminando cualquier posibilidad de que Manuel (Jacques Perrin) encuentre una salida más o menos airosa. Fons tomó de la obra algunos de los personajes, prescindiendo de otros importantes, y la atemporalidad que permite desarrollar los hechos en el pasado descrito en la novela (1888-1891) pero hablando de un presente juvenil y urbano que enlaza con el espacio marginal de Los chicos (Marco Ferreri, 1959), Los golfos (Carlos Saura, 1959) o Young Sánchez (Mario Camus, 1963), películas que, como La busca (1966), exponen la cruda realidad a la que se enfrenta la juventud, de su desorientación y de la imposibilidad de escapar de la miseria en la que crecen y malviven. De modo que, al igual que los protagonistas de aquellas, para Manuel es más cómodo dejarse llevar, zarandeado por el espacio humano que lo empuja hacia la mala vida que descubre desde su llegada a Madrid. La apertura del film, con fotografías de finales del siglo XIX, acompañadas por la voz que habla de la precariedad, de la Restauración, del retraso económico, de las implicaciones de las pérdidas coloniales, de la lucha de clases y del enfrentamiento entre dos Españas, sirve para dos cosas: la primera, ubica la trama lejos del franquismo y la segunda habla de los mismos problemas que se observan en el franquismo. Este doble juego permite no hablar de un momento cuando en realidad sí se habla del mismo, así que Manuel, Rosa (Emma Penella), Vidal (Daniel Martín), el Bizco (Hugo Blanco), Justa (Sara Lezana) y el resto de parias de La busca podrían transitar tanto el Madrid desolado y ruinoso de finales del Diecinueve donde se ubica la trama como el de la década de 1960 al que de manera consciente remite la película de Fons.

domingo, 15 de abril de 2018

Emma Penella. Comicidad, drama y sentimiento


¿Quién podría reconocerla en La duquesa de Benameji (Luis Lucia, 1949), cuando su presencia en la película se redujo a ser doble de luces de Amparo Rivelles? ¿Quién no la reconoce en títulos capitales de Luis García BerlangaJosé Antonio Nieves CondeJuan Antonio BardemManuel Mur OtiLadislao VajdaJosé Luis Sáenz de Heredia, Angelino Fons o Francisco Regueiro? ¿Quién pone en duda que Emma Penella fue una de las grandes actrices que ha dado el cine español o que forma parte de la historia del cine? Esta madrileña de nombre Manuela Ruiz Penella, nacida en 1931, revolucionó el panorama cinematográfico español con sus interpretaciones de mujeres carnales y rebeldes, mujeres cuyas actitudes desafiaban a la hipocresía moral en películas como Los peces rojosFedra o La cuarta ventana, en la que compartió protagonismo con sus hermanas Elisa Montés y Terele Pávez. Antes de convertirse en una de las figuras más destacadas del cine español, Emma Penella se dejó ver en la pantalla por primera vez en Truhanes de honor, aunque su voz afónica, parte de sí misma y de su personalidad artística, fue doblada y no se escucharía hasta Cómicos.


Rasgada y natural, su voz confirió a sus actuaciones mayor intensidad, sentimiento y honestidad, características que, unidas a su fuerza, su belleza y al erotismo de algunos de sus personajes,
 definen a una actriz valiente que fue sumando títulos a su filmografía y personajes que la auparon entre las más importantes de España. Su interpretación en Los ojos dejan huella llamó la atención; en Cómicos pudo interpretar sin ser doblada; Carne de horca fue su primer protagonismo femenino; en Los peces rojos dio vida a la primera de sus "mujeres fatales"; su Estrella, en Fedra, quizá sea su mejor interpretación dramática, la más trágica y la que desprende mayor erotismo; en El batallón de las sombras se convierte en el blanco de los prejuicios del vecindario; en El verdugo asumió su personaje más conocido y Padre nuestro significó su regreso delante de las cámaras tras una década alejada del cine. Estos y otros clásicos de la cinematografía española -La busca, Fortunata y Jacinta o La regenta, producidas por su marido el productor Emiliano Piedra- descubren a una actriz capaz de transferir su humanidad y honestidad a sus personajes, inolvidables muchos de ellos, en las películas citadas o en La estanquera de Vallecas, en un papel protagonista que permitió a la generación nacida durante la transición descubrir su talento y la comicidad que, más adelante, caracterizó el último tramo de su carrera artística en las series de televisión Aquí no hay quien viva y La que se avecina.



Filmografía

Truhanes de honor (Eduardo García Maroto, 1950)

Barco sin rumbo (José María Elorrieta, 1952)

Doña Francisquita (Ladislao Vajda, 1952)

¡Che, qué loco! (Ramón Torrado, 1952)

Carne de horca (Ladislao Vajda, 1954)

Aventuras del barbero de Sevilla (Ladislao Vajda, 1954)

La patrouille des sables (René Chanas, 1954)

Tres hombres van a morir (Feliciano Catalán, 1954)

El guardián del paraíso (Arturo Ruiz Castillo, 1955)

Los peces rojos (José Antonio Nieves Conde, 1955)
Un marido de ida y vuelta (Luis Lucia, 1957)

De espaldas a la puerta (José María Forqué, 1959)

Un ángel tuvo la culpa (Luis Lucia, 1960)

