Un mundo verdiblanco de fondo claroscuro
Por Antonio Pardines
Basada en la novela homónima de Knut Hamsun, premio Nobel de Literatura en 1920 y simpatizante nazi en su vejez, La bendición de la tierra (Markens Grøde, 1921) es una de las primeras obras de referencia del cine noruego. Y por una de esas ideas peregrinas que me llegan a la mente, sin saber muy bien por qué, me plantea la duda de si los responsables de la película le habrían rendido homenaje al autor literario de haberla realizado en 1946 o 1947. La respuesta me parece obvia, pues, aunque la obra sea la misma, al escritor ya se le vería con otros ojos. Pero esto es especular sobre una cuestión que no se dio. La realidad nos sitúa en 1921 y nos señala que Gunnar Sommerfeldt la filmó un año después de que Hamsun recibiese el prestigioso premio y el dinero correspondiente, un dinero que, de haberlo recibido veinticinco años atrás, nos habría dejado sin Hambre.
La vida es vida, de eso no cabe duda, pero se le pueden atribuir todos los adjetivos que uno desee y nunca se llegaría a definir con precisión, precisamente porque siempre se nos escapa algo porque se encuentra en constante proceso de creación-destrucción. Así que también puede resultar extraña y ambigua. Hoy estás abajo y mañana arriba, o viceversa. Y casi siempre en el mismo gris donde no pocos pasan hambre o sufren la feroz urbanización y pérdida de valores denunciadas por el escritor en su obra y vividas en su propia piel. Pero lo dicho, somos en contradicción y en cambios apenas visibles hasta que se producen en su totalidad. Y así, condicionado por sus vivencias, por la deriva de su época y porque somos manipulables e impresionables, sus ideas se desviaron hacia un extremo que, para contrariar uno de los motores emotivos y literarios de Hamsun, abogaba por erradicar valores como la tolerancia y la libertad. Por aquellos primeros años veinte, el autor alcanzaba notoriedad mundial y el cine escandinavo se había convertido en uno de los grandes referentes cinematográficos. Todo el mundo admiraba el cine de Mauritz Stiller y el de Victor Sjöström, quienes no tardarían en recibir la llamada de la industria hollywoodiense, cargada de promesas de opulencia.
La bendición de la tierra, película telúrica donde las hubo entonces, que fue precisamente en los países como Dinamarca y Suecia, sigue la estela de los films de Stiller y de Sjöström en los que el espacio natural no solo ejerce de marco decorativo, sino que adquiere una importancia capital en el devenir de los personajes. Estos forman un todo con los lugares que ocupan y que los aíslan, desvelan su estado emocional y los cambios que se producen en hombres y mujeres como Isak e Inger, los protagonistas de este drama rodado por Sommerfeldt. La pareja, que vive aislada en las inmediaciones del bosque, lucha por la vida, por abrirse camino en ese blanco solitario invernal que en primavera florece y vence el verde. En ese espacio, inicialmente un lugar que remarca la soledad de Isak (Amund Rydland) hasta que se produce su encuentro con Inger (Karen Poulsen), los personajes construyen su hogar y crean una familia. La tierra les proporciona los recursos y, a pesar de los peligros naturales y de la amenaza humana —la externa y la interna, puesto que no siempre llega de fuera—, la pareja la trabaja siguiendo el ritmo de las estaciones, condicionados por su frío y su calidez, por su blancura y su verdor, por los visitantes, por la vida y la muerte, y la evolución del propio seno familiar.

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