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domingo, 7 de junio de 2026

En el nombre del padre (1972)



Contra lo viejo, la vieja condena de la juventud


Por Antonio Pardines


Es «ley natural» de la juventud moderna el romper con lo viejo, con la autoridad paterna y materna, con la «vejez» que siente extraña y hostil hasta que, sin percatarse, se convierte en ella. Por el camino, el viejo joven gana arrugas, artritis, presbicia, flacidez, flatulencia, deudas; los menos, ironía e incluso hay quien dice que el diablo por viejo gana sabiduría. Pero esto último habría que ponerlo en duda incluso en los humanos menos diabólicos, si uno piensa en que muchos de los sabios y artistas que la cultura y la historia veneran ya lo eran a edad temprana. En esto son precoces, precocidad que raramente se descubre en los líderes políticos y en los papas, que suelen serlo a edad tardía y nadie puede asegurar que, por tardíos, sean más sabidos que aquellos artistas y rebeldes imberbes (o de barba de cuatro pelos). Claro que las ganancias que nos regala la vejez son más que las nombradas, pero en este instante mi cuerpo decrépito me pide que hable de las pérdidas. Se pierden los colegas de fiesta, las ganas de salir hasta el amanecer de dos días después, las ilusiones de grandeza, las utopías, la propia vitalidad juvenil y el espejismo de rebeldía que creíamos real, para ser quien antes era el padre. Y hace falta romper con él, para ser él.


El padre o la madre no tienen por qué ser una persona, pueden ser un símbolo, una idea, una ideología, una institución… un sistema. Por ejemplo, en la madre Rusia se cambió el clásico absolutismo zarista por el moderno absolutismo leninista, que sería sustituido por el paternalismo ultramoderno estalinista, quizás una de las más fantasiosas realidades de la juvenil propaganda soviética. O en Italia, donde las negras camisas del fascismo dejaron su lugar a los trajes grises democristianos. Bajo la unidad del adjetivo, tanto una mente joven como una vieja pueden encontrar las ideas de democracia y de cristianismo, las del Estado y de la Iglesia Católica y Romana. Dicho de otra manera, eran las de siempre. Poco liberaban y apenas democratizaban más allá de la apariencia que ustedes quieran darle. Pero esto no era ni es exclusividad de un lugar geográfico concreto ni tampoco de uno u otro lado. Tampoco resulta exclusivo el desvelarlo mediante la comedia o la sátira de este o de aquel lugar. Aunque cabe señalar que la comedia italiana más afilada de los sesenta y setenta era la punta de lanza crítica y satírica que, pasados los años, no ha perdido su filo punzante.


Por un instante, abandono el país de nacimiento de Marco Ferreri, de cálida acogida de Cicciolina y de conspirativo exilio del fugitivo rey Borbón, y viajo a Francia para verme enfrascado en una guerra de almohadas antológica. Los saltos sobre las camas y las plumas que se desprenden hablan por sí solas. Son las almohadas de Jean Vigo en Cero en Conducta (Zéro de conduite, 1933), uno de los cantos de libertad cinematográficos por excelencia. ¿Y si vuelo al Reino Unido, unas décadas después, donde se descubre que el esnobismo y la quietud son la promesa de eterna juventud a la que se aferran las elites? Pues descubro «colleges» como Eton, la vana ilusión de gran imperio y a Lindsay Anderson en If…. (1968).


Ambos son ejemplos cinematográficos de rebeldía, de revolución libertaria dentro de instituciones que impiden el desarrollo del individuo. Y a este par de «tunantes» se les une en Italia Marco Bellocchio, que realiza en En el nombre del padre (Nel nome del padre, 1971) una sátira existencial cuyos temas a desarrollar podrían caer en el anatema. Bellocchio ubica su historia en 1958 para hablar del hartazgo de Angelo (Yves Beneyton) frente a las imposiciones del sistema y de otras cuestiones existenciales como la vida y la muerte, del miedo —una de las herramientas más útiles de cualquier sistema y contrasistema hasta la fecha— y del deseo, de la liberación y la represión, de la acción y la reacción.