Sentencia contra una mujer (Antonio Isasi-Isasmendi, 1960)

Scano Boa (Renato Dall'Ara, 1961)

La cuarta ventana (Julio Coll, 1961)

El amor de los amores (Juan de Orduña, 1962)

Alegre juventud (Mariano Ozures, 1963)

Carta a una mujer (Miguel Iglesias, 1963)

Duelo en el Amazonas (Franz Eichhorn, Eugenio Martín, 1964)

La hora incógnita (Mariano Ozores, 1964)

Los brutos en el oeste (Marino Girolami, 1964)

La muerte viaja demasiado (Claude Autant-Lara, José María Forqué, Giancarlo Zagni, 1965)

Lola, espejo oscuro (Fernando Merino, José Luis Sáenz de Heredia, 1965)

La busca (Angelino Fons, 1966)

Fortunata y Jacinta (Angelino Fons, 1970)

La primera entrega de una mujer casada (Angelino Fons, 1971)

La regenta (Gonzalo Suárez, 1975)

Padre nuestro (Francisco Regueiro, 1985)

El amor brujo (Carlos Saura, 1986)

La estanquera de Vallecas (Eloy de la Iglesia, 1987)

Fugaz (Nacho Pérez de la Paz, 1988) (cortometraje)

Viento de cólera (Pedro de la Sota, 1988)

Doblones de a ocho (Andrés Linares, 1990)

Mar de luna (Manolo Matji, 1995)

Náufragos (Andrés Pajares, 1997) (cortometraje)

Créeme, estoy muerto (Pedro Fresneda, Curro Novallas, 1998) (cortometraje)

Pídele cuentas al rey (José Antonio Quirós, 1999)

Los novios búlgaros (Eloy de la Iglesia, 2003)

El sueño de una noche de San Juan (Ángel de la Cruz, Manolo Gómez, 2005) (voz)


Premios y reconocimientos

Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos a la mejor actriz de reparto por Los ojos dejan huella

Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos a la mejor actriz por Fedra

Premio del Sindicato Nacional del Espectáculo por La guerra empieza en Cuba

Premio del Sindicato Nacional del Espectáculo por El verdugo

Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos a la mejor actriz por Sentencia contra una mujer

Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos a la mejor actriz por La busca

Premio del Sindicato Nacional del Espectáculo por Fortunata y Jacinta

Premio Sant Jordi a la mejor actriz por Fortunata y Jacinta

Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos a la mejor actriz por Mar de luna

Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes en 1998

Estrella en el Paseo de la Fama de Madrid

miércoles, 26 de abril de 2017

Padre nuestro (1985)


Los diez años que separan Las bodas de blanca (1975) de Padre nuestro (1985) fueron para Francisco Regueiro años de ostracismo cinematográfico —no deseaba dirigir si no tenía la libertad absoluta para hacerlo—, pero también fueron años de maduración, de dedicación al dibujo, de trabajos para la televisión y de desarrollar argumentos con Ángel Fernández Santos, su colaborador desde Las bodas de blanca (1975) hasta Madregilda (1993). <<En Padre nuestro hay dos autores: uno de ellos es Ángel Férnandez Santos y el otro yo, que soy al tiempo el director de la película>>. Pocos cineastas reconocen la labor de los guionistas, salvo si son ellos mismos los autores de los guiones, quizá por la necesidad de inflar egos o tapar inseguridades (que en ocasiones vendría a ser lo mismo), pero, en el libro que Carlos Barbechano dedicó a la obra de Regueiro (Francisco Regueiro. Filmoteca Española, Madrid, 1989), este no dudó a la hora de señalar y destacar la importancia de Fernández Santos en la gestación de este título clave del cine español de la década de 1980, una película que les permitiría —al igual que a su protagonista— regresar al pasado, a esa infancia y juventud a la que retorna el cardenal interpretado por un espléndido Fernando Rey cuando, a las puertas de la muerte, se abre la ventana a la vida que pudo ser y no fue. Padre nuestro mezcla drama, comedia y recuerdos, asumiendo influencias de autores y cineastas tan dispares entre sí como lo fueron Luis Buñuel —el humor negro y anticlerical de Viridiana y Tristana— y John Ford —las raíces de ¡Qué verde era mi valle! y El hombre tranquilo— o Galdós —el amor que representa la nieta ilegítima, en ciertos aspectos similar a la de El abuelo— y Valle-Inclán —la mítica circular de Comedias bárbaras. Dicha mezcla expone temas como la muerte, la familia —presente en el cine de Regueiro desde Sor Angelina, virgen (1962), su práctica final en el Instituto de Cinematografía— y las raíces a las que regresa monseñor Fernando García de Castro, quien prácticamente huye del Vaticano, su prisión durante tres décadas, para encarar su viaje a lo desconocido (muerte) recorriendo su pasado, que para él sería su reencuentro con aquel mundo conocido (vida) que hubo de abandonar —y en el presente pretende arreglar— en beneficio de la carrera religiosa escogida por su madre (Amelia de la Torre). Al inicio de film se descubre que al cardenal le queda menos de un año de vida. De ello habla con su superior eclesiástico y también de la necesidad de regresar a su hogar para arreglar los asuntos que conciernen a su herencia y a su familia.


