Fragmentos de nada: Buscando las fuentes del Sar
Por Antonio Pardines
La ciudad nació entre dos pequeños ríos, lo cual resultó acertado, tal vez premeditado, pues ya existían asentamientos previos al hallazgo seminal del siglo IX. Más de mil años después llegamos nosotros y descubrimos que esos dos ríos bañan nuestra ciudad, que es la misma, aunque ya distinta a la de los millones que llegaron y se fueron antes. También será diferente a la de quienes llegarán después y, en apariencia engañosa, igual a la visión de nuestros contemporáneos.
La ciudad cambia, pero los ríos continúan naciendo en sus inmediaciones, más cerca quizás de las casas, porque estas se le acercan sin timidez. Saben que no les desbordarán a su paso, saben que sus aguas al nacer son inocentes, lloronas y también juguetonas. Uno, nace en el Romaño y el otro, hacia el norte, más allá de Amio. Y se unen en el sur, cerca, tras solo recorrer unos tres o cuatro kilómetros desde sus orígenes. Su comunión se da donde tiempo atrás, allá por el XIX, se levantaban una curtiduría y una fábrica de papel que hoy se dedican a otros menesteres. Allí, en las inmediaciones de ambos edificios, las aguas ya indistinguibles fluyen juntas hacia Ortoño, el hogar de la tía de Rosalía; y más allá, rumbo a Padrón. Pero si tiempo después localizamos esa feliz y refrescante unión del Sar y el Sarela, el día que decidimos encontrar el nacimiento del primero ignoro si lo logramos. Y no lo sé porque un túnel bajo la vía nos sacó del tiempo y de la realidad por la que caminábamos.
Salimos por la mañana, después de tomar café. Como de costumbre, llevaba unos tenis para andar por casa, pues nunca he sufrido demasiado de pies y las botas de senderismo las dejo para los días de frío y de sendas que supongo más intensas y sinuosas, pedregosas y exigentes. Así que nuestras cuatro piernas tomaron dirección norte. No a saltitos ni unidas como en el viejo juego del saco, sino dando pasos corrientes, siguiendo la senda del Sar que nos llevó a la altura de Mallou, en las proximidades de lo que tiempo después arreglaron y ahora llaman parque «do Berce do Sar». Pero entonces no estaba desbrozado ni diseñado, ni bautizado, así que continuamos sin desviarnos, siguiendo un camino paralelo a la vía del tren en el que quizás otro día me veo, al otro lado de la ventana.
El sol lucía, lo cual tampoco me resulta tan extraño en fechas estivales, y así siguió durante aquel caminar sin más rumbo que la idea de descubrir las míticas «fontes do Sar». Era una aventura a escala local, más bien una caminata cuya motivación era llegar a ver lo nunca visto por nuestros ojos: la cuna del río que siempre había estado allí, y que allí estará hasta que se seque, en las proximidades de nuestras casas y de nuestras escuelas, de nuestros bares y calles, de nuestros vivos y muertos.
Dábamos pasos sin aparente esfuerzo, acostumbrados como estábamos a caminar hasta el borde mismo del infierno. Pero eran espacios que se antojaban terrenales, no como aquel lugar donde el terreno dejó de ser de tierra para convertirse en piezas sueltas de piedra que flotaban sobre un manto terroso al que no teníamos acceso. Tal vez fuese mejor así, pues nos evitaba el riesgo de quemarnos y de ahogarnos en su arena ardiente. Los fragmentos balanceaban a nuestro paso, el caminar resultaba incómodo y complicado. Así el paso a paso no tardó en convertirse en un ir dando saltos.
Las distancias entre balastros parecían agrandarse a cada impulso, pero la ilusión de ser un Burton en busca de las fuentes del Nilo, o un Amadeo en pos del grifo que vierte las primeras aguas al Danubio, nos animaba a seguir hasta el final.
El panorama se tornó más surrealista y caluroso, parecía surgir de un cuadro de Dalí pero sin derretir los relojes ni dibujar Cadaqués al fondo. No había casas, no había más rastro humano que las líneas eléctricas y esa otra de ferrocarril que se alejaba hacia el infinito que ubiqué en la estación de A Coruña.
Los rayos solares incidían sobre nuestros cuerpos, afectando nuestras mentes, mientras el río disminuía a ojos vista. Ahora ya era un «regato pequeno», pronto sería un bebé y en nada un embrión que se perdería en el vientre de la tierra. Pero nuestra mayor sorpresa nos la deparó un charco que apenas se diferenciaba de tantos otros charcos, salvo que de este parecía brotar el Sar, o así había que creerlo en un salto de fe a la altura de los peregrinos medievales. Sí, nos dijimos, dando golpecitos en los talones de nuestros calzados para salir volando y recorrer en sentido inverso aquel capilar que, a vista de pájaro, se transformó en la arteria fluvial que, hasta su desembocadura, iría ganando peso, estatura, frescura, bravura y, aunque suene ñoño, no deja de ser menos cierto, también se ganó y se gana el cariño de tantos que lo han visto pasar y aquellos que lo vadearon antes de la unión de orillas a través de los puentes…

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