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viernes, 19 de junio de 2026

Escape de Sobibor (1987)



¿Quién puede relatar lo inenarrable?


Por Antonio Pardines



¿Por qué insistir si no hay películas ni novelas que puedan recrear ni reproducir en pantalla o en papel los hechos ni las condiciones a las que se vieron sometidas las víctimas y los verdugos de los campos nazis? Por diversos motivos, tal vez. Y, aunque las hay como Noche y niebla (Nuit et brouillard, Alain Resnais, 1956) o Shoah (Claude Lanzmann, 1985) —dos títulos indispensables no por lo que muestran o exhiben sino precisamente por lo contrario— o libros como los de Primo Levi, Eddy de Wind o Viktor Frankl, predominan los films como Escape de Sobibor (Escape from Sobibor, Jack Gold, 1987), que se sitúa en las antípodas de los otros dos títulos citados. Se decanta por ser un telefilm sobre héroes y monstruos que escapa de la memoria a la que aspiran Resnais y Lanzmann. El de Gold se sitúa en la hazaña que tanto Richard Rashke, el autor del libro en el que se basa el guion de Reginald Rose, y los responsables de la película suponen a la fuga real que se produjo en el campo de exterminio que intentan recrear para desarrollar la situación y la hazaña que allí se dieron.


«Fue ahí, el 14 de octubre de 1943, que tuvo lugar la revuelta de prisioneros más exitosa de la Segunda Guerra Mundial.». Así reza la leyenda introductoria, aunque más que revuelta habría que decir que se trató de una fuga. En Auschwitz sí se produciría un levantamiento, el del Sonderkommando que László Nemes contempla en El hijo de Saúl (Saul fia, 2015) a través de los ojos del protagonista. Dicha revuelta inutilizaría durante un tiempo las duchas y los crematorios, lo que implicaría el retraso en los asesinatos masivos que se estaban llevando a cabo en dicho campo. La introducción que abre Escape de Sobibor también habla de la «Operación Reinhard», nombrada así en honor a su ideólogo Reinhard Heydrich, a quien la resistencia checa había asesinado en Praga en 1942.  Ese nombre confiesa Rudolf Höss «era la denominación que camuflaba las operaciones de recolección, selección y utilización de todos los objetos procedentes de los convoyes y del exterminio.» (1) El plan ideado por el alto mando nazi, y puesto en práctica en todos los campos, consistía en quedarse con todos los objetos, dientes de  oro y cabello de mujer de los condenados a morir en las cámaras gas, fuese monóxido de carbono (en Treblinka o Sobibor) o Zyklon B (en Auschwitz)…


La «Solución Final» quedó lista para su ejecución en enero de 1942 —Frank Pierson expuso el momento en el telefilm (Conspiracy) que realizó en 2001—. Vendría a ordenar el exterminio de todos los judíos, mas Himmler, su principal promotor, cambió de parecer debido a las prioridades bélicas que exigían mano de obra para las fábricas armamentísticas. De modo que se pasó a distinguir entre aptos para el trabajo y no aptos; como queda reflejado en la mayoría de películas que se ubican por entero o parcialmente en los campos de concentración. En ellas también se exponen, la de Gold no es distinta, cómo se selecciona. Las mujeres, los hombres mayores de cincuenta y los niños menores de catorce o quince años eran conducidos sin dilación a las duchas por los miembros del Sonderkommando, que se encargaban de engañar, para tranquilizar, a los condenados. Posteriormente, su labor consistía en recoger los cadáveres, cortar el cabello de las mujeres asesinadas y arrancar los dientes de oro a los cuerpos sin vida. Pero ellos también eran condenados, pues su destino era ser «sustituidos» por otros que, a su vez, no tardarían en ser exterminados. A este grupo pertenece Leon Feldhendler (Alan Arkin), uno de los principales instigadores de la fuga y uno de los héroes del film, heroicidad que comparte con Luka (Joanna Pacula), «Sasha» (Rutger Hauer), Lichtman (Jack Shepherd) y otros prisioneros. Pero lo expuesto suena a cartón piedra, no por los hechos históricos, sino por la exposición que Gold hace de los mismos, pues resulta una exposición que busca el espectáculo, lo que desdibuja el infierno emocional y la desnudez humana, y crea su espejismo, es decir, la imagen a la que Hollywood y el cine de entretenimiento solo pueden aspirar.


(1) Rudolf Höss. Yo, comandante de Auschwitz (traducción de Juan Esteban Fassio). Arzalia Ediciones, Madrid, 2022.

sábado, 6 de junio de 2026

El gestor del infierno. Rudolf Höss y Primo Levi, dos caras antagónicas de Auschwitz




El gestor del infierno. Rudolf Höss y Primo Levi, dos caras antagónicas de Auschwitz


Por Antonio Pardines



¿Por qué se escriben las autobiografías? ¿Para alabarse? ¿Para justificarse? ¿Para buscarse, encontrarse y conocerse? Cualquiera tiene una vida que contar, otra cuestión es cómo la cuenta y a cuántas personas llegará su historia, la cual, si se trata de alguien popular o impopular, podría alcanzar a muchas. Pero la mayoría tiene en común que la adornan, que omiten y añaden, sea por darle un tono literario o por dejar una buena imagen a la posteridad, fruto de la vanidad y de la ignorancia, pues a ese porvenir poco le importará qué aire respiraba o qué disparaba sus latidos del corazón. Ya lo habrá juzgado, estereotipado y convertido en etiquetas, al sustraerlo de su época y despojarlo de quien fue, de lo que sintió, y de tantas cuestiones y emociones que nos determinan en vida. Solo verán la imagen y el nombre despojados de vida, es decir, de aquellos aspectos que nos hicieron y en los que existimos. Nadie alcanza la posteridad, solo lo logran sus fantasmas, ni siquiera sombras de quienes fueron.


Pero hay casos más difíciles de ubicar e incluso de digerir, como lo es la autobiografía de alguien cuyo nombre provocaba terror entre los supervivientes de los campos de exterminio y la sensación de regresar al infierno. Uno de esos campos, quizás el más famoso de cuantos levantó el régimen nacionalsocialista, Auschwitz, se ubicaba en Polonia. Por ello, fueron los polacos quienes juzgaron a Rudolf Höss por sus crímenes de guerra, los mismos crímenes por los cuales el Estado terrorista al que servía le daba palmadas. El comandante de Auschwitz era eficiente, de eso no cabe la menor duda. Incluso él lo presume en las líneas en las que se detalla al frente del Lager, porque asume que era parte de su trabajo: cumplir órdenes de arriba. Tras ser detenido e interrogado por los británicos, después por los estadounidenses, de declarar en Núremberg, donde estimó en dos millones y medio el número de las víctimas del campo, fue juzgado y condenado a muerte por un tribunal polaco. Y, entre la sentencia y su ejecución, escribió su relato, que desvela y confirma varios aspectos innegables. El más importante: lo que allí sucedió…


¿Cuántos murieron (por inanición y trabajos forzados)? ¿Cuántos fueron asesinados bajo su eficaz gestión al frente de aquella fábrica de muerte en la que las duchas cobraron un significado macabro y criminal? ¿Cuántos fueron torturados y despojados de su humanidad debido a los métodos empleados, que ya desde la entrada en el campo, incluso antes, buscaban borrar la identidad, los lazos, la esencia misma del individuo? Primo Levi recordaba que solo una minoría, muy minoritaria, logró mantener su condición humana en aquel infierno gestionado por Höss, de quien el químico italiano —quizás quien mejor y de manera más honesta intentó expresar lo inexpresable—, escribió en el prólogo de Yo, comandante de Auschwitz (Kommandant in Auschwitz) (1), retrato que de sí mismo hace el alemán entre enero y febrero de 1947, cuando ya sabía que tenía los días contados. «Fue uno de los máximos criminales que jamás hayan existido, pero en esencia no era distinto de cualquier otro burgués de cualquier otro país; su culpa, no escrita en su código genético ni en el hecho de haber nacido alemán, reside en el hecho de no haber sabido resistir a la presión que un ambiente violento ejercía sobre él ya antes del ascenso de Hitler.» Levi escribió esto en 1985, cuatro décadas después del final de la guerra, en un momento en el que se estaba cuestionando la veracidad del Holocausto.