Una madre
 autoritaria y beata, a quien culpa en silencio de su destino, su antagónico hermano Abel (Francisco Rabal), médico (ciencia), ateo, virgen y onanista, que recrimina su cobardía y su culpabilidad, la nieta no reconocida y su hija natural (Victoria Abril), nacida de su relación con María (Emma Penella) son personajes que forman parte del panorama con el que Fernando se encuentra en ese instante final de su vida, que sería el regreso al principio, al momento en el que abandonó su existencia y aceptó como suyo el designio (condena) materno de convertirse en Papa. La certeza de su muerte llega mucho antes de que se produzca la física, que se confirma durante su estancia en tierras castellanas, por ello el pecado que pretende perdonarse no es el de haber yacido con su criada (y con muchas otras de sus feligresas) ni el de rehuir de sus responsabilidades paternas, su verdadero pecado no fue carnal sino el haber matado al hombre que pudo ser y que no fue, al asumir el camino que lo separó de sí mismo, un camino que desentierra metafóricamente al lado de su nieta, cuando recupera la bola de cristal cuya nieve simboliza tanto la vida como la muerte. Desde su humor negro, su poética y la impagable presencia de Rabal y Rey, dando vida a dos hermanos opuestos, el primero ateo confeso y el segundo religioso apartado de sus raíces, Padre nuestro se centra en el hombre terrenal que debe descender a los infiernos para antes de su muerte recuperar la paz perdida, quizá por ello, el cardenal cambia sus lujosos hábitos por la ropa de su difunto padre, para recorrer un espacio que remarca su pérdida-su deseo y la culpabilidad que asume tras el suicidio del marido de María (ambos no tienen lugar en el mismo espacio-tiempo) y observar el oficio de su hija, a quien para compensar su falta pretende casar con Abel, y así darle el apellido que no pudo ni quiso darle en aquel pasado al que regresa para cerrar su presente.

lunes, 6 de marzo de 2017

Fedra (1956)


Como otras expresiones artísticas, el cine no es ajeno a la mitología ni a los personajes que por ella deambulan mostrando sentimientos encontrados mientras el destino, aciago por norma general para sus héroes y heroínas mortales, marca la tragedia de hombres como Edipo, Orestes u Orfeo y de mujeres como Altea, Antígona o Casandra, víctimas condenadas a sucumbir a sus ambiciones, deseos y emociones, y víctimas del hado caprichoso que, a menudo en forma de dioses tan humanos como ellos, se presenta en su camino para guiarles hacia su destrucción. Fedra es otro de los mitos destinados a sucumbir a la tragedia, en su caso, aquella que se produce a raíz de su matrimonio con Teseo y de su enamoramiento, no correspondido, de Hipólito. El rechazo del virginal hijo del héroe griego hacia su madrastra es asumido en Fedra (1956) por Fernando (Vicente Parra), un joven domador de caballos que en ningún momento se deja seducir por los encantos de Estrella (Emma Penella), más aún, muestra el desinterés que, avanzados los minutos, se transforma en el sufrimiento y en la imposibilidad generados por la irrefrenable pasión que por él siente la protagonista de la adaptación cinematográfica que del drama de Séneca realizó Manuel Mur Oti.


La acción de Fedra se ubica en un pueblo costero del levante español, donde se descubre la vitalidad de la hermosa joven, blanco de las críticas y de las murmuraciones de las vecinas de Aldor, quienes, en oposición a ella, lucen vestimentas oscuras y rostros huraños en su aceptación de lo cotidiano. La ropa o el orgulloso caminar de la trágica heroína de Mur Oti denotan su juventud, su frescura y la libertad que mana del mar en el que se reconoce. Estas características fomentan su rechazo dentro del entorno femenino donde no encaja, como tampoco lo hace en el masculino, a pesar de ser deseada por todos los vecinos del lugar. Como consecuencia se convierte en el centro del resentimiento de las mujeres del pueblo, quienes la envidian y critican por su indiferencia (hacia ellas y hacia ellos) y por la belleza que la convierte en el objeto de deseo inalcanzable de hombres como Vicente (Raúl Cancio), el más rico de la villa, o Juan (Enrique Diosdado), el armador del norte, cuya arribada a las costas levantinas para reparar sus embarcaciones precede la llegada de su hijo Fernando. Los primeros compases de la película confirman que, similar a la Karin de Stromboli, terra di dio (Roberto Rossellini, 1950), la protagonista es una marginada dentro de un orden social donde no encaja ni encajará, y solo contemplando ese mar Mediterráneo con el que se identifica en su condición de mujer libre -al menos en su intención de serlo- alcanza cierto grado de serenidad, pero más allá de esa playa donde se produce su primer encuentro con el domador de caballos, insignificante para él y pasional para ella, la estrechez de miras y las habladurías del vecindario -que cobrarán mayor fuerza avanzado el metraje- la empujan hacia la tragedia tejida por su amor no correspondido y por su despecho. El drama de la Fedra interpretada por Emma Penella se confirma al contraer nupcias con Juan, a quien no ama, pero quien le posibilita la cercanía de aquel que se muestra incapaz de corresponder sus insinuaciones mientras sufre su presencia y el arrebato de violencia que reafirma la imposibilidad anunciada durante el encuentro en la playa, cuando, en su indiferencia hacia la joven, Fernando expuso sus preferencias por la tierra y su rechazo al mar, símbolo de la naturaleza femenina de Estrella.



