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Sinatra: a su manera (y a la de otros)



Sinatra: a su manera (y a la de otros)


Por Antonio Pardines


La letra de la canción «My Way» no la escribió Frank Sinatra, sino Paul Anka a partir del original francés, pero Sinatra sí fue quien, de todos los cantantes que la han interpretado (Elvis Presley, Julio Iglesias, el propio Anka, Los piratas y tantos más), la hizo suya porque —no me cabe duda— se sentía identificado con la filosofía existencial del tema, ese modo de vivir «a su manera» al que se aferró hasta el final de su vida: siempre siendo un niño grande y caprichoso, impredecible en sus reacciones, despectivo con quienes mostrasen algún signo de debilidad —o lo que él considerase tal—, generoso con aquellos a quienes aceptaba en su radio de cariño y de respeto. No era ningún héroe ni ningún rebelde, tampoco un delincuente juvenil ni, andando el tiempo, senil, mas sí iba a lo suyo y creó su propio reino, aunque fuese un reino vasallo de uno mayor en las sombras y de otro mediático. Un tipo duro como él nunca reconocería tal vasallaje; mas existía. Era real, si no, nunca habría llegado donde llegó: a la cima del espectáculo y del «hago lo que quiero».


A Sinatra, admirado por Makinavaja y tantos otros chorizos y más gente corriente, le gustaba ser reconocido. Eso le daba una sensación de triunfo, de ser querido, de ser más grande que la vida. Era un chico de la calle que creció entre la delincuencia y en la delincuencia. Supo sobrevivirla y convivir con ella sin el menor contratiempo. En eso se parecía a su amigo Dean Martin, con quien inició la mitología del «clan Sinatra» en Como un torrente (Vincente Minnelli, 1958). Antes, el rey del mambo había sido Bogart, pero a rey muerto, rey puesto. Al tiempo que sonaba el Réquiem, sonaba la fanfarria. «¡Muerto el rey, viva el rey!», claman en el reino del Rat Pack. Sus relaciones con la mafia eran de dominio público, pero, a él, eso no le importaba, incluso le daba cierto aire de respeto y admiración, puesto que, tal como señala Shirley MacLaine en sus memorias (1), la cultura estadounidense había embellecido a la mafia. Quizás la dotó de esa fantasía romántica por falta de historia y personajes históricos que transformar en folclore nacional. Fuera como fuere, Sinatra inspiró a Mario Puzo para escribir su «Padrino», de modo similar a como la figura del George Raft de los «años veinte y treinta» le inspiraría el personaje de Richard Gere para Cotton Club (Francis Ford Coppola, 1984).


A su «clan» se fueron uniendo otros nombres del espectáculo: Joey Bishop, Peter Lawford, Sammy Davis, Jr. e incluso la misma Shirley MacLaine, a quien le unía una amistad protectora, pues Frank asumía que debía proteger a los suyos, aunque no fuese una protección a cambio de nada. Exigía fidelidad, un vasallaje similar al que a él le unía con los jefes hampones. De modo que si te pedía algo, había que concedérselo, ya que una negativa significaría la expulsión de su reino, cuya capital podría ubicarse en Las Vegas. Allí, en la ciudad de Nevada soñada por Bugsy Siegel, «La Voz» sentaba sus posaderas, se tomaba unas cuantas copas o subía a los escenarios. Se corría juergas con sus amigos —de los que tal vez solo Dean Martin no le rindiese pleitesía—, las mujeres no dejaban de acosarle y los hombres envidiaban su fortuna y ese vivir a su manera…


(1) Shirley MacLaine: Mis estrellas de la suerte (traducción de Jorge Bertevoro). Torres de Papel, Madrid, 2016.

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