¿Cómo se sentiría? Nadie que no se haya hundido en Auschwitz podría saberlo. Él lo «murió» —pues allí no se vivía—, él lo sobrevivió. Escuchar y observar el circo mediático que se había generado respecto al exterminio del Lager —el «negacionismo» que había saltado a la palestra de los tribunales y de la opinión pública—, afectó al italiano agigantando el dolor y devolviendo en toda su furia y horror las imágenes que nunca se borraron de su mente, aquellas que expresa con palabras en su trilogía de Auschwitz (2). Levi es el rostro humano contrario a Höss, sus libros también se sitúan en las antípodas, pues no buscan justificarse ni explicarse, solo intentan comprender y exponer las dudas, los miedos, el horror... Incluso sus muertes se pueden situar en los extremos: el alemán, ejecutado el 16 de abril de 1947 por sus crímenes; el italiano, víctima que llevaba la condena tatuada bajo la piel, una condena existencial imborrable hasta el punto de empujarle al suicidio el 11 de abril de 1987, a cinco días de cumplirse el cuadragésimo aniversario del ahorcamiento de Höss…



(1) Rudolf Höss: Yo, comandante de Auschwitz (traducción de Juan Esteban Fassio). Arzalia Ediciones, Madrid, 2022.


(2) Primo Levi: Trilogía de Auschwitz (traducción de Pilar Gómez Bedate). Austral, Barcelona, 2019.

domingo, 19 de abril de 2026

Chaves Nogales y La agonía de Francia


Chaves Nogales y La agonía de Francia


Por Antonio Pardines


En Vietnam, Michael Herr vivía codo con codo con los soldados, que no podían escoger y por eso pensaban que Herr o Sean Flynn, el hijo de Errol, estaban como cabras por estar allí, con la mierda hasta el cuello y la muerte o las heridas a la vuelta ya no de la esquina, sino de cualquier paso o incluso sin moverse. Pero lo que aquellos soldados no sabían explicar, aunque lo intuyesen en el mismo instante de poner el pie en el Sudeste Asiático, era que el idealismo había muerto tiempo atrás, al menos su inocencia y la credulidad de los combatientes y de los reporteros. Ya se trataba de otra cosa, aunque también se buscase narrar lo inenarrable. Por contra, tres décadas atrás, todavía se respiraba cierta ingenuidad que obedecía a la necesidad de creer en la libertad y que alguien o algún Estado la representaba. Manuel Chaves Nogales vivió y fue testigo de aquella época en la que se fraguaba la tormenta, también Vasili Grossman, Ilya Ehrenburg, George Orwell o Ernest Hemingway, tipos que tenían en común el periodismo y un tiempo de guerras; ¿más cuál no lo es? Chaves no tomó ningún fusil, ni presumió de saber de tácticas de combate o del uso de las armas como sí pudo hacerlo Hemingway. El suyo era un tipo de periodismo que buscaba la verdad humana, no el acto o pose de heroicidad del que presumir en sus artículos. Pero los hechos que se sucedieron acabaron por minar su idealismo. Tras la rebelión del 18 de julio de 1936, y la posterior revolución popular que se desató de inmediato, Chaves Nogales estaba roto y, poco después de que el Gobierno, el tercero en tres meses, se trasladase a Valencia, él se exiliaría en Francia. Buscaba el amparo de la democracia que tanto amaba y que ya no veía posible en España, puesto que ganase quien ganase, el periodista sevillano era consciente de que las libertades democráticas ya no tendrían cabida en la España que naciese de los escombros, de los cadáveres, de la sangre y de los rencores. Sus ilusiones se rompieron al inicio de la guerra civil española; él cuenta esa derrota ya no solo suya sino del ideal democrático que Francia traicionó y que expone en La agonía de Francia, un texto en el que explica que, estando allí, observó y sintió la derrota ya no por las armas, sino por esa traición al ideal que los Petain de turno pasaron por las “armas”…


El “héroe de Verdun” fue uno de esos hombres que, desvelando su  rostro antidemocrático, resultó ser más papista que el papa, es decir, tan o más totalitario que aquellos con quienes firmó el armisticio que dejaba sin protección a todo francés amante de la libertad y a cuanto exiliado había buscado protección en el país de la EnciclopediaPero, aparte del ya nombrado, Chaves señala otros factores, tal que la desidia en la que cayeron los soldados, el saber que los métodos del Estado Mayor estaban anticuados, y no hacer nada al respecto, o el enfrentamiento previo al conflicto bélico que se produjo entre patronos y proletarios, entre el capital y el comunismo, un enfrentamiento que estaba afectando a toda Europa y que, en Francia, deparó dos guerras civiles frías, pero tan letales que dejaron la nación al borde de la ruina moral. El periodista las apunta: la de 1934, la reaccionaria, y la de 1936, la del frente popular, pero sigue adelante en su exposición de los hechos y de las causas. Habla sin pelos en la lengua; más que informar, comenta, opina y detalla la sensación que se vivía en aquel momento. Lo hace desde el protagonismo que le concede el estar allí, pero también de quien sabe escuchar e interpretar lo oído. Chaves fue un cronista de su época, pero también fue algo más: fue un hombre que vivió el desengaño y la pérdida. Resulta curioso que dos de los últimos humanistas, Chaves y Zweig, nunca supiesen cómo concluyó la guerra, quizás el tener conocimiento de la realidad que Grossman descubriría en Trebinka, del gulag estalinista o de los bombardeos aliados, tal que el vivido por Kurt Vonnagut en Dresde, y de las dos bombas atómicas estadounidenses lanzadas sobre Japón no les devolviese las ilusiones perdidas. En ese descubrimiento, el de una realidad tras la realidad en la que había creído, Chaves Nogales se emparenta con Orwell cuando este vive el mayo barcelonés de 1937, el que le abre los ojos a la manipulación mediática que desarrollará años después, cuando observe que el estalinismo y el capitalismo pueden ser dos sistemas no tan distantes, a la hora de buscar el poder y crear sus verdades. Eso se percibe en el 1948 real que dio pie al 1984 ficticio, otra nueva traición a los ideales que ya en la época de Herr y de Vietnam brillan por su ausencia en occidente; posteriormente también se romperían en los países que en los sesenta estaba luchando por la independencia y soñando su descolonización…