lunes, 21 de noviembre de 2016

Los ojos dejan huella (1952)


En la década de 1950 se produjo una amalgama de cineastas españoles de diversas edades, ideologías e intereses, lo cual deparó una curiosa variedad de estilos y perspectivas dentro del limitado y mal cuidado cine español. A los realizadores que habían iniciado su carrera cinematográfica antes de la Guerra Civil, caso de Florián ReyEdgar Neville o José Luis Sáenz de Heredia, se unieron durante la contienda Rafael Gil o Antonio del Amo, ya en la posguerra directores como José Antonio Nieves Conde, Carlos Serrano de Osma, Francisco Rovira BeletaManuel Mur Oti y más adelante, en los primeros años cincuenta, BerlangaBardem o Fernando Fernán Gómez. Cualquiera de los citados presenta en su filmografía películas que mantuvieron a flote un cine ahogado por la censura de la dictadura y por los intereses económicos de los responsables de las distribuidoras y productoras, más preocupados en obtener los derechos de exhibición de películas hollywoodienses que en cuidar y potenciar el producto autóctono, y así poner los cimientos de una industria cinematográfica que pudiese competir con los estrenos que, en su mayoría, llegaban del otro lado del Atlántico, los cuales, por norma general, se proyectaban en mejores salas comerciales, en fechas más idóneas y se mantenían mayor tiempo en cartelera (algo que en la actualidad no ha variado demasiado). Por diferentes motivos algunos de aquellos cineastas han caído en el olvido o, en el mejor de los casos, se recuerdan por títulos puntuales que solo son una pequeña muestra de sus interesantes obras fílmicas. El ejemplo de Sáenz de Heredia resulta más injusto si cabe, ya que la valoración de su obra estuvo (y puede que aún lo esté) condicionada por los prejuicios generados por su buena relación con el régimen franquista, que le encargó el rodaje de Raza (1941), maniquea y propagandística hasta el ridículo, y el "documental" nada verista y panfletario Franco: ese hombre (1964), y, en menor medida, por las comedias que dirigió hacia el final de su carrera, cuando, tras el breve periodo de lucidez vivido por el cine español con los Saura, Picazo o Regueiro, este tipo de film era el único que parecía no tener problemas a la hora de encontrar financiación y distribución. Tampoco su parentesco con José Antonio Primo de Rivera le benefició a la hora de eludir juicios (ajenos a cuestiones cinematográficas) que no contemplaban ni la calidad de muchas de sus películas ni la innegable capacidad narrativa que demostró en ellas, aunque, más allá de las etiquetas y de los films propagandísticos, resulta obvio que el responsable de Historias de la radio (1955) es uno de los nombres propios de la historia del cine español. Durante la posguerra cosechó éxitos como el drama El escándalo (1943) o la fantasía cómica El destino se disculpa (1944), con la que demostraba su buen pulso en la dirección, como también haría en el drama de aventuras carlistas Diez fusiles esperan (1958) o la alocada El grano de mostaza (1962). Entremedias rodó otro de sus grandes films, Los ojos dejan huella (1952), un excelente ejercicio de suspense y melodrama negro que no desmerece de los clásicos del género, que adaptaba un guion de Carlos Blanco, quizá el mejor guionista español de la época y el responsable del libreto de la no menos espléndida Los peces rojos (José Antonio Nieves Conde, 1955). Los ojos dejan huella fue una coproducción hispano-italiana, de ahí su reparto internacional encabezado por Raf Vallone y Elena Varzi (matrimonio en la vida real), secundados por Luis PeñaEmma Penella, Félix Dafauce y Fernando Fernán Gómez, en un rol que aporta las notas de comicidad al macabro juego que enfrenta a Berta (Virzi) y a Jordán (Vallone). Pero, antes de que el rechazo-atracción antagónico cobre el protagonismo de la trama, se observa a Martín Jordán sentado en una de las mesas del restaurante donde habitualmente come. Allí se descubre su personalidad. Se trata de un individuo que odia su vida de vendedor de perfumes baratos, culpando a los demás de su fracaso existencial. El rasgo que mejor lo define es su victimismo, el cual le genera el resentimiento que vuelca sobre Roberto Ayala (Luis Peña) cuando este interrumpe su almuerzo para recordarle que fueron compañeros en la facultad de Derecho. A partir del encuentro fortuito con el personaje de Peña, triunfador en contraposición del derrotismo asumido por Jordán, la animadversión del comercial fija su blanco, aunque no será hasta que descubra a Berta, la esposa del mujeriego ex-compañero de clase, cuando en su mente el odio hacia la hipocresía social (que simboliza en Ayala) se ve igualado por la imperante necesidad de poseer a la mujer de aquel que, en silencio, lo desprecia porque lo considera inferior a él.


