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jueves, 31 de julio de 2025

No hay salida (1987)

En una de sus conversaciones con Henry Jaglom, Orson Welles comenta que <<cuando ves una película a la edad adecuada, la ves de otra manera; la valoras en su justa medida, la ves como realmente es>>. (1) Pero me pregunto cuándo es la edad adecuada, ¿antes o después? ¿Cómo saberlo? Pero tengo más preguntas, siempre me asaltan cuando más protegido de ellas me creo. Otra que me viene a la mente es cuánto tiempo puede permanecer bajo la cama el negativo de una Polaroid en una casa pulcra y en la que todo parece estar colocado en su sitio, incluso ese negativo, que permanece ahí abajo para que Scott Pritchard (Will Patton), un amigo, un admirador, un esclavo del secretario de Defensa David Brice (Gene Hackman), lo encuentre; sino, adiós suspense y a la carrera contrarreloj que se producirá lejos de esa habitación donde el mobiliario se ha preparado para que luzca en escena, tal vez porque a Roger Donaldson solo le preocupe el efecto y el ir preparando, abonando y sementando el terreno, para luego recoger el fruto. En cualquier caso, diría que ese cuarto se limpia con bastante frecuencia y que esa fotografía velada, en la que el rostro del fotografiado resulta irreconocible a simple vista, no ha sido dejada ahí por despiste, sino por la decisión de quien quería que todo sucediese así. Estoy por acusar al guionista Robert Garland, más que a Donaldson, el director, pero lo dejo estar y regreso a la cuestión de limpieza, porque en No hay salida (No Way Out, 1987) no dejan ni huella. Bueno, alguna sí, porque son necesarias para la buena marcha de la intriga. Lo cual tampoco resulta extraordinario, me refiero de nuevo a cuestiones de limpieza, más si cabe si un ministro, allí se dice secretario, paga el alquiler y supongo que el mantenimiento de su nidito de amor fuera del lecho conyugal donde, quizás, su mujer se la esté pegando con otro, ¿por qué no? ¿O, por ser político, solo él va a saber de engaños e infidelidades? Pero esto no importa, solo es relleno para el texto, como también lo fue la pregunta que me permitió introducir el negativo y abrir el camino para decir lo que sigue, que es un breve comentario sobre No hay salida.

Se trata de un thriller tramposo, en el sentido de que todo gira y transita en busca de la sorpresa final que, insinuada al inicio, deje al público con la boca abierta, tal vez para descubrir quienes han devorado más palomitas. Pero esto lo pienso ahora. Cuando la vi por primera vez, allá hacia finales de la década de 1980, me pareció un film entretenido, de los que me mantenían sentado y con la mente pendiente, uno que, inicialmente, me había llamado la atención por su reparto. Hoy, tengo mis dudas al respecto, incluso dudo de qué es entretenido. Me refiero a que no todos encontramos el entretenimiento en los mismos lugares; ni lo definiríamos de modo similar. El gran reloj, la popular novela negra de Kenneth Fearing, publicada e 1946, ha dado pie a tres versiones cinematográficas muy distintas: una se desarrolla con la precisión de un relojero, me refiero a El reloj asesino (The Big Clock, John Farrow, 1948), otra es Policía Python 357 (Alain Corneau, 1975), que también me resulta una gozada, y la otra, No hay salida, que hoy la veo más tramposa que en mi adolescencia y como la peor película de las tres. Pensando en qué trampa hacer para dar la campanada, Donaldson se pasa media película preparando la otra mitad —lo mismo podría decirse de Farrow y Corneau, pero a ellos se les nota menos—, la que se mete de lleno en la carrera contra el reloj del comandante Tom Farrell (Kevin Costner), en su búsqueda del asesino de Susan Atwell (Sean Young), a quien, para adaptar la película a los tiempos finales de la guerra fría, acusan posmortem de ser la amante de un espía soviético, pero Tom sabe que no es el asesino ni el único amante de Susan. Hay otro, y ese otro es su jefe, el secretario de defensa y el verdadero asesino…

