Ir al contenido principal

El bosque del lobo (1970)



Lobos reprimidos y devotos en una Galicia de tópicos y cuentos


Por Antonio Pardines



El personaje real de Manuel Blanco Romasanta inspiró a varios escritores para llevar a cabo sus ficciones más populares. Dos de ellas son El bosque de Ancines y El perfume, que geográficamente nos queda lejos, al ambientarse en Francia, aunque su fecha de publicación resulte más próxima en el tiempo y su éxito haga lo propio en la memoria popular. La primera se ambienta en una Galicia rural decimonónica que colinda con las tierras de León y que, personalmente, me resulta un entorno rural de cartón piedra, por mucho que se haya rodado en escenarios naturales de las provincias de Lugo, Ourense y León, y se añada a todo hijo e hija de vecina el sufijo diminutivo -iño/-iña. Pero lo que más me aleja de la representación es el verle sus costuras, su esfuerzo por querer ser realista. Cuestión que no logra, y que tampoco sería necesaria, como innecesario es el uso de expresiones que dudo que ningún gallego expresase ni en su idioma materno ni en castellano que, de hablar, lo haría con las raíces de la tierra.


Mal vencida la desubicación que me generan las expresiones, la dicción, el acento local que solo el cura del pueblo mal intenta imitar, la falsedad de la pesadez y del costumbrismo, comprendo que no estoy en una clase de lengua ni de geografía humana. Por eso, abandono el aula y malamente me adentro en el bosque mental y físico transitado por el buhonero protagonista, que, más que asesino y a vendedor ambulante, suena a literato, a pesar de ser iletrado. Habla de forma poética del mar, incluso emplea tiempos compuestos, lo cual, en voz de un gallego, resulta extraño. Pero se comprende que el bilbaíno Pedro Olea no pretende un acercamiento al rural gallego ni a las costumbres de una época que le vale para su discurso y su ficción. Y ahí es donde gana El bosque del lobo (1970), en verla simplemente como una película de terror o como una metáfora del franquismo, un régimen feroz como el lobo, un sistema autoritario, opresivo y represivo, que muchos veían que agonizaba pero que se resistía a morir de una vez por todas.


Matar al lobo no era una posibilidad real, tampoco lo había sido en otros lares donde depredadores similares se habían asentado y cazado insaciables, pero sí se podían hacer películas más osadas, pues la censura había cambiado de manos y, lo quisiera o no, el régimen se vio obligado a adaptarse a los nuevos tiempos. El mundo se aceleraba y exigía cambios, el desarrollo era imparable, todo lo contrario al tiempo y el espacio donde Olea ubica su historia del hombre lobo.


El paso de Galicia a León no resulta tan sencillo como en la actualidad, que tomas un coche o un autobús y te dejas conducir por la autovía que cruza antiguos bosques y el corazón montañoso que la tecnología ha posibilitado atravesar. Los caminos, cuando los había, tal como el Real, eran de tierra y piedra. Y cuando no, se trataba de sendas y atajos que cruzaban los bosques y las montañas que separaban ambas tierras. Quizás con la salvedad de El Bierzo, tan extrañas y diferentes entre sí, que ni siquiera la geografía les permitía acariciarse con suavidad, sino que levantaba Os Ancares y O Courel para indicar que dos mundos estaban ahí, tan lejos y cercanos.


Por aquellas rutas transita el protagonista de la película de Olea, que adaptaba la novela que el coruñés Carlos Martínez-Barbeito publicó en 1947. Habían pasado más de veinte años desde entonces. Se entraba en la década de 1970 y con ella se sentía con mayor fuerza el final de un régimen de represión que, si uno se detiene un segundo, podría encontrar similar al que Benito Freire (José Luis López Vázquez) recuerda en sus pesadillas; sin poder él mismo evitar el haberse convertido en la pesadilla de un rural cargado de leyendas y cuentos de lubisomes, trasnos, mouros, brujas y meigas.


La introducción que abre El bosque del lobo y los sueños de Benito justifican de algún modo sus irresistibles ansias de matar mujeres, quizás por la represión y la severidad de una sociedad rural católica y practicante en la que el niño Benito fue adoctrinado. Ese espacio choca con el bosque, el lugar que el protagonista transita una y otra vez en su ir y venir de Galicia a León, debido a su oficio de buhonero y guía…

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...