La trama, cuya puesta en escena resulta ejemplar, podría dividirse en dos partes: el antes y el después del suicidio (homicidio) de Roberto. La primera presenta a los personajes, sus personalidades, sus relaciones y las miserias que dominan sus vidas mientras que la segunda se centra en la atracción-rechazo que se produce entre el vendedor y la joven viuda. Durante la primera mitad el personaje de
Vallone se muestra arisco, aunque deseoso de ver a la mujer de su excompañero, por ello acepta la invitación de Ayala, sin ser consciente de estar siendo utilizado por este para encubrir una de sus aventuras de faldas. Durante el tiempo que dura su relación, el desprecio mutuo es evidente y alcanza su punto crítico cuando, tras creer haber matado a un hombre durante una disputa, Roberto acude de madrugada a la casa de Martín para pedir su ayuda. Esta circunstancia la aprovecha el comerciante para deshacerse de quien se interpone entre él y su objeto de deseo, de modo que cambia su rol de víctima por el de verdugo y acude a enterarse de qué ha sucedido en realidad. Nadie ha muerto, pero en su mente se va gestando el plan que cuida hasta el último detalle: acorralar a Roberto, hacerle escribir una nota de suicidio y simular su muerte en público, y para ello le entrega una pistola con balas de verdad, en lugar de las de fogueo que le había mostrado momentos antes. Ante doce testigos el engañado se quita la vida sin ser consciente de ello, lo que corrobora que Martín ha cometido el crimen perfecto, de ahí que la policía investigue sin poder demostrar su implicación. Consciente de su éxito, y de que no existen cabos sueltos, reta a los agentes encargados del caso a que demuestren, si pueden, que el suicidio ha sido en realidad un asesinato. La seguridad de Martín es innegable, sabe que nada ni nadie puede demostrar su implicación, sin embargo, Berta no piensa detenerse hasta destapar la verdad y para ello acepta la propuesta del hombre a quien odia, una propuesta que implica compartir tiempo con él, pero que le podría proporcionar la pista que busca mientras Martín intenta enamorarla. Durante este amor-odio se tiene acceso a los hechos desde dos tiempos, el presente y el pasado que introduce el personaje de Fernán Gómez, encargado de seguir a la pareja y enviar sus informes, grabaciones, a su superior, de modo que parte de la acción llega al espectador en tiempo pretérito, empleando un recurso narrativo similar al escogido por Billy Wilder para relatar la magistral Perdición (Double Indemnity, 1944).

martes, 8 de noviembre de 2016

Carne de horca (1953)


Las andanzas de los bandidos por las serranías andaluzas podrían haber dado pie a un género autóctono, similar en ciertos aspectos al western estadounidense, de hecho hubo varios y muy diferentes acercamientos a la figura de los bandoleros y a los espacios (y tiempos) por donde estos transitaban, como serían la destacada 
Amanecer en puerta oscura (José María Forqué, 1957), con un final que bebe directamente de la tradición malagueña y de la Pragmática Sanción concedida por Carlos III en 1759, la personal adaptación realizada por Carlos Saura de la vida de José María Hinojosa <<El Tempranillo>>> en Llanto por un bandido (1964), o la televisiva y más desenfadada Curro Jiménez (1976-1978), pero ninguna de ellas alcanza la perfección narrativa lograda por Ladislao Vajda en Carne de horca. Su fluidez narrativa y la puesta en escena de Vajda igualan drama y acción sin perder de vista el romance o las luchas en espacios abiertos ni en los cerrados como el pueblo donde Lucero (Fosco Giachetti) asesina a Tomás (Luis Prendes), el barbero que traiciona a uno de los suyos. A medida que avanza el metraje de Carne de horca aumenta la sensación de estar ante un western, y de los buenos, que traslada su acción al sur de aquella España gobernada por Fernando VII en la que surgieron los fuera de la ley que serían ensalzados por el folclore popular. La trama, que se desarrolla durante la primera mitad del siglo XIX, su temática (venganza y redención), el paisaje natural por donde transitan los personajes, los pueblos o las haciendas que le sirven de escenarios, la emparentan con el género del oeste. Sin embargo su ubicación andaluza, Sierra Morena y la serranía de Ronda, le dan el toque autóctono que se pone de manifiesto desde el inicio del film, con el invidente que en la plaza de una villa ensalza la figura del bandolero, una figura legendaria que se ve magnificada por la canción entonada por la actriz y cantante María Dolores Pradera, pero contradicha por las imágenes que conforman el metraje. Estas dos posturas sirven para enfrentar mito y realidad, la cual difiere de la creencia popular que otorgaba a aquellos bandidos serranos un romanticismo que, al estilo de Robin Hood, les impulsaría a robar a los ricos para dárselo a los pobres.


Esa circunstancia, la de sustraer a quien tiene para ofrecer al desposeído, queda desmentida a lo largo de la evolución y redención de Juan Pablo de Osuna (Rossano Brazzi), un señorito caprichoso que se dedica al juego y a la buena vida, sin prestar atención a los consejos de su padre, uno de los hacendados más ricos del lugar. Sin embargo, a raíz de una mala racha con los naipes, pierde cuarenta mil reales que no tiene y que sabe que su padre no le prestará. De modo que, un hombre de palabra como él asume ser, necesita hacerse con la cantidad para saldar su deuda y la idea para conseguirla surge en el hogar paterno, donde escucha a su vecino don Félix (José Isbert) narrar su terrible experiencia con Lucero, quien lo secuestró y posteriormente liberó a cambio de un cuantioso rescate; de no haberlo abonado ahora estaría muerto. En ese instante se presenta la solución para sus males, pues Juan Pablo decide secuestrar a su padre y hacer creer a todos que es obra del famoso y temido bandido. Sin pensar en nada más que en su necesidad, el joven Osuna acude a sus amigos y les expone el rapto que ellos deben ejecutar para alejar de él posibles sospechas. Pero todo se tuerce cuando el verdadero Lucero (y su banda) secuestra a su padre y, creyendo que se trata de los suyos, Juan Pablo se queda con el dinero, paga su deuda, sella el destino de su progenitor y, posteriormente, siente como la culpabilidad lo ahoga y le obliga a vengar la muerte paterna, porque en ello ve el perdón para sus actos. La desmitificación del bandolero conlleva otra velada, aquella que afecta a la clase pudiente representada en la figura de don Joaquín de las Hoces (Félix Dafauce), el tutor de Consuelo (Emma Penella), un hombre que, tras su inmaculada fachada, resulta ser el cerebro de la banda del forajido, lo cual provoca que la lucha del héroe, arrepentido, enamorado y vengativo, adquiera mayor complejidad y una dificultad extra.

