El arte de reducir lo heterogéneo a un solo personaje
Por Antonio Pardines
La mistificación y la mitificación están a la orden del día, siempre lo han estado, de ahí que pervivan la idea de Buda o de Cristo, de Platón o de Kennedy, así que es comprensible que en su hagiografía irónica sobre el Jean-Luc Godard de Al final de la escapada (1959), Richard Linklater reduzca un montón de aspectos y personas al cliché, al tópico, a la nostalgia de un tiempo febril y a la imagen mítica que se tiene de un grupo que se dio en llamar «nueva ola», como otras olas que surgieron en el cine europeo contemporáneo, pero con una publicidad mayor y más efectiva…
En su película Nouvelle vague (2025), Richard Linklater recrea una escena en la que el personaje de Jean-Luc Godard presume con evidente pedantería: «Paul Gauguin dijo “el arte es plagio o revolución”». Obviando que deja fuera a una parte vital del arte, quien lo interpreta como tal; incluso obra de un error o de un grito de desesperación. En realidad, Godard plagia pero lo hace de la forma que lo vende como revolución. Esa fue su mayor obra de arte, saber crear una imagen de genio (incomprendido) y rebelde que, luciendo gafas de sol incluso en la oscuridad —tal vez por la sensibilidad de su mirada cinematográfica y de frase hecha existencialista—, no pusiera en duda su genialidad entre la crítica y las capas que asumían intelectualidad, aquellas que, por ejemplo, veían en Wilder un cineasta comercial; lo cual está muy bien. Pero, de algún modo, al emplear esa etiqueta se le estaba negando todo cuanto se esconde tras sus comedias y dramas…
En Wilder había un cineasta que miraba el mundo humano, a las personas, las caricaturizaba en su huida imposible de la mediocridad, la mentira y los sueños de engaño, mientras que Godard, su cine, desvelaba a alguien que se encantaba tanto como a un niño de su época le gustaba un caramelo… Pero mirarse a uno mismo es igual de humano que ver en los demás, aunque diferente y en ocasiones complaciente. Godard era una suma de complejidades y contradicciones, de ideas aprendidas y otras que pretendía aprehender, pero, como cualquiera, era imperfecto y esa imperfección es la que le da su personalidad y su voz a su obra —que es la máxima a la que aspira un creador.
Y tras este desnudar a Godard, me gustaría arroparle y decir que, genio o no, era un artista narcisista. Dicho de otro modo, un creador que busca desesperadamente su arte, que no es una ventana al mundo ni al ser humano, como sí puedan serlo el de Wilder, Ford, Rossellini o Pasolini. Sino un espejo de sí mismo, tal como pudieron serlo Bergman y Fellini, aunque, a diferencia del francosuizo, el exhibicionismo de estos fuese de otro tipo: íntimo y humanista. Cerebral, espiritual y tortuoso en el caso del sueco; onírico-festivo-grotesco, en el del italiano. Godard fue ferozmente fiel a sí mismo, primero era él y después también —en este yoismo artístico me recuerda a Kubrick, a quien tampoco conocí—, lo que le llevó a despreciar al público y a tomar a sus colaboradores como vasallos… Además, volviendo a la película de Linklater, como dice el personaje: «el público aceptará nuestra nueva verdad», lo cual me genera la duda de si la verdad puede envejecer o salir de la voluntad del artista, del filósofo, del payaso o del dictador.

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