Fragmentos de nada: sin miramientos
Por Antonio Pardines
Los pormenores y las circunstancias de la masacre fueron descritos por Truman Capote en esta crónica novelada que le llevó cuatro años de investigación y preocupaciones —he de suponer que tanto emocionales como políticas y económicas—. Probablemente, no podría haber soportado esta carrera de fondo, de no haber contado con la colaboración de Harper Lee, la autora de la popular Matar a un ruiseñor.
El asunto le había llamado la atención, y había seguido el caso desde antes de ser conocida la identidad de los sospechosos, así que se trasladó a Holcomb en busca de respuestas y de realismo. Y allí se dedicó a entrevistar a los vecinos, a la policía y a los propios asesinos. Todo eso se halla en sus notas, conseguidas con evidente esfuerzo, que le servirían para llenar las páginas de una novela en la que narra, meticuloso y realista, las sensaciones, la investigación del homicidio y su ley del talión.
El autor redactó un libro impactante, duro, real, un nuevo estilo de novelar que ya había practicado en Argentina Rodolfo Walsh —quien en 1957 había publicado Operación Masacre, tras investigar los hechos que detalla en el libro— y, aun antes, en 1934, Ramón J. Sender en Viaje a la aldea del crimen. Y todavía podría retroceder un año y nombrar a Josep Pla y su Madrid. El advenimiento de la República para descubrir una crónica cuasi novelada de un momento fundamental de la historia moderna española. Así que Capote rompe con la ficción, tal como hicieron Walsh, Sender o Curzio Malaparte en su Kaputt, y novela la realidad y crea un espléndido relato de no ficción, que la crítica de su país afirmó que sentaba las bases del nuevo periodismo estadounidense. Pero, más que por esa posibilidad de novedad, me gusta porque se posiciona y apunta que justo, moral y Justicia son tres conceptos distintos que no siempre van de la mano.
El acierto literario de Capote es indudable, pero no porque, en su país, se inventen para su obra la etiqueta de la non-fiction novel, sino porque asume para sí la voz del narrador omnisciente e introduce los pensamientos de las víctimas y de los asesinos como si saliesen de ellos mismos. Vamos, guardando las distancias, algo así como si se tratase de un Crimen y castigo de no ficción. De tal manera, A sangre fría resulta más que una transcripción de los hechos, o que un reportaje documental, pues el punto de vista de Capote asoma en determinados momentos —aunque él permanezca oculto tras el narrador—, pero dejando que sean los protagonistas quienes avancen la narración, a partir de sus declaraciones, de sus actos y su diálogo interior. Nada de esto resta para que también sea una obra de excelente precisión, que resulta un documento que no solo retrata a los asesinos, sino el entorno y los orígenes de los condenados.
La narración de A sangre fría carece de florituras, aunque su prosa sea rica y elegante, también es directa. Un puñetazo en la mesa que llevó a su autor al límite y provocó que, tras este hito literario, Truman Capote solo escribiese algún relato corto y algún guion cinematográfico. El esfuerzo para llevar a cabo su proyecto le exigió demasiado, quizá se vio sometido a un estado de presión y depresión que provocó una caída en el abismo de alcohol y drogas que mermó su equilibrio y su evidente talento. Tal fue el éxito del libro que poco tiempo después de ser publicada, en 1967, la crónica de Capote sería adaptada a la pantalla por Richard Brooks en un film que, pretendiendo fidelidad al original literario, posee personalidad y una perspectiva propia que apunta directamente a la pena capital.

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