jueves, 27 de octubre de 2016

Cómicos (1954)



<<Parábamos en las ciudades muy pocos días —seis, siete—, y en seguida, abandonábamos la pensión estrechuja, sucia y con alguna chinche que otra, abandonábamos el camerino con olor a retrete y paredes llenas de garabatos y firmas: "Aquí trabajó Pepe Salvatierra el 20 de febrero de 1913", y de nuevo a la estación, a beber el tazón de café aguado y a esperar a que el representante de la empresa nos dijese:

—Ése es nuestro tren.

Y nos alejábamos de la ciudad gris y vulgar, que tendría, claro, su catedral y su paseo de las siete, para meternos en el departamento de segunda, dejar pasar fugazmente la vida, los paisajes y huir hacia otra nueva ciudad en la que sabe Dios lo que nos podría suceder>>. (Fernando Fernán Gómez: El tiempo de los trenes)


La vida itinerante de las cómicas y cómicos españoles avanzaba sobre los raíles de las vías que los llevaba de localidad en localidad. En ellas se apeaban durante un suspiro, aunque suficientemente largo para poder representar sus obras y sus papeles en teatros y locales donde alegraban, entretenían o entristecían al respetable. Sin embargo, su público, que les aplaudía, abucheaba o permanecía indiferente a su arte escénico, no era consciente de las circunstancias ni de los sentimientos que existían de puertas adentro, pues, en la mayoría de los casos, su oficio ni proporcionaba comodidades ni fama, ni lo que esta podría acarrear. Aún así, los actores y las actrices continuaban su labor función tras función, porque los escenarios y la actuación formaban parte de ellos, ya eran parte indisociable de su vida. El medio escénico y sus profesionales también formaban parte de la vida de Juan Antonio Bardem, hijo de los actores Rafael BardemMatilde Muñoz Sampedro, y por ello, en su primera película en solitario se decantó por desarrollar una historia personal que, influenciada por Eva al desnudo (All about Eve; Joseph L.Mankiewicz, 1950), homenajeaba y reflexionaba sobre el oficio de sus padres sin perder de vista los intereses, las ilusiones, las frustraciones y los egos siempre presentes entre bastidores.


Como la mayoría de las compañías de la época, la de don Antonio (
Mariano Asquerino) emplea el tren como medio de transporte barato hacia su nuevo destino. Y nada mejor para presentar a los personajes que hacerlo en el interior del vagón donde Ana Ruiz (Christian Galvé) habla en silencio para introducirnos en su mundo y acercarnos a sus compañeros de elenco, en el que ella asume papeles sin importancia por un sueldo igual de insignificante. Ana interpreta el rol de dama joven, un papel que no colma sus expectativas, porque ella desea algo más, desea triunfar a toda costa en el medio teatral, aunque para ello deba sacrificar su amor por Miguel (Fernando Rey), que no tarda en abandonar un oficio que no siente, o asumir que su única posibilidad se encuentra en ser la <<querida>> de un empresario (Carlos Casaravilla) a quien el jefe de la compañía define como un coleccionista de primeras actrices.


La historia de Cómicos muestra el mundo del espectáculo desde la intimidad de su protagonista y desde la cotidianidad en la que no tienen cabida el glamour, los lujos o los sueldos decentes, de ahí que, con frecuencia, Ana acuda a su jefe para pedirle un adelanto, pero tampoco hay demasiadas oportunidades para evolucionar dentro del oficio, al menos no para ella. Las relaciones humanas, ya sea la de amistad que une a Ana a Marga (
Emma Penella), una segunda actriz desencantada con su pasado, o la paternal que asume don Antonio, también cobran importancia en el día a día. No obstante, resultan insuficientes para la intérprete con aspiraciones, desbordada por la frustración y el desengaño que se apodera de ella cuando, convencida que su momento ha llegado, descubre que en la nueva obra su papel continúa siendo irrelevante, lo cual también desata su furia y su sinceridad. De tal manera, decide abandonar la compañía, no sin antes acudir al camerino de la primera actriz y decirle que es demasiado vieja para interpretar un papel más acorde con su edad, porque la edad del personaje es la suya, aunque esto no impide que doña Carmen (Rosario García Ortega), consciente y triste de la realidad del paso del tiempo, asuma para sí un rol que la joven intérprete ha estado esperando desde hace años.


