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El agente secreto (2025)



Anónimos en el purgatorio


Por Antonio Pardines



La época escogida por Kleber Mendonça Filho para ubicar el pasado de El agente secreto (O agente secreto, 2025) desvela una atmósfera sucia y agresiva. El cineasta recifense nos sitúa en 1977, que es el año durante el cual desarrolla la práctica totalidad de la película, salvo los momentos en los que Flavia (Laura Lufési), en el presente informático, cobra protagonismo para remarcar que el público hace lo mismo que ella. Sentimos curiosidad y por ello aceptamos reconstruir una identidad, ya no solo la de Armando (Wagner Moura, también coproductor del filme), que se ve obligado a cambiar de nombre y ocultarse en una comunidad donde nadie se identifica con su verdadero antropónimo. Tienen miedo, hay causas para tenerlo. Se apuntan al inicio, cuando Armando/Marcelo se dirige a Recife (al noreste del país, en el estado de Pernambuco) y se detiene en una gasolinera alejada de la mano de Dios donde yace un cadáver cosido a balazos y donde poco después llegan dos agentes de la policía estatal. Pero no están allí para interesarse por el muerto, un atracador de medio pelo que había sido abatido un par de días antes por uno de los empleados del local. La pareja está allí para amedrentar y obtener algo del forastero, sobre todo, para sacarle dinero o, en el peor de los negocios, los últimos pitillos que le quedan a Marcelo.


En esa escena se apuntan varias cuestiones: la corrupción del sistema, la violencia como práctica cotidiana y la indiferencia hacia la vida y la muerte. Y sin embargo, los protagonistas se aferran a la primera. Así hace Armando, que escapa de un pasado que ignoramos, pero que sospechamos le obliga a desaparecer. Pero hay más, pues comprendemos que está atrapado. Da igual hacia dónde, el tiempo en ese Pernambuco no avanza, está detenido como si de un purgatorio se tratase. En esa espera vamos conociendo aspectos del personaje, tal como su deseo de estar con su hijo Fernando (Enzo Nunes), su imposibilidad para alcanzar su búsqueda o la amenaza que se cierne sobre él.


Sabemos desde prácticamente el inicio que un empresario (Luciano Chirolli) ha puesto precio a su vida, que dos asesinos profesionales (Gabriel Leone y Roney Villela) han sido contratados para encontrarlo y eliminarlo. En ese primer instante se desconoce el porqué, pero tampoco es necesario para sentir y comprender que los caminos de los sicarios y el falso Marcelo se encontrarán en esa ciudad donde la ley la impone un comisario (Robério Diógenes) tan ambiguo como corrupto. Lo interesante no es cuándo, ni siquiera cómo se resolverá el momento, sino el desvelar el ser de unas personas atrapadas en una época que hermana El agente secreto con Pixote, la ley del más fuerte (Pixote. A lei do mais fraco, Héctor Babenco, 1980) y Ciudad de Dios (Cidade de DeusFernando Meirelles, 2002) en éxito de crítica y también en su representación cinematográfica de la década de 1970 en tres de las ciudades brasileñas más pobladas, Recife, São Paulo y Río de Janeiro, tres localidades que, marcadas por los tres «pilares» aludidos arriba, nos ofrecen una idea política, económica y social del país.


Por otra parte, cabe destacar la ambientación lograda por Kleber Mendonça Filho, así como su ausencia de prisas y su falta de remarcar la pausa que tanto presumen otros filmes que van de profundos (sin serlo). El realizador logra que el entorno sea parte viva de lo que vemos no un decorado hecho para el aplauso. Ese Recife caótico es un espacio vivo donde se siente el calor, la suciedad, la indiferencia, el temor e incluso cierta esperanza, la de que algún día Brasil sea mejor, deje de temer la realidad para cambiarla, cambio por el que ya abogaba el cine de Nelson Pereira dos Santos o de Ruy Guerra, aunque en El agente secreto el que se deja ver, en la sala donde trabaja Alexandre (Carlos Francisco), el suegro de Armando, es el producido en el dominante Hollywood: Tiburón (Jaws, Steven Spielberg, 1975) y La profecía (The Omen, Richard Donner, 1976).


Cabecera: Póster oficial de El agente secreto (2025), de Kleber Mendonça Filho. Cortesía de MUBI.

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