martes, 23 de diciembre de 2025

Primo Levi: Si esto es un hombre


<<Se debe querer sobrevivir, para contarlo, para dar testimonio>> y aun así, Primo Levi, que nunca dejó de dar testimonio sobre el infierno de los campos nazis, sabía que era imposible hacer comprender en su total dimensión aquellos días, semanas, meses, años que alcanzan su cima en el Lager, que, en sus palabras, fue <<la culminación del fascismo en Europa, su manifestación más monstruosa; pero el fascismo existía antes que Hitler y Mussolini, y ha sobrevivido, abierto o encubierto, a su derrota en la Segunda Guerra Mundial.>> La parte ilógica del ser humano nos dice tanto o más de su esencia y condición que la racional, que es la que presumimos para diferenciarnos del resto de animales. Así, con la primera justificamos los actos a los que nos cuesta encontrarles una explicación, aunque esta sea igual de humana que otras. Llamamos a esos actos criminales, inhumanos; pero todo lo hecho por el humano nos pertenece, forma parte de nuestra humanidad, la cual tiene rostros de luz y de sombra. De manera que de nada nos vale querer seleccionar lo bueno para ensalzar la especie y enviar lo negativo a lo inhumano, como si fuesen otros seres vivos los responsables. Nos pasamos la vida justificando nuestros desmanes y acusando los de otros, incapaces de declararnos culpables, de asumir que parte de nuestra condición es destructiva y criminal. Esto nos lo hace ver lo sucedido en el Lager, que fue totalmente humano, entre otros muchos momentos de nuestra historia. El Lager fue la culminación de la negación de los derechos, de las libertades, de la igualdad que la propia condición humana concede por formar parte de la especie. Fue una programación perfectamente estudiada e igualmente llevada a cabo: <<en el Lager, no hay criminales ni locos: no hay criminales porque no hay ley moral que infringir; no hay locos porque estamos programados y toda acción nuestra es, en cuanto a tiempo y lugar, sensiblemente la única posible.>> Dicha programación fue detallada tiempo antes de poner en marcha la maquinaria <<para convertirnos en animales>>. Así, despojados de todo, <<no tenemos nada nuestro>>, incluso de sus nombres, <<los personajes de estas páginas no son hombres. Su humanidad está sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa súbita o infligida a los demás.>>


Unos y otros, víctimas y victimarios, no dejaban de ser la expresión máxima de la aberración histórica en la que unos se imponían a otros. Fue la explosión más cruel, la más eficiente a la hora de destruir la condición humana: <<destruir al hombre es difícil, casi tanto como crearlo: no ha sido fácil, no ha sido breve, pero lo habéis conseguido, alemanes. Henos aquí dóciles bajo vuestras miradas: de nuestra parte nada tenéis que temer: ni actos de rebelión, ni palabras de desafío, ni siquiera una mirada que juzgue.>> Eran personas a las que se las condenaba a una muerte física, pero también a la psicológica: se les despojaba de todo, incluso de su capacidad de decir, pues qué decir en una situación en la que nadie escucharía, en la que nadie les entendería. Nuestra presunción de inteligencia quedó demostrada en el Lager, pero resultó ser una inteligencia criminal en grado sumo, de la que evitamos hablar como un hecho racional y empleamos el término irracional, inhumano o animal para referirnos a ella, pues de ese modo evitamos que nos roce, que se nos asocie. Aceptar que lo que allí se hizo fue humano es algo así como asumir lo evidente: que en el ser humano habitan rostros monstruosos. Y ahí asoma el rostro que se excusa, que se distancia, el que asome que, cuanto en la luz escapa a la comprensión humana, aquello que ocultamos en la sombra más oscura, merece el calificativo de inhumano: odio, tortura, terror, violencia,… Pero, siendo sinceros, ya no digo tan honestos como Levi, ¿qué otra especie que no sea la humana los ha practicado? ¿Y las acciones premeditadas, las preparadas hasta su último detalle, hasta su manifestación más monstruosa, en esos Lager donde fueron asesinados millones de personas? Ante lo que vivió y murió dentro y fuera de sí, Levi comprendía y sentía que debía dar testimonio. Y así lo hizo desde que regresó. También sabía que, para acercar la verdad a quienes no habían padecido la destrucción de su ser, tenía que se honesto y esa honestidad se descubre en las páginas de su Trilogía de Auschwitz, formada por Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados, en la que el químico italiano apunta que <<quizás no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender es justificar>>…


Entrecomillado de Primo Levi: Si esto es un hombre (traducción de Pilar Gómez Bedate). Austral, Barcelona, 2018.

lunes, 15 de diciembre de 2025

El hijo de Saúl (2015)


Se puede representar el infierno creado durante el periodo nacionalsocialista en campos de concentración, que primero fueron de internamiento de “enemigos de Alemania” y posteriormente de muerte a gran escala, campos creados y manejados con suma eficiencia por la maquinaria de un Estado en manos asesinas. Pero dudo que cualquiera de las representaciones cinematográficas realizadas hasta la fecha (y por realizar) puedan captar, recrear y transmitir mínimamente el padecimiento, la pérdida de identidad, el derrumbe emocional y moral más allá de la apariencia que los distintos autores quieran o puedan darle en una pantalla donde la realidad queda fuera; a decir verdad, no hay libro ni película que pueda revivir el pasado, traerlo al presente, puesto que todo pasado ya es inexistente, incluso el que sintamos que puede alcanzarnos. De él, solo nos llegan ecos, sombras y espectros, ideas sin cuerpo. Así, la historia intenta crear un esqueleto para el ayer, y nos trae imágenes momificadas. Por otra parte, en su intención de darle forma, de dotarlo de imagen y sonido, de desvelar sus llamas y la muerte dominante en su reino, el cine y la televisión han aumentado las distancias entre lo expuesto a través de ambos medios y la construcción mental que exige una aproximación intelectual y emocional más compleja. Hoy, como la comida prefabricada, los medios que nos bombardean a cada instante ya nos dan hecha esas construcciones. Lo cual no es beneficioso para el pensamiento ni el sentimiento, aunque la comodidad sea seductora y parezca protectora.

<<El 2 de octubre de 1944 se produjo la rebelión. Se fraguó un complot entre los 243 griegos y el resto de nacionalidades de la Sonderkommando. […] El 24 de octubre tuvieron lugar las últimas Kommissionen o gasificaciones y el 12 de diciembre de 1944 empezó la demolición de los crematorios.>>


Eddy De Wind: Auschwitz última parada. Cómo sobreviví al horror (1943-1945) (traducción de Julio Grande). Espasa Libros, Barcelona, 2019.



Steven Spielberg y La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993) pasan por ser ejemplos de la reconstrucción de aquel horror, pero, por mucho, que logre impactar con sus imágenes, el impacto se queda en la superficie donde muchos espectadores sienten el horror y se lamentan. Pero, una mirada profunda, comprende que está ante una representación preparada para causar ese efecto. Mientras un documental como Shoah (1985) funciona de otro modo: busca formar parte del pensamiento de quien observa, que es donde quiere que el espectador realice su propia representación del horror a partir de las palabras de los entrevistados y de la evocación a la que remiten sus imágenes en tiempo presente. Claude Lezman no filma una reconstrucción física del pasado infernal de los campos. Otros muchos cineastas han intentado transmitir aquel momento, pero ninguno ha estado allí para desvelar lo más profundo del horror y del sufrimiento que se grabó no solo en un número en la epidermis de quienes lo sobrevivieron y quienes en él perecieron, sino bajo su piel. No se puede, ni siquiera quienes, tras sobrevirlo y regresar a la vida, lo describieron en libros. Y no se puede porque existe una parte que no se logra explicar, nuestra mente no es capaz o no puede serlo, porque darle explicación sería caer en él (creo recordar que fue Primo Levi quien lo dijo). Quizá sea mejor así, que no podamos, pero esto no implica olvidar ni dejar de advertir hasta qué extremos puede llegar esa parte diabólica que oculta el ser humano casi al lado de la celestial.


