sábado, 1 de agosto de 2026

Interferencias (1988)



Triángulo sin vértices


Por Antonio Pardines



La idea que guardaba de Interferencias (Switching Channels, 1988) se ha reafirmado al volver a verla después de casi cuatro décadas. Sigue siendo la misma aburrida de antes, la que me hace bostezar en su empeño de ser graciosa. Parece innegable que sea la menos corrosiva e irónica de las adaptaciones de la popular obra teatral de Ben Hecht —según Wilder, el guionista más prolífico de su época— y Charles MacArthur, que ya había sido llevada a las pantallas por Lewis Milestone, Howard Hawks y Billy Wilder, tres cineastas cuyas gigantescas sombras quizás fuesen demasiado para que Ted Kotcheff y el guionista Jonathan Reynolds viesen un rayo de luz y de esperanza para su propuesta. Tal vez, por ello, el resultado fuese esta comedia deslucida, sin el menor brillo. Aparte, ¿dónde está esa cosa llamada «química»? No asoma entre los personajes, no hay tensión ni pasión, ni siquiera la complicidad y la atracción que pudiese darle alas al asunto.


¿Qué chispas saltan? ¿Qué jefe canallesco anda suelto por el plató? No veo nada en el nuevo decorado, tampoco aporta cambiar la prensa escrita por la televisión. Ni siquiera existe la tensión sexual que puede sentirse bajo las apariencias de Luna nueva (His Girl Friday, Howard Hawks, 1940), en la que la pareja protagonista son un Cary Grant y una Rosalind Russell con quienes ni Burt Reynolds ni Kathleen Turner pueden competir en vis cómica ni en esas miradas que lo dicen todo. Y es que a veces no hace falta decir más ni forzar las situaciones para que estas funcionen, sino aprovecharlas. Pero Interferencias no lo hace y, vista hoy, es un ejemplo más del escapismo de la década de 1980, del todo va bien reaganiano —un espectáculo con el que contentar a un público que aceptaba el relato que le diesen porque le resultaba cómodo—. Como las administraciones precedentes, el reaganismo afectó a Hollywood, donde, debido a la política del buenrrollismo estadounidense —ese que intervenía allí donde se le antojaba al antiguo presidente del sindicato de actores (SAG)—, se pretendía resucitar el sueño americano a base de infantilizar. En ese aspecto, resulta similar al colorismo que primaba en la época de Eisenhower: los felices 50.


El colorido de posguerra, bajo el que se ocultaba el gris de la guerra fría, funcionaba de modo parecido a la nueva infancia en la que descansaba el Hollywood de los 80, ese nueva fábrica cinematográfica que perseguía la misma ilusión de siempre: el dinero. ¿Y de vuelta a la película de Kotcheff? ¿Qué decir? Poco. Que apunta temas, pero sin pretender satirizarlos ni hablarlos. Así asoma la guerra fría, la pena de muerte, la corrupción, el sensacionalismo, sin pena ni gloria. Bastaba con nombrarlos y esperar que el trío protagonista funcionase de cara a la taquilla; porque en la pantalla chirría. Puede que resulte totalitario expresar que Interferencias no tiene donde agarrarse, ni siquiera la atmósfera periodística o el enredo de la infidelidad-fidelidad funcionan. Quizás lo sea, pero al verla queda la sensación de que se pretendía aprovechar la situación, la del triángulo amoroso, y modernizar y exprimir el chiste. Solo que Kotcheff no logró ser un buen chistoso, le faltaban gracia y mala leche.


No se trata de una cuestión de que antes Hollywood fuese mejor, ya que la industria siempre ha sido eso: una fábrica que vende un producto. Se trata de que las anteriores versiones estaban en manos de directores que imponían su criterio y que respetaron los dardos del texto original. Pero del resto de adaptaciones, he hablado con anterioridad en otros comentarios del blog y en Sueños de engaño. 26 farsas (e) ilusiones de Billy Wilder, así que poco me queda por decir, salvo que, en una inevitable comparación, Interferencias resulta nada sutil, ni irónica, parece que tiene que explicar todo el chiste, lo que hace que pierda la gracia, desgracia que se confirma en la idea de dar mayor peso cómico al tercer vértice (Christopher Reeve), importancia que no ayuda a la función, y el justificar al condenado a muerte (Henry Gibson) para edulcorar y disculpar que su crimen fue para erradicar un mal mayor: un policía que vendía droga no sólo a su hijo. Ninguna de las anteriores lo precisaba —ni anunciar que el reo conocía y practicaba los trucos de Houdini—, pues nada había que disculpar porque el homicidio, aparte de accidental y obra de un patético e infeliz anarquista, era la excusa: no un tema, ni un motivo que apelase a la sensibilidad del público. Y esa modernización implicó eliminar a Molly, la prostituta de la ecuación, y sustituirla por la abogada defensora que perdió el caso. ¿Nuevos tiempos? ¿Un lavado de cara por parte de la hipocresía?


Imagen de cabecera: Cartel promocional de Interferencias (Ted Kotcheff, 1988) protagonizada por Burt Reynolds, Kathleen Turner y Christopher Reeve. Uso con fines puramente ilustrativos y de crítica cinematográfica.