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martes, 5 de agosto de 2014

Elysium (2013)


La inmigración y la desigualdad social se encuentran presentes en los primeros compases de Elysium (2013), durante estos instantes iniciales también se descubren dos espacios antagónicos que se distancian por una frontera invisible que nada tiene que ver con la atmósfera que los separa, pues el límite que aleja a la Tierra del país de las maravillas que gira a su alrededor se encuentra en los posibles económicos que permiten los privilegios que se descubren en el satélite artificial, habitado por una minoría elitista que disfruta de la opulencia y la despreocupación de saber que en cada hogar existe una máquina regeneradora, promesa de inmortalidad. Esta última circunstancia, unida al sueño de mejora, provoca que muchos de los desheredados que malviven en la superficie terrestre intenten entrar ilegalmente en ese paraíso espacial protegido por la política xenófoba llevada a cabo por la ministra de seguridad (Jodie Foster), con la que intenta preservar el bienestar que conseguido. Para mantener este modo se aísla a los habitantes de Elysium de los problemas y necesidades que existen más allá de sus fronteras (y de los que directa o indirectamente son responsables), aquellos que se producen en el día a día de millones de hombres y mujeres que desde la distancia contemplan el lujoso satélite como la promesa de escapar del padecimiento generado por la segregación económica que agudiza las diferencias e insensibiliza a la población, no solo a quienes moran en la utopía circular sino a los habitantes del planeta, individuos como Max (Matt Damon), que intenta rehacer su vida trabajando en una fábrica donde tampoco se valora la condición humana, como demuestra que a nadie le importe que quede atrapado dentro del compartimento estanco donde sufre la radiación que provoca su estado terminal y, como consecuencia, su decisión de acudir a Spider (Wagner Moura), el delincuente que controla el tráfico ilegal de la Tierra a Elysium y que resulta ser su única esperanza para conseguir el pasaje que le permita alcanzar la cura. Pero en un mundo deshumanizado nada es gratuito, así que las circunstancias obligan a Max a aceptar una misión suicida a contrarreloj, durante la cual se desentiende por completo de cuanto sea ajeno a sus intenciones, lo que le lleva a dejar a un lado las necesidades de quienes, como Frey (Alice Braga), precisan y solicitan su ayuda. La situación y el comportamiento de este atihéroe remiten al personaje principal del anterior trabajo de Neill Blomkamp, ya que ambos sufren un accidente que provoca el paulatino cambio en sus maneras de comprender entornos caóticos en los que prevalecen la desigualdad social (racial en el caso de District 9) y económica, y que deriva en su evolución de individuos egoístas al altruismo que alcanzan hacia el final de sendas producciones. A pesar de los aspectos comunes que comparten los dos largometrajes, se observa en esta segunda propuesta cinematográfica de Blomkamp un mayor conformismo en su discurso, adecuándose a lo establecido dentro las pautas del espectáculo hollywoodiense, lo que provoca que, aparte de algunos rasgos estéticos, solo comparta con District 9 un inicio de crítica social que a medida que avanzan los minutos se sustituye por la repetición de tópicos como el comportamiento del villano encarnado por Sharlto Copley o el poco creíble y desinteresado gesto final de Max.

miércoles, 21 de mayo de 2014

District 9 (2009)


Cuatro años antes de su debut en la dirección de largometrajes, Neill Blomkamp realizó un cortometraje de poco más de seis minutos de duración en el que expuso parte de lo que se vería en su ópera prima. El carácter documental que impera en Alive in Joburg prevalece durante buena parte de District 9, que presenta una circunstancia similar a la mostrada en el corto; de ese modo, gracias a diversas tomas del falso informativo con el que arranca el film, se descubre una nave alienígena averiada sobre el cielo de Johannesburgo (y el año de su llegada: 1990). En su interior se encontró alrededor de un millón de criaturas desnutridas y desorientadas a las que poco después se ubicó en una zona que pasaría a denominarse Distrito 9. Transcurridos veinte años, el rechazo de la población y de las autoridades hacia el emigrante interplanetario se palpa en las calles de una ciudad donde las señales de prohibición son una constante que restringe la presencia de los nuevos ciudadanos, que malviven sin ser reconocidos como tales y sin acceso a los recursos que puedan saciar sus necesidades básicas. Salvo su imagen final, aquella que muestra a un alien en un basurero dando forma a una flor, District 9 transcurre en un tiempo pretérito que se presenta a través de un documento visual en el que se escuchan los comentarios de expertos que hablan de la aparición de la nave y de un tal Wikus van de Merwe (Sharlto Copley), el humano a quien se conoce mediante las grabaciones que él mismo realizó para la multinacional encargada del desalojo de la población extraterrestre.