<<El mes pasado, uno de los crematorios de Birkenau ha sido hecho saltar por los aires. Ninguno de nosotros sabe (y tal vez no lo sepa nunca) cómo ha sido exactamente realizada la empresa: de habla del Sonderkommando del Kommando Espacial adscrito a las cámaras de gas y a los hornos, el cual viene siendo periódicamente exterminado, y que es mantenido escrupulosamente segregado del resto del campo. Lo que es cierto es que en Bikernau un centenar de hombres, de esclavos inermes y débiles como nosotros, han sacado de sí mismos la fuerza necesaria para actuar, para madurar los frutos de su odio.>>


Primo Levi: Si esto es un hombre (traducción de Pilar Gómez Bedate). Austral, Barcelona, 2018.


Una enésima representación de aquellos campos la realizó el húngaro László Nemes en El hijo de Saúl (Saul fia, 2015), que se decantó por hacerla desde su continuo uso del primer plano, centrado en el rostro de su protagonista, como queriendo acercar el horror desde la interioridad del personaje, de como él lo capta, pero el cineasta no hace más que superficializarlo. Queda clara su intención, pero resulta excesivamente redundante y, a la larga, logra que toda emoción resulte vacía. Recuerdo un buen uso continuado del primer plano en el Dreyer de La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d’Arc, 1928), en la que, acercando la cámara a su protagonista, el danés accedía a su idea del alma humana y, desde ella, a como se descubre el mundo interior y exterior de su sufrida protagonista. En el protagonista de Nemes no se da tal sensación, sino que, en su insistir en la concienciación del héroe, ante lo que tiene que hacer, rebelarse para ser un hombre, el cineasta no logra ir más allá de la representación forzada; quedando su intento por detrás de lo que otros cineastas evocaron antes en el cine documental —Alain Resnais en Noche y niebla (Nuit et brouillard, 1955) y Claude Lezman en Shoah— o representaron en la ficción —Steven Spielberg en La lista de Schindler, Costa-Gavras en Amén (2002) o Tim Blake Nelson en La zona gris (The Grey Zone, 2001)— y otros han realizado después, tal que Jonathan Glazer en La zona de interés (The Zone of Interest, 2023). Glazer logra un acercamiento diferente, una mirada en la que las elipsis del horror son fundamentales para hacerse una idea del infierno de Auschwitz desde la omisión, centrándose en la cotidianidad familiar del jefe del campo de concentración y exterminio; mientras que Nemes insiste en su intento de entrar en el alma de su personaje, en su estado de ánimo, en su pensamiento y, desde ese acercamiento íntimo y preparado para posicionar al espectador a la altura del protagonista —como si quisiera hacer que público sintiera y experimentase lo que aquel—, desvelar el horror a través de la experiencia de Saúl en un infierno de víctimas y verdugos…

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Bergen-Belsen: Lo que se encontraron (2025)


Quienes nacimos sobre y después de 1945, crecimos en un mundo donde el horror ya se había materializado en formas que antes de la Segunda Guerra Mundial eran inimaginables para la humanidad, porque esta no tenía noticias de semejantes hechos y crímenes (ni tampoco la tecnología para llevarlos a cabo); aunque ya antes hubiese habido exterminios masivos. Entre otras aberraciones humanas, la humanidad anterior a este conflicto bélico de dimensiones impensables había sido testigo de la destrucción de civilizaciones, de la desaparición de pueblos, de la esclavitud, de la matanza de los judíos en la Viena del siglo XV o de bombardeos de ciudades y su población civil, pero no del lanzamiento de dos bombas atómicas sobre dos áreas urbanas pobladas ni la masacre diseñada hasta el último detalle (la Solución Final) y llevada a la práctica en campos de exterminio como Bikernau, en el complejo de Auschwitz, donde se calcula que fueron millones los muertos. Los supervivientes que relataron sus experiencias, recuerdan que, en cuanto llegaban al campo, se producía la primera selección entre las víctimas. Los SS les ordenaban hacer dos filas, una a la izquierda y otra a la derecha, y a ellas enviaban a quienes serían mano de obra esclava y quienes consideraban desde el primer momento prescindibles: niños, enfermos, intelectuales y ancianos. Así, según a cuál de ellas les enviara, agonizarían trabajado en condiciones infrahumanas hasta morir de hambre, cansancio, debilidad o enfermedad; o morirían de inmediato en las cámaras de gas, puesto que el uso de las balas era un sistema más lento y costoso —y era el que habían empleado con anterioridad al uso del Zyklon B—. Los servicios secretos aliados y los gobiernos de distintos países conocían la existencia de aquellos lugares de muerte en 1942, pero ¿qué podían hacer entonces? ¿Propagarlo sin pruebas a un mundo que lo ignoraba y que no querría creerlo, porque el aceptarlo era como aceptar parte de su propia monstruosidad? Cierto que había civiles que conocían algunos de los hechos por proximidad —la población que vivía cerca de los campos donde cada día se encendían los hornos y de las chimeneas salían humo y partículas de restos humanos—, que la BBC había hablado de ellos y que otros lo sospechaban, por ejemplo algunos emigrantes judíos que habían logrado escapar de Europa; mismamente el informe del teniente de la SS Kurt Gerstein, que hizo llegar a la resistencia holandesa en 1942, confirmaba la escalofriante dimensión del infierno de los campos. Pero ¿quién más podría pensar que la humanidad llegaría hasta ese extremo de crueldad y criminalidad? No los dos cámaras del ejército británico protagonistas de Bergen-Belsen: Lo que se encontraron (What They Found, 2025), el documental realizado por Sam Mendes sobre aquellos lugares de crimen y muerte. Lo desconocían; ni siquiera podían imaginar lo que se encontraron. Y no podían porque, hasta entonces, el mundo no había vivido o no había tenido noticia de ciudades totalmente arrasadas ni de un horror inimaginable antes del conflicto que marcó un antes y un después en la historia humana.

En 1945, se estableció la diferencia entre quienes somos y quienes creímos ser. Los nacidos antes de la Segunda Guerra Mundial conocían otros horrores, como los producidos en la Gran Guerra (1914-1918), en la revolución rusa (1917) y la guerra civil que le siguió, en la guerra chino-japonesa o en la guerra civil española, durante la cual se produjeron los primeros bombardeos masivos sobre poblaciones occidentales —en oriente, la cruenta invasión japonesa de China hacia sus propios estragos—. El más famoso de los bombardeos sufridos durante la guerra española fue Guernica, aunque no fue la primera población arrasada por las bombas. Sin embargo, aquellos “ensayos” nada tenían que ver con lo que se vería poco después en Londres, Berlín, Tokio, Dresde o, ya en la era atómica, la que se inicia el 6 de agosto de 1945, en Hiroshima y Nagasaki. Entre otros, aquellos dos cámaras británicos descubrieron el horror, lo filmaron y quedaron impresionados. Jamás podrían borrar aquella barbarie ni aquellos cuerpos sin vida o a punto de perderla. ¿Qué decir ante esas imágenes que filmaron para dejar constancia de la magnitud del crimen? ¿El mundo no se había dado cuenta de semejante posibilidad cuando en 1936 se producían marchas pronazis en Inglaterra y en otros lugares del globo? ¿Qué pensar después de haber perdido la inocencia, la confianza en el género humano, capaz de algo así? En diferentes lugares y medida, se ha repetido y es algo que podría volver a suceder, si es que no está sucediendo ya. De modo que Mendes recuerda aquel momento a través de las imágenes y de las voces de los sargentos Mike Lewis y Bill Lawrie, dos de los cámaras del ejército británico que se encontraron con el infierno de Bergen-Belsen, uno de los muchos lugares de muerte creados por los nazis. Allí, según apunta Mendes al final de su documental, perecieron de hambre, hacinamiento y enfermedad más de cincuenta y dos mil personas. Lugares como Bergen-Belsen, Dachau, Mauthausen o Auschwiz, también el Gulag soviético, los laogai chinos o los campos de los Jemeres Rojos en Camboya, son lugares de muerte y desesperanza, lugares que hacen preguntarse qué somos los humanos y de qué somos capaces…

