Polis, cacos, curas y hasta presidentes
Por Antonio Pardines
Al final de la vida, ¿uno necesita confesarse? ¿O basta con aceptar que así ha sido el camino que queda detrás, como aquellos dos hermanos que, por obra y gracia de David Lynch, se sientan en el porche y, tras años sin verse, no pronuncian palabra porque su pasado y su cercanía en ese tiempo presente, sin ya futuro, hablan por sí solas? En Confesiones verdaderas (True Confessions, 1981) otros dos hermanos se encuentran después de tiempo sin verse y el explicar se convierte en necesidad, ya no para los dos hermanos protagonistas, sino para nosotros: los curiosos y morbosos que invadimos con nuestras miradas y oídos la intimidad de los personajes de este filme de Ulu Grossbard, un cineasta que a lo largo de tres décadas realizó siete películas. Esta es una de las más interesantes de su corta filmografía, aunque fuese por ver a dos actores como Robert Duvall y Robert De Niro compartiendo y disputándose las escenas, situándose en dos extremos y buscando un punto intermedio donde volver a reconocerse. Para ello, cargado de culpa, Tommy (Robert Duvall) viaja al desierto, donde espera encontrarse con su hermano Desmond (Robert De Niro), en ese instante —en el que Kennedy, el primer presidente estadounidense católico gobierna el país—convertido en un párroco de una comunidad católica ubicada en medio de ninguna parte. La primera confesión del religioso es la de que se muere, aunque hay algo que le preocupa más. Y ese más es la culpabilidad que le hizo alejarse de los centros de poder: el conflicto que se descubre en el pasado, a finales de la década de 1940 —el grueso de la trama se desarrolla en 1948, el mismo año en el que Orwell ensayaba su 1984—. Secretos inconfesables que todavía ignoramos, aunque ya sucediesen. Ese instante, anterior a los títulos de crédito, marca el devenir de un drama y una intriga en el que ya sabemos que existe una distancia entre dos hermanos de origen irlandés, por lo tanto condicionados por las raíces y la emigración a Estados Unidos que depara la trifurcación laboral tradicional para los irlandeses —la policial, la ilegal y la religiosa— y el catolicismo.

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