jueves, 25 de junio de 2026

La última noche (2002)



Reflejos en el espejo


Por Antonio Pardines


El protagonista de La leyenda del indomable (Cool Hand Luke, Stuart Rosenberg, 1967) no se deja doblegar por las circunstancias en las que se ve atrapado y de las que una y otra vez intenta escapar, pero, aunque logre su victoria, de nuevo se ve dentro. Está encarcelado y él aboga y practica la libertad, de modo que su actitud le convierte en referente para rebeldes al otro lado de la pantalla —aunque estén dentro de ella—, rebeldes sin causa como Monty (Edward Norton), a quien deberían haberle puesto el nombre de Paul, por Newman. Pero a su madre le gustaba Montgomery Clift, cuyos personajes, en su modo de sufrir y distanciarse, también se revelaban ante la imposibilidad en la que se descubren. Sin embargo el Monty de Edward Norton no es ni uno ni otro, sino entre ambos. Es alguien a las puertas de perder lo más importante: la ilusión de ser libre, espejismo similar al que empuja al Luke de la película de Rosenberg cuyo cartel luce en la pared de la sala de su casa. Allí, en una escena del pasado, los federales irrumpen y practican la redada que dará con los huesos de Monty en la cárcel. Alguien se ha chivado, aunque lo importante no es quién le traiciona, sino que pasará entre rejas los siguientes siete años de su vida, una vida que en el presente de La última noche (25th Hour, 2002) se reduce a ese último día en libertad que le reunirá con sus dos amigos de la infancia, Francis (Barry Pepper) y Jacob (Philip Seymour Hoffman), cuyas vidas han corrido dispares a la suya.


Un mismo origen, una misma procedencia, ha deparado tres existencias dispares que abarcan el mismo número de posibilidades —delincuencia, bolsa y educación— que quizás no se encuentren tan distantes—. Pero también esos lazos y recuerdos que comparten los tres amigos, ya desconocidos, ya otros distintos a quienes fueron, a quienes los tejieron. Para intentar ofrecer una idea tal vez más amplia del personaje, aunque quizás se deba a que el cine comercial tiende a rellenar con explicaciones que a veces resultan superfluas, Lee combina pasado y presente para explicar cómo su personaje llegó a ese punto de ruptura que, entre la rebeldía y la vulnerabilidad —tal como expone en la escena del espejo donde dos imágenes suyas se enfrentan, y uno de los Monty señala la dudosa moral de todos los moradores del mundo del que se le margina no por ser peor, sino por no ser mejor en disimular su ambigüedad moral—, le conducirá a la sombra, a la hora veinticinco que le expulsa de un mundo occidental asustado y desorientado que busca no sabe dónde tras el 11-S, una hora fuera de tiempo que lo aleja y que le hará desaparecer para los demás, incluso puede que desaparezca para sí mismo…

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