sábado, 25 de octubre de 2025

Eddy de Wind en Auschwitz


Durante los últimos meses de su encierro en Auschwitz I, el holandés Eddy de Wind se puso a escribir para dar testimonio de los campos de concentración nazis. Por entonces ya contaba con 29 años, había sido deportado dos años antes al complejo carcelario que abarcaba varios campos de trabajo y el más terrible de Birkenau, más infernal porque, allí, cuatro crematorios funcionaban a diario recordando que aquello era el infierno, que nadie podría escapar de la muerte y de las llamas. Por suerte, para De Wind, solo pasó un mes en Birkenau y fue devuelto al campo Auschwitz I, a la sección de enfermeros. Aunque terribles, las condiciones de los enfermeros eran más favorables que la mayoría de grupos de trabajo. De Wind accedió a ella, gracias a que por entonces ya era médico —se había licenciado a pesar de la prohibición a los judíos de cursar estudios universitarios—. Probablemente, eso y mucha suerte fueron los factores que le permitieron sobrevivir y dar testimonio. Fue uno de los primeros en narrar y publicar su experiencia, la de los campos de la muerte. Para él, era vital hacerlo, pues pretendía que el mundo conociese el horror sufrido por millones de seres humanos; quería que se recordase para que no volviese a producirse semejante crimen. Dicha aberración la narra en Auschwitz: Última parada, que publicó por primera vez en 1946. Pero, como superviviente, también sitió culpabilidad por haber sobrevivido, culpabilidad que no era ajena al resto de quienes salieron con vida de aquellos campos nazis donde trabajar no les hacía libres, solo les hacía cadáveres o muertos vivientes. Sencillamente, los reventaban hasta que morían o hasta que llegase su turno en una de las selecciones cuyo final era conocido y temido.


En su libro, Eddy de Wind recuerda que, ya a la llegada a Auschwitz, los oficiales de la SS hacían una primera selección. Tras bajar del tren, ordenaban formar en dos filas, una a la izquierda y otra a la derecha: una para los condenados a las cámaras de gas, ancianos, niños, cualquiera a quien los seleccionadores no viesen utilidad inmediata; y otra para los condenados a los barracones y al trabajo esclavo que, en la mayoría de los casos, acababa en muerte. De todo esto, de Wind deja constancia, pero, al contrario que Primo Levi en su trilogía de Auschwitz o Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido, no habla en primera persona. Tal vez no pudiese hacerlo en aquel momento de encierro y solo pudiese hablar distanciándose de sí, aunque háblese de sí mismo. Así, para expresar sus experiencias y sus sentimientos en aquel infierno, decidió narrar en tercera persona e inventar un personaje, Hans, que no deja de ser él, visto por él, con una distancia que le permite hablar de sus sentimientos, de sus pensamientos, de cómo se aferra al amor hacia su mujer, encerrada en el “Block 10” donde Josef Mengele y otros experimentaban con sus cuerpos. Al tiempo que nos hace partícipes de sus impresiones, habla de cuanto ve a su alrededor: horror, desesperanza, muerte…


<<En este lugar habían sido asesinadas más personas que en cualquier otro lugar del mundo. Aquí había dominado un sistema de exterminio de una perfección sin parangón, aunque tampoco había sido completo. De lo contrario, él ahora no podría haber estado aquí ni tampoco estaría vivo. ¿Por qué vivía? ¿Qué le daba derecho a vivir? ¿En qué era él mejor que todos esos millones que habían parecido?>> (1) Esa era la gran pregunta, la que Hans/Eddy de Wind y tantos otros supervivientes se hacían. A él <<le parecía de una insondable maldad no haber compartido el destino de todos esos otros, pero pensó en las palabras de la muchacha en “No pasarán”: “Debo seguir viviendo para contarlo, para contárselo a todo el mundo, para convencer a las personas de que todo esto ha sucedido de verdad…”>>. (2) Pero la finalidad de su testimonio, que era evitar que volvieran a repetirse aberraciones similares, no se ha alcanzado, como prueban el gulag soviético —antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial—; la revolución cultural china, los campos de los jeremes rojos en la Camboya de la década de 1970; la política indonesia en Timor Oriental durante el último cuarto del siglo XX; el genocidio ruandés en 1994; el conflicto sirio desde la revuelta del 2011; Darfur, en el Sudán del XXI, o la situación límite de la población palestina, condenada a sufrir hambruna y destrucción, son algunos de los infiernos que prendieron después del nazi. Algunos todavía arden, y ya son más de siete décadas que nos separan del momento narrado por el médico holandés, un momento que parece haber pasado, tal vez por su amplitud literaria y cinematográfica, de la realidad a la imaginario popular, con el riesgo que esto conlleva, que el público lo tome como una ficción y que las palabras e intenciones de Eddy de Wind, Viktor Frankl, Primo Levi, Jorge Semprún y tantos otros que dejaron su testimonio como legado para una humanidad más tolerante que, vista hoy, parece haber caído en la intolerancia o, tal vez, nunca la ha abandonado.


(1) (2) Eddy de Wind: Auschwitz: Última parada (traducción de Julio Grande). Espasa Libros, Barcelona, 2019.

sábado, 18 de octubre de 2025

Viktor Frankl y El hombre en busca de sentido


 A veces se escucha la pregunta qué sentido tiene esto o aquello. Las respuestas pueden ser variadas, según la interpretación de quien responda. Pero hay preguntas que carecen de ella o que se convierten en cuestiones que no implican que se respondan, sino que se vivan. Entonces ya se trata de una cuestión vital. La pregunta, ¿cuál es el sentido de la vida? Es personal, cada cual vive la suya y se plantea hacia dónde le conduce. Hay incluso quien lo niega, pues nada encuentra, y quien haya numerosas pistas que quizá le permitan vivir las respuestas. No se trata de una cuestión religiosa ni política, sino humana, la de sentir que hay algo ahí para uno, tal vez un lugar en el mundo o una meta hacia la que caminar. Si luego llega o se desvía es una cuestión que desvela que no siempre somos dueños plenos de nuestra existencia —alguien como yo, podría decir que apenas lo somos, puesto que nuestras opciones se encuentran limitadas, ya no solo por nuestras propias limitaciones— y que esta se ve afectada por factores que nos son impropios, tal como la casualidad, que definiré como “de todas las posibilidades, la que se presenta para sorprendernos”, o la intervención de fuerzas extrañas, como pudieron ser los nazis para los judíos, los gitanos y otros pueblos considerados no arios. Esa pregunta, que es más bien una búsqueda vital, intenta responderla de algún modo Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido, un libro cuyo espacio narrativo se ubica en la memoria del narrador, que recuerda su estancia en el campo de exterminio de Auschwitz.


