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Escape de Sobibor (1987)



¿Quién puede relatar lo inenarrable?


Por Antonio Pardines



¿Por qué insistir si no hay películas ni novelas que puedan recrear ni reproducir en pantalla o en papel los hechos ni las condiciones a las que se vieron sometidas las víctimas y los verdugos de los campos nazis? Por diversos motivos, tal vez. Y, aunque las hay como Noche y niebla (Nuit et brouillard, Alain Resnais, 1956) o Shoah (Claude Lanzmann, 1985) —dos títulos indispensables no por lo que muestran o exhiben sino precisamente por lo contrario— o libros como los de Primo Levi, Eddy de Wind o Viktor Frankl, predominan los films como Escape de Sobibor (Escape from Sobibor, Jack Gold, 1987), que se sitúa en las antípodas de los otros dos títulos citados. Se decanta por ser un telefilm sobre héroes y monstruos que escapa de la memoria a la que aspiran Resnais y Lanzmann. El de Gold se sitúa en la hazaña que tanto Richard Rashke, el autor del libro en el que se basa el guion de Reginald Rose, y los responsables de la película suponen a la fuga real que se produjo en el campo de exterminio que intentan recrear para desarrollar la situación y la hazaña que allí se dieron.


«Fue ahí, el 14 de octubre de 1943, que tuvo lugar la revuelta de prisioneros más exitosa de la Segunda Guerra Mundial.». Así reza la leyenda introductoria, aunque más que revuelta habría que decir que se trató de una fuga. En Auschwitz sí se produciría un levantamiento, el del Sonderkommando que László Nemes contempla en El hijo de Saúl (Saul fia, 2015) a través de los ojos del protagonista. Dicha revuelta inutilizaría durante un tiempo las duchas y los crematorios, lo que implicaría el retraso en los asesinatos masivos que se estaban llevando a cabo en dicho campo. La introducción que abre Escape de Sobibor también habla de la «Operación Reinhard», nombrada así en honor a su ideólogo Reinhard Heydrich, a quien la resistencia checa había asesinado en Praga en 1942.  Ese nombre confiesa Rudolf Höss «era la denominación que camuflaba las operaciones de recolección, selección y utilización de todos los objetos procedentes de los convoyes y del exterminio.» (1) El plan ideado por el alto mando nazi, y puesto en práctica en todos los campos, consistía en quedarse con todos los objetos, dientes de  oro y cabello de mujer de los condenados a morir en las cámaras gas, fuese monóxido de carbono (en Treblinka o Sobibor) o Zyklon B (en Auschwitz)…


La «Solución Final» quedó lista para su ejecución en enero de 1942 —Frank Pierson expuso el momento en el telefilm (Conspiracy) que realizó en 2001—. Vendría a ordenar el exterminio de todos los judíos, mas Himmler, su principal promotor, cambió de parecer debido a las prioridades bélicas que exigían mano de obra para las fábricas armamentísticas. De modo que se pasó a distinguir entre aptos para el trabajo y no aptos; como queda reflejado en la mayoría de películas que se ubican por entero o parcialmente en los campos de concentración. En ellas también se exponen, la de Gold no es distinta, cómo se selecciona. Las mujeres, los hombres mayores de cincuenta y los niños menores de catorce o quince años eran conducidos sin dilación a las duchas por los miembros del Sonderkommando, que se encargaban de engañar, para tranquilizar, a los condenados. Posteriormente, su labor consistía en recoger los cadáveres, cortar el cabello de las mujeres asesinadas y arrancar los dientes de oro a los cuerpos sin vida. Pero ellos también eran condenados, pues su destino era ser «sustituidos» por otros que, a su vez, no tardarían en ser exterminados. A este grupo pertenece Leon Feldhendler (Alan Arkin), uno de los principales instigadores de la fuga y uno de los héroes del film, heroicidad que comparte con Luka (Joanna Pacula), «Sasha» (Rutger Hauer), Lichtman (Jack Shepherd) y otros prisioneros. Pero lo expuesto suena a cartón piedra, no por los hechos históricos, sino por la exposición que Gold hace de los mismos, pues resulta una exposición que busca el espectáculo, lo que desdibuja el infierno emocional y la desnudez humana, y crea su espejismo, es decir, la imagen a la que Hollywood y el cine de entretenimiento solo pueden aspirar.


(1) Rudolf Höss. Yo, comandante de Auschwitz (traducción de Juan Esteban Fassio). Arzalia Ediciones, Madrid, 2022.

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