En un primer momento se observa a van de Merwe satisfecho consigo mismo, con su vida, con su matrimonio y con la misión que le ha sido encomendada por Piet Smit (Louis Minnaar), su suegro y uno de los jefes de la empresa MNU, y que consiste en el desahucio de los inmigrantes galácticos. Las imágenes de los medios de comunicación, que siguen el proceso de desalojo, combinadas con las filmadas por el cámara que acompaña al equipo, permiten el seguimiento de Wikus y los suyos en el gueto alienígena, donde se observan unas condiciones de vida marcadas por la miseria y el mercado negro que se aprovecha de la situación de seres marginados por su condición de inmigrantes. Las protestas xenófobas por parte de un amplio sector de la población y la actitud impasible de los organismos oficiales reflejan el rechazo dominante, aceptado como lícito por aquellos que aparecen entrevistados en el informativo; alguien llega a afirmar que <<los aceptaría si fuesen de otro país, pero ni siquiera son de este planeta>>. Esta actitud racista confirma la repulsión que los terrestres sienten hacia casi dos millones de "bichos" (la palabra despectiva empleada para referirse a ellos) que las autoridades gubernamentales, delegando en la MNU, pretenden trasladar a un campo de concentración donde se les mantendrá apartados de la población autóctona. Sin embargo, más allá de la segregación racial, se descubren los intereses económicos de la multinacional encargada de la operación, deseosa por controlar la biotecnología armamentística del alien, muy superior a la desarrollada por los humanos, lo que vendría a contradecir la falsa creencia de que se trata de seres desprovistos de inteligencia, como también lo confirma la presencia en los cielos de una nave de tecnología superior a la desarrollada en el planeta que la acoge. La sombra del apartheid y de la inmigración ilegal planea sobre el Distrito 9, símbolo del rechazo de los ciudadanos aceptados como tales hacia aquellos a quienes se les niega una vida digna y un trato igualitario, cuestión que queda patente en la actitud de Wikus cuando asume una misión que lo enorgullece y que no le plantea el menor dilema moral a la hora de actuar o comentar despectivamente las características del refugiado. Sin embargo, cuando sufre la exposición al líquido que le salpica desde el interior de un cilindro extraterrestre, su agradable existencia se transforma en la pesadilla que significa descubrirse marginado por los suyos y codiciado por la empresa para la que ha trabajado hasta entonces, ya que su ADN se combina con el alienígena para producir una metamorfosis que le capacita para el empleo de las armas de aquellos a quienes se desprecia. La película de Neill Blomkamp cambia de manera radical a partir de la huida de Wiikus y su contacto con Christopher Johnson (Jason Cope), el alien a quien exige ayuda, el mismo que elaboró el producto que propició su mutación. Abandonando el tono documental, la acción se vuelve más expeditiva y pirotécnica para descubrir a Wikus y a Christopher uniendo fuerzas con el fin de recuperar el cilindro, aunque sus motivos son distintos, ya que el segundo lo hace para ofrecer una vida mejor a su hijo mientras que el primero lo hace exclusivamente por egoísmo (recuperar la vida que ha llevado hasta el accidente). District 9, como buena muestra de ciencia-ficción, resulta una metáfora de su tiempo, que plantea cuestiones como los intereses económicos que priman en las grandes corporaciones empresariales, la omnipresencia de los medios de comunicación (y su posible tergiversación de hechos y realidades) o la inmigración y el rechazo que los emigrantes sufren por parte de la población autóctona, que en este caso se niega a reconocer que las diferencias entre sus miembros y los habitantes del Distrito 9 no existen más que en el aspecto físico, algo que Wikus va asimilando a medida que la combinación de su ADN con el alienígena le obliga a aceptar verdades que hasta entonces se había negado.