lunes, 10 de octubre de 2016

La cuarta ventana (1961)


Comedia, drama, algo de intriga, homenaje al cine de Alfred Hitchcock desde la ventana de la casa del trío protagonista y, sobre todo, la impagable presencia en una misma película de las hermanas Ruiz Penella: Manuela, Elisa y Teresa, más conocidas por sus nombres artísticos Emma Penella, Elisa Montés y Terele PávezLa cuarta ventana, atípico film dirigido, producido y escrito por Julio Coll, concede su protagonismo a tres mujeres igual de atípicas, a quienes se conoce en un local nocturno donde no tardan en enzarzarse en una pelea con diversos hombres que las molestan. La bronca acaba con su detención, pero a ellas les da igual, al menos esa es la impresión que produce su estancia en la comisaría donde les leen sus expedientes y donde son interrogadas sobre alguien que emplea botes de crema para traficar con drogas. Esta distracción argumental sirve para esbozar parte de sus personalidades y de su rebeldía. Allí niegan reconocer al maniquí de la chaqueta de cuadros que la policía utiliza como retrato robot del sospechoso, de hecho no mienten cuando dicen que nunca han visto ese rostro, pues no hay ninguno, y que nada sabían del contenido del recipiente. Su negativa no satisface al comisario (Luis Induni), que las encarcela por escándalo público, aunque no tarda en dejarlas en libertad para seguir sus pasos. Así se descubre que comparten casa, la misma desilusión y el mismo desencanto, lo que ya no comparten es la inocencia que ha llevado a una desconocida (Gloria Osuna) a intentar suicidarse en su cuarto de baño. ¿Cómo ha llegado hasta su aseo? ¿Qué hacer con ella? ¿A quién llamar para que cure su herida? Son cuestiones que, apremiadas por el carácter y la disposición de Dora (Emma Penella), las amigas resuelven con rapidez y efectividad. Lo primero sería llamar a David (Ángel del Pozo), un estudiante de medicina que se enamora de su paciente, aunque, cuando el futuro médico intenta dar parte del intento de suicidio, ellas le atizan y le inyectan un calmante, lo cual remarca el carácter decidido e independiente del trío. Cuando aquel se recupera, acepta quedarse con la joven para que ellas puedan encontrar el paradero de Carlos (Leo Anchoriz), el músico por quien María abandonó a su familia y por quien ha intentado quitarse la vida. Por Barcelona adelante visitan locales y otros lugares, pero del menda ni rastro, por lo que deciden trasladarse a Puebla de Sanabria y convencer al padre de la chica de que debe ayudarlas a encontrar al desaparecido. La intriga y la comicidad se diluyen para dar paso al drama que se observa en la desesperación de las amigas en su intención de ayudar a la muchacha que les ha devuelto la ilusión, una ilusión que las aleja de su cotidianidad insatisfactoria, de la que, emulando al personaje de James Stewart en La ventana indiscreta (Rear Window; Alfred Hitchcock, 1957), también se evaden observando con sus prismáticos tres apartamentos del edificio de enfrente. En uno Dora ve el cariño que desearía para su vejez, en otro Luisa (Elisa Montés) el anhelo de ser madre y en el tercero Linda (Teresa Pavez) acaricia la vida que alguien le negó tiempo atrás. Pero ¿y la cuarta ventana? Podría ser la que observa el inspector, aunque esto no sería más que un nuevo "macguffin", porque la cuarta ventana es la suya, desde donde sueñan con el futuro que María sí podría alcanzar y que ellas solo pueden acariciar a través de los prismáticos. La comicidad que domina parte del film no esconde el drama de unas mujeres maltratadas por la vida y por los hombres, tampoco rehuye un protagonismo femenino fuerte, decidido y dispuesto a asumir su venganza genérica en Carlos, que ha mentido y utilizado a María. Como consecuencia de su engaño, representan en el músico a todos los hombres que las usaron y deciden aguardarlo en la nocturnidad, en un escena final valiente y brutal para su época, que confirma su dolor, su rabia y su decisión de devolver los golpes recibidos. Aunque solo fuera por el simbolismo de esta secuencia, La cuarta ventana merece ser recordada, porque en ella la innegable dignidad de las tres asume el elevado coste de descargar el sufrimiento acumulado, patada tras patada, en la figura del aprovechado que, en sus mentes, adquiere los rostros de los granujas que las empujaron a la existencia que abandonan en ese instante de revancha que, aunque las conduzca a presidio, para ellas significa su liberación.

domingo, 9 de octubre de 2016

El batallón de las sombras (1956)