 Al prisionero del Lager se le deshumaniza; se le quitan los objetos personales, la ropa, el cabello, cualquier posesión, toda característica que le diferencie, porque también se le niega el nombre. En su lugar se le asigna un número, que se cose a la ropa sucia y vieja, ya usada, repleta de remiendos, que le entregan en uno de los bloques y se le tatúa en su piel… Esa será la única identidad que tendrán en cuenta sus carceleros, la mayoría presos comunes a los que el “poder” se les sube a la cabeza; y lo demuestran con insultos y otras vejaciones. Ya solo son eso: dígitos, y nada va a cambiarlo. Pero el número respira, sufre, padece debilidad, hambre y sed, teme, ansía sobrevivir, mas solo le resta endurecerse o caer en la apatía que le conducirá a la muerte. Pero ahí, en ese infierno humano, pues lo crearon y los sufrieron humanos, continúa el instinto de supervivencia y en algunos sobrevive la ilusión de ser, de volver a ser, de no dejar de ser. Todo esto lo intenta explicar Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido, el libro en el que detalla los aspectos psicológicos del prisionero, también da pinceladas del carcelero, y ejemplos de su propia experiencia como condenado en los campos de exterminio nazi donde, por casualidades, sobrevivió. Digo casualidades porque sobrevivir en un espacio tan deshumanizado no depende de uno, aunque sus decisiones decanten la balanza hacia la vida o la muerte o hacia el seguir siendo persona o el dejar de sentir. A veces, todo dependía del capricho del azar, de ser enviado aquí o allí, de caer en un barracón o en un grupo de trabajo con un jefe más comprensivo, menos violento y letal que tantos que predominaban y que eran escogidos, precisamente, por su capacidad de abuso. A diferencia de, por ejemplo, Eddy De Wind en Auschwitz última etapa, que se inventa un personaje para hablar de su propia experiencia, o de Primo Levi en su Trilogía de Auschwitz, cuya honestidad resulta una excepcional guía por ese infierno que jamás pudo superar ni olvidar —¿quién podría?—, Frankl, psiquiatra de profesión, trata de ofrecer una explicación objetiva y profesional para los distintos estados por los que pasaba el condenado. Pero resulta imposible, ya que su experiencia es personal, fruto de un sinsentido perfectamente calculando —nada de aquello surgió por casualidad, sino que fue proyectado racionalmente por mentes que calcularon hasta el mínimo detalle para crear un horror nunca visto hasta entonces—, y, por mucho que se intente racionalizarla, nunca llega a poder objetivarse. Una experiencia así nunca llega a olvidarse ni a explicarse en su totalidad; entra a formar parte del universo de las pesadillas que ya no dejarán de formar parte de quienes lograron regresar…

viernes, 17 de octubre de 2025

Bohumil Hrabal y Trenes rigurosamente vigilados


La obra de Bohumil Hrabal carece de la pedantería de la de Kundera, de su seriedad, también de la aspiración a transcender del autor de La broma y de ser tomado por un gran intelectual de su tiempo. Eso, a Hrabal, no le interesaba; carecía de tal ambición. Lo suyo no era la aspiración a grandeza, sino el vivir la vida en sí, incluso en la marginalidad y en los más variados oficios, los que fue plasmando en sus libros. De ese modo, sus propias experiencias van asomando por sus páginas, claro que lo hacen sin ser las suyas, pues ya son las de sus personajes, alteradas por la ficción, por la invención y la creación de mundos que parecen escapar del nuestro, pero que lo desvelan con mayor intensidad. Su literatura es humanista, irónica, absurda, kafkiana, no exenta de existencialismo; aunque, más incluso que en Kafka, su mayor influencia quizá la encontrase en Joroslav Hašek y su buen soldado Švejk… Al inicio lo nombré junto a Kundera, comparándolos, lo cual siempre resulta injusto porque, como cualquier buen creador, los dos presentan universos diferentes; aunque sí tienen algo en común, que ambos son figuras clave en la literatura checoslovaca de la segunda mitad del siglo XX y autores a los que me gusta regresar porque, tanto el uno como el otro, me aportan, me hacen pensar sus textos, las ideas que contienen y las que parten de ellos, pero que ya son mías, al tiempo que me transportan a mundos literarios que rebosan creatividad y personalidad propia. Pero en Hrabal encuentro un espacio narrativo en el que me siento cómplice desde que fijo los ojos en sus páginas; allí me reconozco, me siento parte. Así me parece conocer (o reconocer) en la inmediatez del primer encuentro al narrador protagonista de Trenes rigurosamente vigilados o a cualquier otro de sus personajes fundamentales, como puedan serlo el de Yo serví al rey de Inglaterra, el de La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo o el de Una soledad demasiado ruidosa, obras que definen su estilo y también su manera de mirar y de entender el mundo, el cual, no pocas veces, resulta el sinsentido que Miloš descubre cuando habla de que <<aquel trébol de cuatro hojas no le había traído buena suerte a aquel soldado ni a mí, también era un hombre como yo o como el factor Hubička, tampoco tenía condecoraciones, ni rango, y sin embargo nos habíamos disparado…>> porque alguien que no fueron ellos quisieron esa guerra que les toca sufrir; cuando en la vida hay muchas otras cosas que descubrir, sentir y disfrutar, tales como el amor.


 Miloš nos cuenta en primera persona su experiencia vital, lo hace con humor e ironía, aunque sea la de Hrabal, que también toma de la picaresca para presentar los orígenes de su narrador. Mediante la voz de este, lo sitúa en la marginalidad que se atribuye al pertenecer a la familia más odiada de la localidad donde trabaja como aprendiz de factor, en la estación de tren en la que prácticamente desarrolla su historia. Allí, el factor Hubička, su héroe y su ideal a imitar, sella el trasero de la telegrafista durante un momento en el que el hombre y la mujer se divierten. Pero la cosa se desmadra, no por la afición del mujeriego a sellar la totalidad de la superficie nalgar ni por el mapa que ya parecen las nalgas de la muchacha, sino porque se enteran arriba y se genera el escándalo y la consiguiente investigación. Esta historia permite que Miloš hable de la hipocresía, puesto que todos los inquisidores y admiradores querrían ser el factor o haber hecho lo que él; al tiempo que resulta divertida y posibilita que el joven narrador hable de su admiración hacia su superior, a quien atribuye la ausencia de miedo y la capacidad de materializar lo que otros desearían hacer. Para él, Hubička es el ídolo a imitar, aunque el final de todo ídolo es caerse de su pedestal o que lo arrojen del mismo. Miloš nos va contando su cotidianidad en esa estación de paso hacia el frente de batalla, por la que transitan los trenes militares alemanes, que ellos conocen como rigurosamente vigilados. Pero, inicialmente, al joven esos transportes de armas y tropas no le interesan demasiado, pues su preocupación se encuentra en la posibilidad o imposibilidad de ser un hombre; es decir, en el estar, cuerpo a cuerpo, con una mujer que le enseñe, para poder estar con Máša, la muchacha de quien se enamoró en aquella valla que ambos pintaron de rojo. Fue con ella con quien sufrió la <<eyaculatio precocs>> que le atormentó hasta el punto de llevarle al suicidio, porque Miloš ignora y se ve superado emocionalmente. El joven es sensible, pero, sobre todo, le define su ingenuidad, atributo que, en la novela picaresca, el pícaro pierde a base de golpes (que no da la vida, sino la realidad que ha hecho de algunas de sus gentes tipos amorales), mas Miloš la conserva hasta el final; se aferra a esa inocencia que, implicando un tipo de sabiduría especial, tal vez virginal, le hace ver el mundo desde una perspectiva que, a pesar de que no sea consciente, desvela con una mirada curiosa, honesta, sencilla, la de un niño que descubre y al tiempo se descubre…

