Aquella tarde de verano de 1985, con once años recién cumplidos, no estaba en la costa ni en los espacios urbanos habituales de juegos, de travesuras, de pedaleos kamikazes ni de luchas entre barrios vecinos. Me encontraba sentado, tal vez tranquilo o ansioso, en el cine Capitol de Santiago de Compostela, hoy reconvertido en sala de conciertos, donde no era consciente de que estaba ante el canto de cisne de una época en el cine infantil y juvenil. En aquel instante, junto a un grupo de amigos de la infancia y en aquella sala oscura que se iluminó e ilusionó con la proyección que se iniciaba con una fuga carcelaria y la posterior persecución por el pueblo donde viven los héroes y heroínas de la acción, solo me importaban tres cosas: silenciar al de las palomitas, pipas o lo que fuese que armase aquel incordio sonoro, disfrutar de la aventura que tenía ante mí y vivir una similar, aunque esto último lo supe después, cuando salimos a la calle y no paramos de fantasear hasta que llegó...