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El sargento negro (1960)


En su aspecto formal y por su ubicación espacio-temporal podría decirse, sin dudar, que El sargento negro (Seargent Rutledge, 1960) se inscribe en el western,
 pero, al tiempo, alguien podría añadir que destaca como drama judicial, y no se equivocaría. Esto viene a corroborar que los límites genéricos no lo son, más si cabe en el western y de la mano de cineastas como John Ford, un género y un director que contienen más de lo que aparentan. Le versatilidad de Ford, un cineasta único, resulta tan generosa como su impecable e inimitable narrativa. Era capaz de dotar a sus películas de humanidad, humor, amistad y lúcidas reflexiones sin necesidad de redundar su discurso, insertándolo sin pedantería ni insistencia cansina a lo largo de un todo que en sus manos fluye en apariencia sencilla; dando forma a un cine inolvidable. Esto se puede apreciar en como maneja la acción de esta espléndida película que transita o se detiene en sus espacios abiertos y cerrados, en sus tiempos, pasado y presente, por donde asoma su crítica al racismo, la cual desarrolla desde la figura de un sargento afroamericano obligado a huir como consecuencia del color de su piel. Rutledge (Woody Stroode) sabe que su oscura tonalidad impedirá que alguien crea su versión de los hechos, al ser consciente de que, a pesar de que la esclavitud ha sido abolida, la igualdad entre etnias aún no se ha conseguido. <<Algún día>>, dice.


En un primer momento, se desconoce de qué se acusa a Braxton Rutledge, pero, a medida que avanza el metraje de este magistral western jurídico, se descubre la naturaleza del consejo de guerra al que se somete a este hombre que ha entregado su vida a ese mismo ejército que lo juzga por las acusaciones que tienen su principal razón de ser en el color de su piel. Sus compañeros lo admiran, incluso el teniente Cantrell (Jeffrey Hunter), encargado de su defensa, experimenta un enfrentamiento entre el deber, la admiración, la amistad y el amor que siente hacia Mary Vicker (Constance Towers), quien apoya la inocencia del suboficial. El joven oficial debe asumir una situación que pretende resolver desde una perspectiva marcial, justa y que se ciña al reglamento, algo que también desea el sargento, ya que comprender que su vida sin el ejército carece de significado. Es su mundo, su hogar, donde se encuentran sus amigos —la otra familia tantas veces mostrada por Ford. Ese ámbito forma parte de su físico y de su espíritu; es cuanto posee, define su 
identidad.


La suma de los momentos de 
El sargento negro es una magnífica oportunidad para descubrir la habilidad narrativa de un maestro que concede el protagonismo a un héroe poco habitual en el cine de su época, interpretado con acierto por Woody Strode, y cuya historia comienza en el presente, dentro de una sala donde se celebra su consejo de guerra. Por este escenario se relevan diferentes testigos, desde cuyas declaraciones el relato viaja a un pasado que permite descubrir la realidad de los hechos que han llevado al soldado ante el tribunal formado por oficiales en quienes recae la nota humorística al más puro estilo fordiano y, sobre todo, permiten comprender la verdadera naturaleza del acusado. La cámara de John Ford abandona el tiempo pretérito cuando lo precisa, para regresar a un presente durante el cual los testigos se muestran parciales, dominados por prejuicios de marcada tendencia racial que son puestos en evidencia por el cineasta, a quien en más de una ocasión se acusó de conservador y que una vez más demostró con las imágenes que las etiquetas son adornos que tienden a simplificar la verdadera dimensión del artista y de su trabajo. A este respecto, es curioso que Ford fuese catalogado de conservador, si se tiene en cuenta que siempre se encontraba a la vanguardia de aspectos formales, como demostró en La diligencia (The Stagecoach; 1939), y sustanciales, no dudó en mostrar el desmoronamiento familiar como consecuencia de las precarias situaciones sociales que expuso en Las uvas de la ira (The Grapes of the Wrath; 1940) o ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley; 1941), del mismo modo que mostró los entresijos de la política en El último hurra (The Last Hurrah; 1958) o desmitificó el oeste en El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valence; 1960) antes de que se produjese el boom crepuscular de los años que la siguieron. El sargento negro es otro ejemplo de su capacidad para adelantarse a las modas, al ser una de las primeras producciones que abordó de forma directa el racismo, adelantándose en dos años a Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird; Robert Mulligan, 1962), y lo hizo desde una perspectiva que evidenciaba la desigualdad y los problemas raciales de la sociedad estadounidense desde la figura de ese suboficial que sufre en silencio la injusticia de ser juzgado por su color y no por su valía, la cual quedará demostrada a lo largo de los flashbacks que, magistralmente, se intercalan con el presente de la sala del tribunal donde el cineasta no juzga a Rutledge sino al microcosmos que allí se reúne (y que representa a una sociedad marcada por prejuicios raciales).

Comentarios

  1. Gratificante análisis que justifica la grandeza de un hombre brillante que nunca se detuvo siempre produjo obras notables, Ford tuvo un inquebrantable acierto en todo lo que llevo a término y eso lo hace transgredir las fronteras del tiempo.

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    1. Gracias, Marcelo. No puedo estar más de acuerdo con lo que dices de Ford.

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