Para que su intención funcione, encierra a sus personajes (curas y jóvenes de la alta burguesía) en el colegio Sagrado Corazón donde el uniforme representa el deseo de uniformidad al que siempre aspira el sistema, que solo necesita diferentes a sus dirigentes; la religión, que aspira al control de las mentes y las costumbres; la naturaleza, que quiere abrirse camino; y la condición humana, contradictoria y compleja, que se expone sin más adornos que los grotescos que hacen que el film de Bellocchio no resulte atractivo para el público devoto del cine de centro comercial… Mas entonces, aunque ya empezaban a brotar, estos mercados techados, iluminados, musicalizados y perfumados todavía no proliferaban como los hongos a la sombra de los árboles. Eran superficies jóvenes, y se rebelaban contra el orden tradicional que, aunque hayan cambiado su apariencia externa, ahora comandan…

lunes, 19 de enero de 2026

Rapto (2023)



Pocos cineastas pueden presumir de una carrera tan longeva como la de Marco Bellocchio, cuyo debut en la dirección data de la década de 1960. Su primera película fue el cortometraje La colpa el la pena (1961); y su primer largometraje, Las manos en los bolsillos (I pugni in tasca, 1965), en la que se acerca a la sociedad de la época mediante un joven que decide liberar a su hermano de resto de la familia. Desde entonces hasta la miniserie Portobello (2025), han transcurrido sesenta años, tiempo suficiente para que en el mundo se sucedieran más guerras, hambrunas, pandemias, secuestros, accidentes y abusos de poder, entre otros crímenes, hechos e historias humanas que se dan en cada presente. El traidor (Il traditore, 2019), el documental Marx puó aspettare (2021), la serie televisiva Exterior noche (Esterno notte, 2022) y El rapto (Rapito, 2023), confirman que, superados los ochenta años, Bellocchio continúa gozando de una plenitud intelectual y creativa envidiable y combativa, pues este cineasta octogenario, nacido en Emilia-Romagna en 1939, nunca ha dejado de mirar su época e insiste (bien que hace) en desvelar hechos pasados (y actuales) y representarlos en la pantalla para hablarnos del ayer y del hoy, puesto que los claroscuros humanos y los abusos de poder no caducan. Los primeros los llevamos dentro, y los segundos son inherentes a la codicia humana (no la hay de otro tipo, ni animal, ni vegetal, ni protoctista, ni…), que domina allí donde cualquier individuo, grupo o Estado codiciosos impongan su “ley”. Volviendo a Bellocchio, pocos aficionados al cine discutirán que se trata de uno de los grandes cineastas italianos que empiezan a ser reconocidos o que debutan en la dirección de largometrajes en la década de 1960, entre ellos Francesco Rosi, Ermano Olmi, Elio Petri, Ettore Scola, Pier Paolo Pasolini…


La historia que Bellocchio narra en este film, ambientado en varios momentos del siglo XIX, <<comienza en marzo de 1852 en Bolonia, hogar de la familia Mortara. Edgardo, el sexto hijo, tenía solo seis meses. En esa época, Bolonia pertenecía a los Estados Pontificios y Pío IX era el papa soberano>>; es decir, el rey absolutista de la Iglesia Católica. La trama se traslada seis años después del nacimiento del niño, cuando Edgardo, bautizado sin consentimiento ni conocimiento de sus padres, es separo de su familia y llevado al seno de la Iglesia. El Estado rapta al niño judío, aunque no es un caso aislado, más tampoco puede decirse exclusivo de la Iglesia Católica, puesto que en las dictaduras o en las democracias, un ejemplo fue la australiana que, entre 1910 y 1970, mantuvo una política de asimilación en la que se realizaron actos similares, incluso a gran escala. Hubo más casos de democracias (la estadounidense, la canadiense, la neozelandesa) que apostaban por erradicar la cultura aborigen mediante una política de asimilación que permitía separar a los niños de sus padres (de su idioma, de sus raíces, de su costumbres) y se les imponían los usos de la “civilización” dominante…


