Fragmentos de nada: Evocación
Por Antonio Pardines
Percusión y viento, estruendo y aliento, anuncian no solo el fragor de la tormenta que se desata con la naturaleza de testigo. Anuncian la aventura, que es la continua carrera por salvar los obstáculos que salen al paso. Eso es El último mohicano (1992) de Michael Mann, un filme de superación, de no rendirse ante la adversidad, pero también una evocación romántica de un tiempo pasado que, como todo pretérito, solo existe en la recreación y la repetición que nos devuelve a un ayer subjuntivo. Y esa nostalgia, esa idea de trasladarnos al ayer de Ojo de Halcón no sería posible sin la partitura de Trevor Jones y Randy Edelman —que compuso un tercio de la música—, pues existen composiciones musicales que no solo acompañan las imágenes, o no solo están ahí para condicionar las emociones del público. Las hay que se liberan de su origen —el mero acompañamiento— y crean un nuevo espacio más allá del que se observa. Sucede con la partitura de Jones y Edelman, que trasciende su función de comparsa e incluso se erige en protagonista, en compañera de amor y de viaje, en sonido aventurero.
Percusión y viento preceden y anuncian ese sonido de violín que, en The Kiss, sonará inicialmente solo. En una soledad que acompaña los pasos de los incansables protagonistas. Esas cuerdas se verán arropadas por otras y por nuevos vientos cuando los instrumentos se unan para generar un nuevo todo que aparta la soledad de personajes amenazados en un mundo hostil que, curiosamente, no ha sido creado por la naturaleza. El tema musical avanza y al tiempo regresa sobre sí mismo; es la paradoja existencial en un mundo que llega y les atrapa. ¿Quién puede escapar de las garras de ese nuevo mundo obra de la codicia, la ambición y la venganza? Y la idea que me llega al rememorar mentalmente sus sonidos es que la película no funcionaría sin esa partitura y, en cambio, la partitura funciona magistralmente por sí misma, lo cual me lleva a pensar que se trata de una pieza espléndida, viva, capaz de evocar en la mente de quien escucha el romanticismo aventurero dieciochesco que todavía funciona a la perfección. Suena moderna porque, como toda evocación, está hecha fuera del tiempo evocado, que no deja de ser uno recreado y, a menudo, obstinado en su regresar, que apenas percibimos cambiante. En este caso, mediante notas musicales tan bien llevadas en solos de violín y acompañadas de percusión y viento, estruendo y aliento...
Imagen de cabecera: Carátula de la banda sonora original compuesta por Trevor Jones y Randy Edelman para El último mohicano (Michael Mann, 1992).

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