lunes, 13 de octubre de 2025

John Hersey e Hiroshima

La historia no es la realidad, solo una manera de contarla desde la imposibilidad de abarcarla en su totalidad y en su complejidad. Pero es lo único que tenemos para conocerla o, al menos, para hacernos una idea más o menos aproximada de qué ocurrió, porqué, de quiénes fueron sus protagonistas principales y cuáles fueron las consecuencias de los hechos puntuales y de otras cuestiones que a menudo escapan al conocimiento general. Dicho de otro modo: Lo más, resulta desconocido, aunque no por ello ha dejado de suceder y de tener su importancia. Por otra parte, en los primeros niveles académicos (y en la cotidianidad, cuando se habla de ella), la historia se muestra como si los hechos que se producen surgieran aislados los unos de otros, lo que vendría a sugerir que la humanidad se desarrolla en compartimentos estancos, ya edades, periodos o épocas. Se hace para facilitar; para dar masticado, lo cual, si no eres cría no deja de ser un asco porque busca atrofiar tu propio masticar; para crear la anécdota, tan de moda entre los consumidores de la historia como fuente de entretenimiento, de historias, historietas, de cotilleos; para especular e incluso para sesgarla, obedeciendo a la política del instante. Pero se trata de una idea incorrecta, igual que pueda ser incorrecto un estudio de la historia cerrado, que rompa los vasos comunicantes entre el antes, el durante y el después, puesto que existe una comunicación continua entre los tiempos que se suceden en incontables ramificaciones y relaciones históricas que deparan los momentos que se nos exponen puntuales: en fechas, personajes históricos y hechos que parecen ser los únicos sucesos importantes u ocurridos. Resulta innegable que sería imposible abarcarlos todos, así que la historia tiene una magnífica excusa y justificación para hacerse solo eco de aquello que más impacto ha producido en la humanidad, o que se le ha atribuido. De esta manera, se puede ver como una antología de nuestro devenir, de nuestra evolución social, cultural, artística, religiosa, política, belicista desde que asoma la escritura hasta la actualidad —podríamos ampliar su radio a la prehistoria, pero aquí las fuentes se reducen, al carecer de testimonios y de cualquier otro escrito que facilitase su estudio y lo alejase del “pudo ser”—. Así, encontramos fechas que han pasado a llamarse históricas: la caída de Constantinopla, la llegada de Colón a América, de Armstrong a la Luna o aquel 6 de agosto de 1945 en el que la historia recoge el primer lanzamiento de una bomba atómica sobre una ciudad: Hiroshima. Esas fechas puntualizan el hecho, pero también insinúan el contexto que, en el caso de la ciudad japonesa, se amplía a la guerra mundial, apunta la decisión de Truman, la que justifica con la necesidad de apurar el fin de la guerra para salvar vidas estadounidenses, recuerda el Enola Gay, el bombardero desde el que se arroja un artefacto del que quizá nadie supiese o quisiera reconocer sus consecuencias a medio y largo plazo, o habla del emperador Hirohito y su primer discurso radiofónico —en el que anunció la rendición—,… Mas la mayoría de cuestiones y personas existentes en aquella ciudad arrasada le pasa de largo porque son considerados corrientes y, por tanto, anónimos que no tienen cabida en la historia general. Habría que buscar en lo que la historia ha dado a conocer como de interés humano y de memoria histórica. Ambas asoman en la obra de John Hersey Hiroshima, que inicialmente había sido desarrollada como el reportaje periodístico que su editor en el New Yorker le había propuesto…


Habían pasado casi cuatro décadas desde que John Hersey se trasladó a Hiroshima con la intención de entrevistar a varios supervivientes del 6 de agosto de 1945. Su presencia en la ciudad buscaba conocer de primera mano el testimonio de los afectados para realizar un reportaje que se centrase en el aspecto humano de los hechos, en el de sus impresiones y las consecuencias, aunque estas todavía eran imprevisibles en aquel momento (o prácticamente desconocidas). Hersey publicaría su reportaje y su éxito sería tal que poco después se editaría en formato de libro. Pero faltaba algo, al menos para él, pues quedaba incompleto el retrato de los seis personajes, cuatro hombres y dos mujeres, en quienes había centrado su atención: Hatsuyo Nakamura, madre de un niño y dos niñas, el joven cirujano Sasaki, que tuvo que atender en unas condiciones más que precarias a centenares de afectados por la bomba, el padre jesuita Kleinsorge, Toshiko Sasaki, la joven atrapada entre libros y que más adelantar se convertiría al catolicismo e ingresaría en una orden religiosa, el doctor Fujii y Kiyoshi Tanimoto, quien, decidido a dedicar su vida a la defensa de la paz, se lanza a la creación de un proyecto conmemorativo que recordase el desastre atómico al que sobrevivió y que le llevó en varias ocasiones a recorrer Estados Unidos en busca de donativos que lo hiciesen posible, visto que las autoridades de los dos países involucrados intentaban mantener lejos de los medios las consecuencias del 6 de agosto. En relación a este personaje, Hersey narra un momento que desvela hasta dónde llega la sociedad del espectáculo, al recordar el televisivo y sensacionalista “Esta es su vida”, un popular programa presentado por Ralph Edwards, que contó con el protagonismo involuntario de Tanimoto y, también con la presencia secundaria del copiloto del Enola Gay, entre otros personajes que de un modo u otro afectaron la vida de un reverendo japonés superado por el show y el negocio de los medios.


Entre los miles de afectados posibles, Hersey les dio a estos seis personajes el protagonismo de su famoso texto, sacándoles de ese modo del anonimato e incluyéndolos en la historia. De tal manera cobraron importancia más allá de sus vidas. Eran de interés humano y, particularmente, eran de interés para el autor del reportaje, cuya curiosidad por saber qué fue de aquellos hombres y mujeres le llevó de nuevo a Japón. Esos cuarenta años de diferencia entre su primer encuentro y su posterior búsqueda de sus protagonistas aclaró bastantes puntos sobre el cómo pudo afectar las bombas atómicas a los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki, que fue la segunda población en sufrir un ataque atómico, tres días después del impacto de Little Boy sobre Hiroshima. Por mucho diminutivo cariñoso que le pusieran, la bomba no dejaba de ser un artefacto de destrucción masiva. Su núcleo era de uranio, el de Fat Man, de plutonio. La era atómica se presentaba destructiva, pero también imprecisa en sus consecuencias, aparte de que nadie en las ciudades sabía a ciencia cierta qué artefacto había podido ser el causante de aquella explosión tan distinta a las producidas por las más de mil quinientas toneladas de bombas incendiarias arrojadas sobre Tokio en marzo de 1945. La historia vivió su enésimo antes y después, pero, aparte de nuevas formas, continuaba siendo la misma historia humana de siempre, aquella que, en ocasiones como esta de Hiroshima y Nagasaki, puede parecer inhumana…

martes, 15 de octubre de 2024

El hundimiento (2004)


<<Durante las últimas semanas de su vida, Hitler, según creí advertir, había perdido aquella rigidez de los años anteriores. Volvía a mostrarse más asequible y, en ocasiones, hasta estaba dispuesto a discutir sobre sus decisiones. Todavía en el invierno de 1944 hubiera sido inconcebible que se avinieran a hablar conmigo sobre las perspectivas de la guerra […] De todos modos, aquella nueva actitud respondía no tanto a un relajamiento interno como a una total claudicación, y solo le mantenía en movimiento la inercia almacenada durante años anteriores.