Bellocchio muestra al niño en diferentes etapas: miedo, dolor, aceptación, asimilación… Finalmente, Edgardo se adapta a la perfección; la capacidad infantil para adaptarse no nace de la resignación, de la sumisión o de la desidia, sino del proceso de adoctrinamiento (ya aceptado y asimilado por el adulto). Por otra parte, resulta más sencillo adoctrinar a alguien desde la infancia que a cualquiera cuya mente y pensamiento se esté formando de continuo, asumiendo una actitud crítica con su entorno y consigo mismo. ¿Quién podría adoctrinar a Giordano Bruno, a Spinoza o a Nietzsche? La Iglesia de El Rapto presume de ser <<madre misericordiosa>>, pero resulta patriarcal y absolutista. Centra el poder en torno a la figura papal —no hay una “mamal”, derivación inexistente del “mámmē” griego, que sería lo lógico si hubiese existido alguna Suma Pontífice aceptada por la Historia y la Iglesia— y asume la imposición de dogmas para crear mentes no pensantes, adormecidas. En cualquier caso, la aberración no es tanto que tenga el poder de hacerlo —el poder siempre impone, nunca está dispuesto al diálogo ni a aceptar iguales—, como la complicidad y el consentimiento de hacerlo, que se ausente como algo que se acepta ya sea por intereses o por adoctrinamiento. Aparte de que fueron creadas por los humanos —y por ello ya merecen la sospecha, el dudarlas—, las religiones, las ideologías, las distintas políticas, deberían ser expuestas por quienes las expresan, no impuestas, para su comprensión y crítica, para su aceptación o rechazo… Mas en nada de ello hay posibilidad de elegir, no hay libertad, solo imposición.


<<Su hijo es cristiano para la eternidad>>, dice el religioso a quien el padre acude para pedirle que le devuelvan al niño. Pero ¿quién ha consentido? ¿El bebé? ¿Su madre? ¿Su padre? ¿Alguien que pasaba por allí o una sirvienta adoctrinada en la ignorancia y el miedo? ¿No sería decisión del interesado el decidir si quiere ser cristiano, en cualquiera de sus múltiples variantes, budista, judío, musulmán, agnóstico o ateo? Toda imposición es un abuso de poder hacia quien se le impone, ya sea mediante leyes o por la fuerza; uno, quien recibe el peso de las decisiones e imposiciones ajenas, se ve superado e imposibilitado; en El rapto dicha imposibilidad se ceba con la familia Mortara, que lucha inútilmente por recuperar a Edgardo, bautizado por una sirvienta que temía que el niño muriese fuera del seno de la Iglesia y, como consecuencia, fuese condenado al limbo, aquella sala de espera que la propia Iglesia confirma oficialmente su inexistencia en 2007…

martes, 16 de abril de 2024

El traidor (2019)

El uso que Marco Bellocchio hace de la violencia explícita en los compases iniciales (y finales) de El traidor (Il traditore, 2019), cuando va sumando asesinatos en la pantalla y la posterior tortura de la que es víctima Tommaso Buscetta (Pierfrancesco Favino) en Brasil, ni es caprichoso ni tiene una finalidad ornamental; tampoco es un fin en sí mismo, sino el modo de establecer parte de la realidad que el cineasta representa en la pantalla (a partir de hechos y personajes reales): la de su protagonista y la de la propia Italia de la década de 1980: el control del narcotráfico, más de un centenar de asesinatos por parte de la mafia, el juicio a los capos, el atentado contra el juez Falcone o la vista al político Giulio Andreotti. Tras su detención en Brasil, donde también intenta suicidarse, el “hombre de honor”, como él mismo asume ser o como su resistencia en los interrogatorios ha mostrado, al no delatar ni siquiera bajo tortura, es extraditado y regresa a Italia, e inicia su careo con el juez Giovanni Falcone (Fausto Russo Alesi), cuya lucha contra la mafia precipita su muerte en 1992. Le desvela la organización de la Cosa Nostra; dentro de la cual, Buscetta era soldado raso y al tiempo un “hombre de honor” de influencia, veterano de la vieja escuela, mujeriego, preocupado de su imagen y la buena vida.

