
En la primera mitad de la década de 1960, Bond y Clouseau se convirtieron en dos iconos cinematográficos de la cultura pop. Ambos son caricaturas, aunque se sitúan en polos opuestos. El primero es un héroe, un conquistador, expeditivo, elegante, chulesco, mientras que el segundo es el desastre hecho antihéroe que, sin el menor éxito, intenta disimular su incompetencia y su desorientación. La presentación cinematográfica del agente 007 en Dr. No (Terence Young, 1962) define al personaje —heroico, seductor, irónico, letal, infalible—, la de Clouseau en La Pantera rosa (The Pink Panther, 1963) solo esboza su legendaria torpeza, la que luce en El nuevo caso del inspector Clouseau (A Shot in the Dark, 1964), y que La pantera rosa todavía no lleva hasta el límite de la caótica (im)personalidad de un personaje mezcla de niño, dibujo animado y maestro del disfraz que no puede disimular que es un ser desorientado y marginal, como tantos otros personajes en el cine de Blake Edwards. En esta primera entrega de la serie, el director de Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, 1961) solo esbozada lo que puede dar de sí la figura de uno de los icónicos de su filmografía, puesto que todavía no le concede el protagonismo absoluto. El inspector es uno más dentro de la farsa propuesta, que promete desenfreno, mas carece de ritmo, locura y caos. Pero estas ausencias no impiden que La Pantera Rosa sea un clásico de la comedia y del enredo que apunta el reinado del desorden. Ciertamente lo es, aunque no por su comicidad ni por su calidad cinematográfica, de las que dudo, sino debido a los factores que hacen del film de Edwards un punto de referencia dentro del género y, particularmente para él, es el paso previo hacia sus dos cimas de delirio cómico —La carrera del siglo (The Great Racer, 1965) y El guateque (The Party, 1968)— en las que el humor brilla en su mezcla de comedia animada, slapstick, referencias cinematográficas y elevadas dosis de desastre.
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