(1) Peter Biskind (Ed.): Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles (traducción de Amado Diéguez Rodríguez). Editorial Anagrama, Barcelona, 2015.

martes, 5 de marzo de 2024

Un pueblo llamado Dante’s Peak (1997)

Cuando no es un animal el que ataca a los bañistas, es una amenaza geológica o una roca gigantesca procedente del espacio la que rompe la tranquilidad; lo cierto es que Hollywood siempre se vale de elementos perturbadores para crear tensión y atraer al público a las salas con catástrofes. Se trata de un tipo de cine que ha estado ahí desde prácticamente los orígenes de los géneros, pero, a menudo resultan producciones descafeinadas o alucinadas, con repartos repletos de nombres conocidos —esto encaja mejor con las producciones de la década de 1970, tipo Aeropuerto (Airport, George Seaton, 1969) o El coloso en llamas (The Towering Inferno, John Guillermin, 1974)— y con situaciones que se repiten en los distintos films; pero a veces existen ejemplos y excepciones tan magistrales como lo que hace Buster Keaton con un huracán en El héroe del río (Steamboat Bill Jr.; Keaton y Charles F. Reisner, 1928). Pero lo dicho, si bien son de buena apariencia y gran acabado, no suelen deparar las emociones que prometen ni tampoco buenas historias. No obstante, hay producciones entretenidas, entre ellas podría incluir Un pueblo llamado Dante’s Peak (Dante’s Peak, Roger Donaldson, 1997), estrenada el mismo año que Mick Jackson hacía lo propio con Volcano (1997). Ambas comparte la temática de los volcanes, pero la de Donaldson pretende una minuciosidad en el trabajo de los vulcanólogos de la que carece el film de Jackson, más centrado en la acción que desata la erupción en Los Ángeles. Por su parte, Dante’s Peak se traslada al pie de un volcán que lleva varios miles de años latente, pero sin actividad destacable. Mas ahora parece que puede despertar; y para comprobarlo, envían a Harry (Pierce Brosnan), quien no solo asume el rol de científico sino de héroe. A él es a quien hay que hacer caso; es el mayor experto y el único que está convencido de que el volcán erupcionará. Y claro que lo hará, pero antes, Donaldson intenta detallar (en la superficie) el trabajo del equipo y la relación que el héroe inicia con la heroína (Linda Hamilton), que viene a ser la alcaldesa del pueblo, la dueña de la cafetería y la madre de una niña y un niño. Los pasos a dar en la trama son los de siempre, lo que vemos en la pantalla también, pues Un pueblo llamado Dante’s Peak no va a ofrecer lo que no es, aunque no desentona dentro de lo que sí es: una película de acción que se ajusta a los cánones del cine de catástrofes y lo hace con intención más detallista (hasta que se pierde en la erupción y se convierte en un sálvese quien puede que no logra salvarse) que otras contemporáneas suyas, tales la propia Volcano, Twister (Jan de Bont, 1996), Deep Impact (Mimi Leader, 1998) o Titanic (James Cameron, 1997)…



domingo, 25 de agosto de 2013

Trece días (2000)


El 8 de enero de 1959 los rebeldes castristas entraron victoriosos en La Habana, poniendo punto y final al gobierno de Fulgencio Batista. Durante el tiempo que siguió a aquel momento de cambio, el destino político del país caribeño se convirtió en un enigma para soviéticos y estadounidenses. Ninguna de las dos potencias tenía claro hacia qué bando se decantaría el régimen liderado por Fidel Castro. Inicialmente, la postura castrista se mantuvo al margen del enfrentamiento entre capitalistas y comunistas; sin embargo, en 1960, el dictador rompió el tratado cubano-estadounidense, y en enero de 1961 su relación con la administración Kennedy. Dos días después, el 6 de enero, el primer ministro soviético, Kruschev, anunciaba la adhesión de Cuba al bloque socialista. La consecuencia inmediata de aquel anuncio no se hizo esperar y las relaciones cubanas con sus vecinos del norte se tensaron hasta el punto de que, en abril de ese mismo año, un contingente de exiliados cubanos, entrenados en los Estados Unidos, intentó la invasión de la isla caribeña. El ataque se produjo en Bahía Cochinos, al sur de la isla, pero con un resultado nada satisfactorio para los intereses de los exiliados y de sus aliados estadounidenses, pero el momento de mayor tensión estaba por venir. Llegaría al año siguiente, a partir del 14 de octubre de 1962, cuando un avión de reconocimiento estadounidense capturó imágenes que desvelaban la existencia de misiles soviéticos de medio alcance, con capacidad nuclear, en suelo cubano, lo cual significaba una clara amenaza para la seguridad de Estados Unidos —similar a la que sentían los rusos con los misiles americanos que les apuntaban desde Turquía. En este punto se inicia el film de Roger Donaldson, que expone el momento de crisis desde la perspectiva de la administración Kennedy. Como señala el título, fueron trece días de miedos, tensiones y presiones, trece jornadas angustiosas que siguieron a aquel instante en el que fueron reveladas las fotografías tomadas por el U2.


