lunes, 6 de julio de 2026

Fragmentos de nada: Sabores ibéricos



Fragmentos de nada: Sabores ibéricos


Por Antonio Pardines



Desde décadas atrás se sabe que el psiquiatra Antonio Vallejo Najera estaba para firmar su inclusión en un centro de salud mental, siquiera por pretender encontrar un gen rojo que determinase el comunismo —obviamente ignoraba que muchos de sus pacientes eran más viejos que la mayoría de los comunistas españoles—. Lo que viene a corroborar que los nombres que asoman en los callejeros y en los monumentos no siempre son grandes ni han exhibido un comportamiento que pueda decirse lucido, equilibrado, ético o sencillamente correcto, aunque la corrección política es otro cantar que cambia de letra según sople el viento de levante o de poniente. De hecho, ningún personaje de la historia es inmaculado, tampoco los anónimos lo somos, ni siquiera los virgenes. Pero casos como el de este catedrático son de los que no se entiende que, a las puertas de cumplir medio siglo de Constitución democrática, sea ahora y no antes cuando se le retire una medalla que ni el uno por ciento de la población sabía que poseía. Incluso estoy por dudar que el noventa y nueve por ciento de la gente supiese quién era tal fulano. ¿Por qué en este momento y no años o decenios atrás? ¿Una cuestión de salud pública o de curarse en salud? ¿Por motivos similares, pero de espectro contrario, a los que llevaron a condecorarle?


Probablemente, tal acción obedezca a la intención de desviar la atención sobre cuestiones que amenazan la imagen del Poder actual. Pero ese supuesto doctor en salud mental, no me interesa, tampoco la acción de la política, sino que mi pensamiento me lleva ahora a un grande de la historia española, el intelectual coruñés Salvador de Madariaga, y a su libro España (1), que el tiempo (y las distintas corrientes de pensamiento que se han sucedido) muestra hoy caduco. En él, ya hablaba de distintos tipos de «razas» peninsulares, en un sentido cultural y psicológico que alejaba al término del carácter biológico en el que insistía el «mad doctor». Indicaba diferencias, superioridades e inferioridades, que cualquier lector actual con un mínimo de cultura y con su capacidad crítica activada no podrá más que dudar de la sabiduría que se le atribuye. Lo que proponía el escritor, historiador y político republicano —ministro de Instrucción Pública, de Bellas Artes y Justicia entre marzo y mayo de 1934 con Alejandro Lerroux y miembro de la Sociedad de Naciones en tiempos de Miguel Primo de Rivera— era, hablando claro, al tiempo alucinado y arcaico. Los castellanos son su ejemplo de superioridad, también salían bien parados los catalanes y los vascos; es decir, se decantaba por el dominador y por sus dos amenazas más importantes, amenazas por su resistencia, la que se inicia en el siglo XIX, junto a la gallega (2). Pero esta no cuenta para él, ni para nadie, puesto que no existía una burguesía tan poderosa como la catalana o la vasca.


Portugal aparte, el resto de identidades de la Hispania Romana, la invadida por Suevos, por los efímeros Vándalos y Alanos, posteriormente por Visigodos —el pueblo germano que se impondría a los suevos— y después por los Omeya, la poderosa familia islámica que no alcanzó el dominio total de la superficie peninsular, apenas eran para el intelectual meras comparsas que debían aceptar su rol secundario. Su libro, publicado por primera vez en 1929, fue escrito a petición del gobierno británico para explicar qué «carallo» era España. Y abarca cientos de páginas de pensamientos, ideas y detalles de la historia de Castilla, puesto que, para Madariaga, anticomunista, antifranquista y europeísta declarado —lo cual choca con su postura centralista en España—, igual que para Claudio Sánchez-Albornoz y otros historiadores procastellanos, en Castilla nace España y España es fruto de Castilla, a lo sumo también de la Corona de Aragón antes de serlo de los Austrias. En fin, consciente de la posibilidad de excepciones, la historia de cualquier lugar siempre ha sido sesgada, y nada apunta a que no seguirá siéndolo —hay tantos intereses, olvidos y subjetividades en juego—, del mismo modo que los historiadores son estudiantes, subjetivos, ambiciosos, acomplejados, falibles, interesados y tan humanos como cualquiera de nosotros…


Notas


(1) Salvador de Madariaga: España. Ensayo de historia contemporánea. Espasa-Calpe, Barcelona, 1979.


(2) Dos ejemplos del ninguneo de Madariaga los hallé en las siguientes frases: «Dejando a un lado, por ahora, el vasco, existen en la península tres lenguajes principales: el castellano en el centro; el portugués en el sudoeste (con el dialecto gallego en el noroeste) y el catalán en el nordeste (con el dialecto valenciano en el sudeste).» «Así como Galicia es la transición entre Portugal lírico y la Castilla dramática y el plástico Levante». Y los hallé porque hay un olvido claro, que Galicia existió como provincia y como reino autónomo antes que Portugal (que era el condado que Alfonso VI cede a su hija Teresa) y Castilla, que nace como una marca del reino de Léon, por lo que intuyo que Madariaga se olvida ciertos sustratos y también de la influencia gallega a la hora de formarse las coronas portuguesa y castellana.


Asimismo, me llamó la atención leer en su Ensayo que el pensador, federalista europeísta e historiador hable de «lenguaje portugués» y «dialecto gallego», cuando el primero tiene su origen en Galicia, puesto que nace galaica y se asume galaicoportuguesa. Y resulta de esa manera, si tomamos como referencia su nacimiento geográfico, porque nace en el noroeste; y la importancia política de entonces, cuando el condado de Portugal, en manos de Teresa y Enrique de Borgoña, es vasallo de la Galicia de Urraca y Raimundo; respectivamente, la hermanastra de Teresa (que esta era hija ilegítima de Alfonso VI) y primo del otro borgoñón. La prematura muerte de Raimundo quizás significó un traspiés para una mayor perdurabilidad de la corona gallega que ostentaría su hijo Alfonso Raimúndez, quien pasaría a la historia como Alfonso VII, tras su coronación como rey de León.

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