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Cuentos de Tokio (1953)


Por mucho distanciamiento cultural que exista entre las diferentes latitudes y longitudes en las que se divide el globo terráqueo, los sentimientos que se producen sobre él son universales, y esta universalidad sentimental se encuentra uno de los motivos que hacen que el cine de Yasujiro Ozu sea para todos y que Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953) sea una excelente oportunidad para descubrirlo, observando las relaciones familiares, los fracasos o la imposibilidad comunicativa que aleja a los protagonistas y que los convierte en seres extraños a pesar de ser padres e hijos. Otra de las constantes temáticas de Ozu aparece en el enfrentamiento entre un mundo moderno y e tradicional, que se observa en el choque generacional y en el inevitable deterioro de las relaciones como consecuencia de la distancia física que separa a los protagonistas. Los tiempos han cambiado, esto es algo que descubre el anciano matrimonio que llegan a Tokio con la intención de visitar a sus hijos mayores. Shukichi (Chishu Ryu) y Tomi (Chieko Higashiyama), llegan a la gran ciudad con la ilusión de comprobar cómo se encuentran esos retoños a los que hace tiempo que no ven. Koichi (So Yamamura), médico, y Shige (Haruko Sugimura), peluquera, son dos seres modernos, absorbidos por sus trabajos y por sus ambiciones, no tienen tiempo para sus padres, quienes a medida que transcurre su visita se preguntan, en silencio y aceptándolo con humor, si sobran o, incluso, si molestan. Como bien dice uno de los amigos a quien Shukichi visita: <<vivir con los hijos es un dilema, no es fácil, no sabes si molestas o no>>.  Únicamente, Noriko (Setsuko Hara), su nuera (viuda de un hijo muerto en la guerra), les ofrece su tiempo y les acompaña en una visita por la ciudad, para que esto fuera posible se ha desligado de sus obligaciones laborales (algo que no han hecho ni Koichi ni Shige) y consigue ofrecerles esa calidez que esperaban recibir de sus hijos. Koichi y Shige, se reúnen y optan, ante la falta de tiempo y para mayor comodidad suya, enviarles fuera de la ciudad, justificando su acción como un lujo que les conceden, unas vacaciones que se han ganado y que deben disfrutar en un hotel de la costa. No obstante, esa pareja de padres repudiados, por unos hijos que han perdido el valor familiar o simplemente el distanciamiento ha enfriado unos sentimientos que viven del contacto continúo, no son capaces de comprender que sus progenitores sólo desean algo de su tiempo. Yasujiro Ozu plantea a la perfección un mundo de sentimientos, sensaciones y desilusiones. Para este anciano matrimonio, el viaje (podría ser el último), implica la necesidad de ser aceptados y queridos, sin embargo, la realidad es distinta. Sin reproches, sin rencor, pero sí desilusionados, no les queda más que resignarse ante el trato (indiferente) recibido de sus hijos. Esa resignación forma parte de estos dos seres que no reconocen en sus hijos a aquellos jóvenes que un día partieron en busca de su destino. La realidad no resulta agradable, su tiempo se fuga, sus hijos se han convertido en unos extraños, que no desean compartir un tiempo con ellos y el mundo ha cambiado, aumentando ese inevitable distanciamiento generacional. Cuentos de Tokio es una película enorme, capaz de transmitir los sentimientos por los que atraviesan sus protagonistas, ofreciendo una perspectiva real, que puede darse en cualquier lugar y en cualquier momento, y lo hace desde la cercanía, con planos fijos a la altura de los personajes que ofrecen, sin mediar palabras, esas sensaciones que les embargan. Ozu transmite gracias a su estilo sobrio, sin alardes innecesarios, todo cuanto se propone, no juzga, pero si expone aquello que a los hijos se les escapa, porque se encuentran atrapados en un único pensamiento, que no va más allá de sí mismos.

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