En El batallón de las sombras (1956) Manuel Mur Oti repartía el protagonismo entre varias mujeres para rendir homenaje al género femenino, aunque se trata de un homenaje condicionado por el contexto socio-político del país y de la época. Pero ¿fue Mur Oti consciente de que su intención no alcanzaba a todas las mujeres? Posiblemente no, pues carecería de la perspectiva histórica necesaria —la que hoy se presenta ante nosotros para indicarnos lo que ayer estaba velado, haciendo hincapié entre lo que era y ya no es, y lo que no era y ahora es—. Su interpretación del sexo femenino estaría limitada por el pensamiento dominante de entonces y, por tanto, estaría condicionada por el modelo aceptado, asumido e impuesto. Para explicar esto solo hay que ubicar la película en su tiempo, mediados de la década de 1950, y en su espacio, un país conservador de moral nacionalcatólica —tradicional, censora, estirada, represiva, un tanto hipócrita— que limitaba y condenaba a la mujer a una realidad que impedía su desarrollo más allá de lo establecido como correcto, lo cual reducía sus opciones. Como consecuencia, en su mayoría, la española de los años cincuenta vivía limitada aunque no fuese totalmente consciente, pues asumía el papel que se le asignaba dentro la sociedad. No hacerlo, conllevaba el riesgo de exclusión, de ser una repudiada social, y la condena que implicaba: convertirse en la comidilla del vecindario, sufrir sus miradas altivas y sus susurros y voces venosas, incluso, o quizá sobre todo, de la mayoría femenina que defendía su rol sin plantearse cuál era realmente. De modo que solo una minoría traspasaba los límites sociales y entonces, ¿qué? ¿Cuáles eran sus opciones? No vayamos a pensar que esto solo sucedía en España, pero las protagonistas de El batallón de las sombras son españolas, así que Mur Oti habla de las que podrían encontrarse en el país. Son sufridas, luchadoras y generosas en su constante apoyo a quienes, en ocasiones, no valoran la importancia que tienen en sus vidas; y aunque son indispensables, se les niega la posibilidad de liberación que les permita equipararse al sexo masculino. Esta circunstancia delata la situación femenina durante el franquismo, una situación no excesivamente dispar a la de naciones más liberales; y esta sería la asumida por el cineasta, que muestra la mujer supeditada a la tradición conservadora de un sistema de ideas inamovibles, de costumbres que ralentizaban la evolución social y entorpecían la equivalencia de géneros.

Dicho esto, se comprende que se trata de un reconocimiento parcial en el que no tienen cabida aquellas mujeres que traspasasen el umbral de lo correcto, aunque en la España de por aquel entonces tampoco abundarían las osadas que desafiaran al sistema. Las protagonistas de la película de Mur Oti son heroínas, sufren, luchan y nunca se rinden. Son el sustento de sus hogares, del vecindario o de la familia. Son madres y esposas de hombres que se comportan como idiotas. Sin ellas, estarían perdidos. Pero, más allá de las sombras aludidas en el título, ni se muestran emprendedoras ni desafiantes con el contexto que limita su situación. Durante los minutos iniciales, un narrador (Rolf Wanka) se personifica en la pantalla para dirigirse al público. Su soliloquio dice una cosa mientras envía un mensaje distinto, aquel que se descubre en su ironía y posteriormente en el interior del edificio que, salvo momentos puntuales, sirve de escenario para desarrollar varias historias paralelas.


La estructura coral de El batallón de las sombras permite observar varios arquetipos masculinos: un actor (Antonio Vico) cuyo talento reside en morirse, un compositor (Albert Lieven) que triunfa y se fuga con la vedette de su opereta, un pintor (Vicente Parra) que se muere de hambre, un aspirante a inventor (José Suárez) incapaz de ser original o un obrero (Albert Hehm) y padre de familia que no encuentra trabajo, en contraposición, las mujeres parecen cortadas por el mismo patrón, trabajan en el hogar, son amas de casa, planchadoras o costureras, solo una se muestra distinta y, debido a esa diferencia, Lola (Emma Penella) es rechazada por el vecindario. Solo cuando se decide a fregar las escaleras de la casa, supuesto momento en el que se iguala a las demás, es aceptada e incluso encuentra un pretendiente formal (Fernando Nogueras). Con este panorama, el homenaje de Mur Oti se comprende hijo de su tiempo, por lo que resulta incompleto al dejar fuera a cualquiera que no se ajuste a las características asumidas como válidas, ya sean mujeres como Lola o aquellas que destaquen por sus logros profesionales, por su inteligencia, por su creatividad o por sus deseos de ir más allá de las sombras que las encierran. Pero, dejando a un lado el estatus femenino en la España de la dictadura, El batallón de las sombras retrata con acierto la cotidianidad de los inquilinos del edificio donde se descubre a hombres desorientados por sus fracasos o por la ausencia de trabajo y a mujeres que los apoyan hasta el extremo que se observa en Luisa (Lida Baarova), que acepta sin reproches la vuelta de su marido al hogar después de que este la abandone por una cantante, o en Magdalena (Amparo Rivelles), que cae enferma por exceso del trabajo que durante años le ha mermado la salud para que Pepe continuase fantaseando con la posibilidad de ser inventor. El tono cómico de su inicio, en mayor parte debido al narrador y a la presentación de los personajes, da paso al drama individual y colectivo que se vive en cada una de las viviendas donde son ellas quienes muestran entereza y mayor capacidad a la hora de abordar las carencias y los reveses que se producen en determinados momentos de sus vidas. También son ellas quienes animan a sus parejas a creer en sí mismos al tiempo que les conceden el cariño y el apoyo necesario para que puedan proseguir con sus intereses y con sus sueños, actitud que se verá recompensada en el caso de Magdalena, cuando cae enferma y Pepe asume un cambio de actitud que lo empuja a buscar trabajo para hacerse cargo de ella, aunque, siendo mal pensados, esto podría interpretarse como la recuperación del orden establecido por el conservadurismo y el machismo de su época.