La gran comilona. Comer, beber, copular… qué gran placer; el agua y la monogamia para las ranas y la gente que nade bien.
Por Antonio Pardines
La gente, aunque flote o se ahogue, no suele detenerse a pensar que los estanques son lugares donde las ranas ven sus días pasar. Para ellas también transcurren en monotonía, solo que la perciben de un modo distinto. La viven sin huir de su naturaleza, sin huir de un vacío que no tienen porque no lo piensan. Por tanto, no lo temen. Los lagos ya son otra historia. En ellos pueden verse motoras lujosas o barcas de pesca, aves zancudas e incluso caballos congelados. En Kaputt, Curzio Malaparte recuerda haberlos visto. Y los recuerda para hablar de la decadencia de una época y de la muerte de un continente, Europa. Lo hace a partir de su estancia en lujosos espacios donde la guerra es un eco en la distancia y un tema de conversación banal en la cercanía. A él, que ha sido testigo de la barbarie en diferentes puntos del continente, le irrita esa muestra de superficialidad, frivolidad y presunción que observa a su alrededor. Le agudiza el cinismo y la necesidad de narrar hechos de los que fue testigo. Tales fiestas o reuniones no son irreales, aunque el escritor las haga literatura, pues le sirven de excusa para introducir su pensamiento y sus recuerdos, como tampoco es solo ficción el encierro culinario y orgiástico de cuatro hombres —Mastroianni, Noiret, Piccoli, Tognazzi— y una mujer —Andréa Ferréol— en una mansión donde deciden comer, beber, excretar y copular hasta morir. Y allí se aíslan del mundo, mas no logran dejar fuera la crisis existencial que domina en el exterior y también dentro.
Aunque sea representación y exageración, la glotonería suicida a la que se entregan los protagonistas de la esperpéntica y satírica La gran comilona (La grande bouffe, 1973) es un reflejo extremo de una realidad humana: la ya apática e insatisfactoria búsqueda de placer. Viven en la apatía existencial, son prisioneros de su hedonismo, pero también de un instante en el que ya se imponen el nihilismo y el consumismo, una idea de bienestar que, bien mirada, solo es uno físico. ¿Se ha reducido la distancia con las ranas o ya, irreversiblemente entregados pantagruélicos, buscan el ser como los caballos congelados? ¿Qué les queda a estos nihilistas consumistas? ¿La suma de nada y de bienes de consumo? ¿Morir de placer sensual y sexual? Y es que Marco Ferreri —y su «Sancho Panza» Azcona—, estudioso del animal humano, y Malaparte, periodista y disidente intelectual fascista, a pesar de los años que los separaban y de las épocas de las que daban testimonio —la Segunda Guerra Mundial en el caso del escritor y la burguesía de los setenta en el del cineasta—, tenían en común el dolor y la mirada cínico-humanista —que todavía conserva su lucidez y su vigencia intacta— que capta la (auto)destrucción humana al borde del vacío; un vacío existencial y espiritual que los protagonistas de La gran comilona no logran llenar por acumulación de bienes bacanales… ¿Y nosotros?

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