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Yo, Viernes (1975)



En una idílica, satírica y antes desértica isla en el Pacífico 


Por Antonio Pardines



Los Años Setenta (siglo XX) trajeron consigo un cambio de paradigma en el cine (y la sociedad) estadounidense. No era una sorpresa, sino el paso lógico a lo anunciado en el inestable decenio anterior durante el cual los movimientos pro derechos civiles se dispararon y llevaron a la sociedad estadounidense a un punto límite, tal vez también de inflexión. Los indios, por entonces apenas una minoría en peligro de extinción, dejaban de ser los malos de la función —no sucedió lo mismo con los mexicanos, a quienes todavía se veía como el vecino inferior al que contratar para los campos o los hogares— y los negros ya no asomaban en la pantalla como meras comparsas a quienes ofrecer rasgos infantiles y bobalicones. Habían adquirido el protagonismo que se les había negado desde que Hollywood era Hollywood. En el nuevo Hollywood tendrían su lugar en la cumbre estrellas como Sidney Poitier, figura fundamental para comprender dicho cambio.


Este tipo de revisionismo se inició tiempo atrás, asoma, por ejemplo, en relación a las tribus aborígenes en Flecha rota (Broken Arrow, Delmer Daves, 1950) o en La puerta del diablo (Devil’s Door, Anthony Mann, 1950); y respecto a la comunidad negra en Un rayo de luz (No Way Out, Joseph L. Mankiewicz, 1950) o en Fugitivos (The Defiant Ones, Stanley Kramer, 1956). Pero en la década de 1970 se desarrolló con mayor intensidad ese nuevo tipo de cine en el que ambas figuras, víctimas de la expansión y del colonialismo, se dignificaban al tiempo que evidenciaban los usos y abusos del blanco  estadounidense —Pequeño gran hombre (Little Big Man, Arthur Penn, 1970), Soldado azul (Soldier Blue, Ralph Nelson, 1970), incluso la tardía serie televisiva Raíces (Roots, 1977)—. Ese nuevo aire también había dado pie al fenómeno comercial que significó el blaxploitation, que encontró a una de sus estrellas masculinas en Richard Roundtree. En Yo, Viernes (Man Friday, Jack Gold, 1975), quien había dado vida a Shaft asumía el protagonismo y la voz de la narración —ya no porque narre su historia a los miembros de su pueblo—, la cual solía estar en boca, mirada y pensamiento blanco, anglosajón y protestante. En esta película dirigida por Jack Gold esa mirada queda satirizada en la imagen que los autores conceden al Robinson de Peter O’Toole.


El actor británico daba vida a un Crosoe más que caricaturesco grotesco, salvaje en su empeño de civilización. No es el personaje de Daniel Defoe, aunque lo sea, es el de la obra teatral de Adrian Mitchell —también autor del guion—: un fanático que, como tal, quiere imponer su visión, la única que contempla válida para él y para el resto, lo quieran o no. El náufrago introduce en su relación con Viernes —de pensamiento más reflexivo y liberal—, la individualidad, la posesión, la competición, la culpabilidad, la represión, el castigo, el dinero, ideas que chocan con el modo de contemplar el mundo de su juguete humano, pues así trata a quien decide llamar Viernes por ser ese el día de la semana en el que se produce su sangriento encuentro, sangriento porque Robinson asesina a los compañeros de su nuevo compañero; el mismo con el que se enfada cuando le ofrece su cuerpo para que se consuele. Viernes procede de la vida comunitaria en la que todo pertenece a la tribu, lo cual choca con ese empeño inglés de que todo es «mío», un mío que el Imperio llevó a rajatabla, costasen las vidas que costasen. Era su modo de civilizar, su paternalismo, tras el que se escondían los verdaderos intereses. Pero «No te preocupes, yo te enseñaré», que resulta la tónica del Robinson, de quien se cree superior, de aquel que no quiere aprender, solo imponer su criterio, pues asume que lo suyo es lo único importante y lo de los demás: incultura, salvajismo, mano de obra o consumidor en potencia… Pero lo dicho no es una cuestión de exclusividad inglesa, ni europea. En todas partes hay quien se supone superior e intenta imponerse, de ahí que en la América Precolombina existiesen imperios o que los Incas, nombre que denominaba a la aristocracia, se impusiera a todo un pueblo que hoy conocemos por dicho nombre.

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