Resultaba, sencillamente, inmaterial. Aunque quizás en esto siempre fue el mismo. Al recordarlo, me pregunto muchas veces si aquella falta de corporeidad, aquella intangibilidad no fue su rastro característico desde su primera juventud hasta el momento de su violenta muerte. Precisamente por ello podía apoderarse de él con mayor fuerza el despotismo, ya que no era contrarrestado por ninguna emoción humana. Nadie consiguió nunca descubrir la esencia de su ser, porque carecía de ella.

Ahora tenía ante mi a un decrépito anciano. Le temblaban las manos y andaba encorvado y arrastrando los pies; hasta su voz era insegura y había perdido su antiguo vigor. Su forma de hablar era titubeante y monótona. Cuando se excitaba, lo cual le ocurría con frecuencia, como a la mayoría de los ancianos, los sonidos casi se ahogaban en su garganta. Seguía mostrando accesos de testarudez, que no me recordaban ya los de un niño, sino más bien los de un viejo. Tenía la tez descolorida, y la cara, hinchada; su uniforme, antes impecable, en aquellos últimos tiempos estaba con frecuencia desaliñado y con manchas de la comida que se llevaba a la boca con mano temblorosa.>>


Albert Speer: Memorias (traducción de Ángel Sabrido). Círculo de Lectores, Barcelona, 1970.



Ni fue la primera ni la última película que ha llevado la figura de Adolf Hitler a la pantalla para exponer los últimos días de un régimen totalitario que llevó al mundo a un nivel de barbarie nunca registrado con anterioridad en las páginas de la historia. Tampoco considero que sea la producción que mejor haya expuesto el fin del llamado III Reich; dicho lugar, si se centra en la figura de su líder, otro cantar sería asumiendo otras perspectivas, por ejemplo El puente (Die Brücke, Bernard Wicki, 1959), lo ocupa el film de Georg Wilhelm Pabst El último acto (Der Letzte akt, 1955), de la que El hundimiento (Der Untergang, 2004) toma nota y no desmerece, siendo una reproducción que busca expresar un instante en el que la locura y la irrealidad parecen salir a la luz, aunque lo hagan en el interior de un búnker donde Oliver Hirschbiegel acerca y cerca la aberración y la muerte, siempre naturales al régimen caído, y donde la mayoría se niega a aceptar el colapso de su idolatrado caudillo. Pero sí parece ser la más popular, debido a la interpretación realizada por Bruno Ganz, en un rol que, como las previas (por ejemplo, la satírica de Charles Chaplin o la de Alec Guinness), no deja de ser una caricatura, ¿qué otra cosa podría ser si no, cuando se trata de un personaje cuya imagen escapa a cualquier posibilidad de comprensión y de simpatía?, realizada a partir de la idea del líder nazi real a quien Ganz da vida en su negación final de la monstruosidad de su obra y de la derrota de cuanto ha perseguido.



<<Había recibido órdenes de asistir a las 16.00 p. m., a la sesión informativa en la Cancillería del Reich (reducto del Führer). Cuando Jodl y yo entramos al mencionado reducto de concreto armado vimos que Hitler, acompañado de Goebbels y Himmler, subía a las habitaciones diurnas de la Cancillería del Reich. No seguí la invitación de uno de los ayudantes, en el sentido de unirme al grupo, porque yo no había tenido oportunidad de saludar antes al Führer. Alguien me decía que allí arriba, en la Cancillería del Reich, se hallaba alineado un grupo de jóvenes, miembros de las Juventudes Hitlerianas, a los cuales, debido a su excelente conducta en el servicio antiaéreo durante los ataques del enemigo, se les iban a entregar condecoraciones por su valor en el combate, entre las cuales figuraban también algunas Cruces de Hierro.

Una vez que hubo retornado el Führer a su reducto subterráneo, fueron llamados, uno tras otro, por separado, para que pasaran a su pequeña vivienda, junto al gran salón de informes, Göring, Dönitz, Keitel y Jodl, para poder expresar, cada cual por su lado, sus felicitaciones con motivo de su cumpleaños. A los demás asistentes a la sesión el Führer los saludó, al entrar en el salón grande, con un apretón de manos, sin que nadie volviera a mencionar su cumpleaños.>>


Wilhelm Keitel, en Walter Görlitz: Criminales o soldados. Mariscal de Campo Wilhelm Keitel. Memorias, cartas y documentos del jefe del comando supremo del ejército alemán. Hisma, Buenos Aires, 2007.



El film de Oliver Hirschbiegel desarrolla los últimos días de la locura hitleriana que en ese momento final desvela en toda su desnudez la irrealidad, la bestialidad y la irracionalidad que se asentó en el poder alemán allá por 1933. Tras más de una década en el Poder el sueño para unos, pesadilla para muchos más, toca a su fin. Pero ¿es tan buena la interpretación de Bruno Ganz o es el personaje el que permite el lucimiento del actor? Ganz tiene mejores interpretaciones en su haber, pero, al igual que en sus papeles en El amigo americano (Der amerikanische Freund, Wim Wenders, 1977), Nosferatu (Nosferatu: Phatom der Nacht, Werner Herzog, 1979) o Cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin, Wim Wenders, 1987), logra humanizar y acercarnos un personaje deshumanizado —o sin esencia humana, la ausencia de emociones referida por Speer— que, hacía su final, semeja más loco si cabe y siempre aislado entre hombres y mujeres (y también niños) que le han tenido como una especie de semidiós a quien han seguido por varios motivos, que pueden reducirse a la cercanía y atractivo del Poder. El hundimiento se inicia con el arrepentimiento de una anciana que, en el pasado mostrado durante la película, resulta ser Traudl Junge, la joven secretaria personal de Hitler y la autora de uno de los libros que inspira el guion de Bernd Eichinger —otras fuentes evidentes son las memorias de Speer y las de Keitel—. Traudl es protagonista de sus decisiones, por mucho que en la ancianidad intente excusarse en su ignorancia, afirma que no tenía conocimiento de los crímenes nazis —¿no sabía, no quería saber o lo sabía y guardó silencio?—, y, sobre todo, se convierte en testigo de los hechos y de la caída del hombre a quien admira y para quien trabaja desde 1942.



En ese instante juvenil de su vida, todavía no está arrepentida por haber escogido el lado del Poder y del poderoso que ha sabido valerse de las nuevas tecnologías (el cine y la radio), de las ambiciones personales, del miedo y de la mezquindad humana, de la tendencia alemana a obedecer (tal vez fruto del militarismo prusiano) para lograr imponerse y ser aclamado por quienes no sufren su “política”. ¿Deslumbrada por ese poder o deseosa de participar de lo que los millones de nazis disfrutan: un mundo exclusivo creado para ellos, pero sobre todo para ese líder cuya irracionalidad ya había quedado impresa en 1925? ¿Por qué tengo la sensación de que, quizá, si la historia fuese favorable a los nazis, no habría tal arrepentimiento por parte de Traudl y tantos más? En la película nada queda al azar y pretende señalar allí donde hay que mirar. No aporta nada nuevo, de lo que habla ya ha hablado otros y, en ocasiones, mejor, pero la narrativa de Hirschbiegel tiene ritmo; se consume bien y rápido, quizá porque tampoco insiste más que en el tópico, en la imagen que ya se tiene del instante y de un personaje cuya locura fue seguida por millones, los mismos que lo auparon y corearon, muchos de los que lo abandonan en ese instante final y los que se quedan hasta el fin, e incluso los arrepentidos como Traudl Junge, cuyo arrepentimiento es a posteriori como si una ceguera le impidiese reconocer el verdadero rostro del líder nazi y del nacionalismo del que duda, a pesar de las múltiples pruebas de la sinrazón que representa…