Ir al contenido principal

Sin perdón (1992)


Transcurridos seis años desde la adquisición del guión de Sin Perdón (Unforgiven, 1992) y del estreno de El jinete pálido (Pale Rider; 1985), Clint Eastwood regresó al western para despedirse del género que lo convirtió en icono cinematográfico, a ese oeste de celuloide por donde cabalgó y fue más rápido con el revólver que los feos y los malos que le salieron al paso, pero, al igual que aquellos, su Hombre sin Nombre acababa con las vidas de sus oponentes sin que matar supusiera mayor problema que el dinero que perseguía. La intención desmitificadora del cineasta, presente en estado embrionario en sus interpretaciones para Sergio Leone, fue adquiriendo mayor relevancia y complejidad a lo largo de sus cuatro westerns como realizador y protagonista. Su oeste se presenta cual espacio moribundo, oscuro y espectral, habitado por seres ambiguos y mezquinos, pero tan reales en su imperfección como los antihéroes de esta lírica y reflexiva cumbre crepuscular. Ajado por el paso del tiempo y trabajando en su granja, William Munny (
Clint Eastwood) irrumpe en la pantalla para romper con la imagen del héroe romántico que el género transitado de forma magistral por los Boetticher, DavesFord, Hawks, MannWalsh, Wellman,... mitificó décadas antes de que Munny afirmase que <<matar a un hombre es algo muy duro, le quitas todo lo que tiene y todo lo que podía tener>>. Sus palabras no han sido escogidas al azar, sabe de qué habla, porque este personaje, en lucha consigo mismo y retirado de una vida de violencia, maldad y muerte, emprende su viaje hacia el pasado que le enfrenta a su presente.


Antaño sanguinario y amoral, Munny se dejaba llevar por el alcohol para dar rienda suelta al asesino que habitaba en su interior. Pero gracias a Claudia, ya fallecida, asegura no ser aquel pistolero destructivo a quien se refiere en compañía de su amigo Ned (
Morgan Freeman). En su presente ambos han sustituido el crimen y la violencia por el trabajo, la honradez y la familia. Las armas ya no son su campo de acción, la puntería de William ya no es la que era, sin embargo encuentran su oportunidad para revivir aquella "gloria" nacida de los actos sangrientos que todavía no han cicatrizado. ¿Qué buscan? ¿Dinero como el Hombre sin Nombre? ¿Encontrar su lugar? ¿Recuperar la ilusión de una época también pérdida? ¿Probarse y demostrarse que aún corre sangre por sus venas? ¿O aplacar las imágenes que Munny dice no recordar? Ha cambiado, al menos así lo asegura, como también asegura que fue su mujer quien lo regeneró, y sin embargo se dirige a matar a quienes han desfigurado la cara de una prostituta (Anna Thomson) que no conoce y que nada le importa. Pero esta vez intenta convencerse de que es diferente de aquellas matanzas que le reportaron fama. Quizá sea cierto o quizá viva en la mentira con la que acalla sus recuerdos y mitiga la nostalgia que le generan los tiempos pretéritos y la ausencia de quien cambió su rumbo existencial. Así pues, ante la puerta que le conduce a la vejez y al olvido, abandona a los hijos que ha criado en la granja donde junto a su esposa enterró a aquel pistolero portador de muerte que resurgirá hacia el final de esta poética desmitificación del western y de los héroes cinematográficos que en el habitan.


En el oeste de Sin perdón las leyendas no son más que el fruto de accidentes, errores, despistes o traiciones que se adornan para crear el mito romántico que perdura en la imaginación popular (representada y potenciada por la presencia del escritor interpretado por Saul Rubinek). Para los antihérores de Eastwood no hay salvación ni redención, no son buenos ni malos
, ya que para el cineasta ni existen los unos ni los otros, cuestión esta que se reafirma en el representante de la ley, Little Bill (Gene Hackman) y en el propio William Munny. Más que un villano, el sheriff de Big Whiskey es un ser complejo, cínico y contradictorio que emplea su sadismo para mantener el orden en la ciudad. Se aprovecha de su posición de poder y de la debilidad de sus víctimas, a quienes no duda en torturar para advertir que su pueblo es su reino y solo él puede ejercer la violencia más allá de la ley que representa. Su encuentro con Bob, el inglés (Richard Harris) lo define de manera magistral, completando el perfil que se había mostrado en su primera aparición, cuando solo multa a los agresores de la prostituta porque son <<buenos chicos>>, y en su vida hogareña, construyendo una casa que nunca llegará a terminar. Tampoco William es el héroe de leyenda que sí sería a los ojos de la inexperiencia y de la fantasía de Kid (Jaimz Woolvett), que ha idealizado la figura del pistolero a partir de los relatos de su tío. Pero en el presente, durante el cual se pavonea como también lo hace el joven vagabundo de El emperador del Norte (Robert Aldrich, 1973) en un espacio marcado por una violencia similar, Kid accede a la realidad que provoca su derrumbe emocional, al comprender que no existe heroicidad ni gloria en matar a un hombre. <<Es verdad. Le he matado. Tres disparos mientras estaba cagando>>, solloza después de acribillar a un individuo indefenso en una escena que echa por tierra la idea que Munny, como hombre maduro, atormentado y desencantado, desechó años antes de su antiguo yo regrese por última vez durante la noche lluviosa en la que desaparece para siempre (como si con su desaparición entre la lluvia, la imagen encarnada por Eastwood en tantas películas se despidiera para dar paso a otra etapa artística, la de su madurez creativa).

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...