Aquel octubre de 1962 fue uno de los periodos más delicados de la Guerra Fría, pues dicho descubrimiento llevó al mundo al borde de una guerra nuclear que, de producirse, sería catastrófica para el planeta, sin distinción de ideologías ni economías. Esta hipotética destrucción total no escapa al razonamiento del presidente estadounidense John F. Kennedy (Bruce Greenwood), aunque sí al de los militares que le rodean y le presionan para que asuma una postura beligerante que justifican como medio de protección de la nación ante lo que ellos consideran un ataque inminente. A medida que avanza el film, se comprueban las diferencias entre ambas líneas; y se comprende que entre los soviéticos sucede lo mismo. Mientras, en Cuba continúan con la instalación de las armas que podrían destruir la costa este de los Estados Unidos. Conscientes de la delicada situación por la que atraviesan, el presidente y sus allegados buscan soluciones que no impliquen ni el desmantelamiento de los misiles americanos instalados en Turquía ni llevar a cabo la propuesta de los jefes del Estado Mayor, que no sería otra que la de destruir las armas nucleares que les apuntan e invadir la isla para que no vuelva a producirse un hecho similar. J.F.K y los suyos saben que dicha acción implicaría una represalia inmediata por parte de los soviéticos (posiblemente en Berlín), y ellos, a su vez, se verían obligados a responder, dando pie al indeseado enfrentamiento que en todo momento el presidente pretende evitar.


Finalmente, la cordura prevaleció y las armas nucleares fueron desmanteladas y sacadas de suelo cubano, aunque la existencia de los arsenales nucleares continuó siendo una realidad y una amenaza que implicaba la posibilidad de que en cualquier momento otro incidente provocase su empleo. Aparte de no verle finalidad narrativa al intercambio de la fotografía en blanco y negro y en color, Trece días (Thirteen Days, 2000) resulta ágil en su narración de la situación límite, que pudo acabar con el mundo tal y como se conoce en la actualidad, e intenta reflejar los distintos momentos de un incidente que fue una advertencia que el cine no pasó por alto, de ahí la aparición de films que se posicionaron a favor del desarme, como sería el caso de Teléfono rojo, volamos hacia Moscú (Doctor Strangelove, Stanley Kubrick, 1964), Punto límite (Fail Safe, Sidney Lumet, 1964) o la intriga política Siete días de mayo (Seven Days on May, John Frankenheimer, 1964), donde se baraja la posibilidad de un golpe de estado, como el que se insinúa en determinado momento de Trece días. A diferencia de estos clásicos, Trece días se expone como un documento fílmico que busca la exactitud de los hechos acaecidos durante aquellas dos angustiosas semanas, aunque, claro está, al uso de Hollywood y para lucimiento de su estrella, Kevin Costner, también productor del film. Para Costner fue un doble reencuentro, por un lado volvía a ponerse a las órdenes de Donaldson, con quien había trabajado en No hay salida (No Way Out, 1987), y por otro regresaba a un film de intriga política basado en hechos reales, en un intento por emular el éxito y la calidad de la excelente J.F.K. Caso abierto (Oliver Stone, 1991).