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Fragmentos de nada: Un paseo por aquellos árboles



Un paseo por aquellos árboles


Por Antonio Pardines



Mirando aquellos árboles creí ver al barón rampante (1) dando saltos, pero, al ver a la pequeña ardilla, pronto descarté tal posibilidad, mas no alejé de mi mente al personaje de Italo Calvino. Sucede que a veces un pensamiento llega para quedarse un instante, se quiera o no. Da vueltas por el magín y no sabes cómo echarlo. Más bien sucede que, al desear que se vaya, se fortalezca e insista. Toma y toma, parece decirte. Así que decidí ser yo quien diese el primer paso y jugar con él. Nada mejor tenía que hacer, ni que perder ni ganar, en aquel momento. Lo primero que me dije fue una obviedad, que Italo no era pariente del dogmático e intolerante reformista suizo que impuso su visión selectiva de la salvación: «tú naces salvado y tú condenado, así que hagáis lo que hagáis, nada cambiará vuestra vida ultratumba». Lo cierto o lo incierto es que puede estar acertado y que todos acabemos en la nada inmutable; de lo que se deduce que daría igual que la suma de nuestras buenas acciones superasen a las de las malas. Claro que habría que establecer cuáles son unas y cuáles otras, por qué se establecen así y para qué. En cualquier caso, me dije después de la última reflexión ¿qué podrían hacer el reformista y el barón en nuestros días? ¿Dónde condenar el suizo y dónde rebelarse el rampante, para hacernos notar el primero su intolerancia y el segundo su disensión, su saltar a contracorriente?


El religioso calvinista lo tendría fácil, pues el mundo siempre ofrece espacio donde condenar a otros; pero visto que los bosques y las selvas se reducen a lugares concretos del globo, la mayoría ya alejados del área del barón rampante, este tendría que brincar de rama en rama lejos de los ojos humanos, en la distancia que ni un catalejo podría acercar. Así nadie sabría por qué se empeñaba en no pisar suelo, así caería en una inexistencia o en un hacerlo por sí, porque lo hace por y para sí mismo. Nadie, tal vez ni siquiera su hermano pequeño, contaría su historia, pero eso no querría decir que no existiese o no la viviese. Por descontado, el buen Calvino no la narraría. El caso es que el escritor de Las ciudades invisibles sí inventó uno de los personajes más populares de las aventuras infantiles y juveniles terrenales, y digo terrenales porque ignoro qué literatura se escribe en el resto del universo. Al tiempo que entretiene contando desde la infancia del héroe, se observa entrelíneas la patada en el culo que Cósimo da a la sociedad aristocrática a la que pertenece y la que ya intuye desde la infancia que no le dejará ser él. Pero el héroe del Calvino italiano, que no del suizo, no quiere ser otro que aquel que decide ser. Y ese es el que camina por los árboles como perico por su casa, quien lo hace porque es su manera de expresar disconformidad, también su búsqueda de singularidad y su modo de soñar, sin huir, buscando otra manera de mirar el mundo. O quizás esa otra manera sea la que despierta en su hermano y narrador al descubrir las aventuras del primogénito de los hijos del barón y la baronesa de este segundo título (y el más popular y logrado) de la trilogía de Nuestros antepasados…


(1) Italo Calvino: El barón rampante (traducción de Esther Benítez). El País (Clásicos del siglo XX), Madrid, 2002.


Fotografía de cabecera: parque de Fontiñas (Santiago de Compostela), junio de 2026

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