Si los primeros minutos de El traidor mostraban su personalidad, sus declaraciones posteriores, como parte de su trato con la fiscalía, muestran la de la mafia. Para Buscetta ha llegado la hora de hablar, ya no siente que exista una organización a la que deba leal; dos de sus hijos son asesinados por los corleoneses y no duda en decirle a Falcone que la Cosa Nostra ha perdido sus valores. Asegura que no es la misma que aquella en la que él entró cuarenta años atrás, cuando era un adolescente. Lo mismo asegura Contorno (Luigi Lo Cascio), el otro testigo a quien Bellocchio presta atención en un juicio caótico donde el tribunal apenas logra imponer orden. Las declaraciones de Buscetta, más de cuatrocientas páginas con datos y nombres, ayudan a desmontar la organización y a encerrar a cientos de sospechosos. Sin embargo, la “guerra” entre la mafia y el Estado continúa más allá del macrojuicio contra la Cosa Nostra que se inicia en 1986 y se dicta sentencia a finales del año siguiente, proceso que Bellocchio recrea con maestría y permitiendo que el bullicio domine la sala. Dicha “guerra” se prolonga en el tiempo y alcanza más allá de lo esperado, afectando a la nación —el asesinato de Falcone conmociona al país o las acusaciones de Buscetta sobre Andreotti apuntan una posible conexión entre la mafia y la política— y también al individuo, ese protagonista que da el paso contra la mafia no por arrepentimiento, ni por sacar partido. Buscetta declara, pero no es el traidor, pues es quien sufre la traición y actúa en consecuencia de la decepción, el miedo y el dolor consecuentes. Tampoco Bellocchio se traiciona con El traidor, pues en ella continúa mirando a la Italia contemporánea, a la que empezó a observar y retratar sesenta años antes; y sigue haciéndolo sin perder el pulso creativo y narrativo, al contrario, parece más firme que nunca, como confirman la miniserie Exterior noche (Esterno Notte, 2022) y El rapto (Rapito, 2023), aunque esta se ambiente mediado el siglo XIX…



jueves, 2 de febrero de 2023

Exterior noche (2022)


En sus seis episodios Exterior Noche (Externo notte, 2022) va dando forma a un retrato íntimo de la Italia de finales de los años setenta, un momento crucial para la sociedad, la política y el futuro transalpinos. Para ello, Marco Bellocchio se decanta por un ritmo pausado, pero sin pausa ni rellenos que adornen. Su ambientación y la estética, así como las interpretaciones son espléndidas y la mano de Bellocchio al frente es seguro narrativo, además de un saber hacer incontestable: tanto su maestría de cineasta como el buen gusto que exhibe al apostar por la diversidad de puntos de vista —En Buenas días, noche (Buongiorno, notte, 2003) se había decantado por exponer el secuestro de Aldo Moro desde la perspectiva de una joven de las Brigadas Rojas—. Los presenta con la suficiente inteligencia para saber combinarlos y exponer los hechos concediendo importancia similar a los personajes, que tienen su momento de protagonismo sin que Belloccio precise acelerar su presencia ni las situaciones, que nunca desarrolla en superficie; sencillamente deja que fluyan en los protagonistas a lo largo de los seis capítulos que completan el testimonio al tiempo que se preguntan por aquel momento de los setenta que la serie mira desde las más de cuatro décadas que la separan de los hechos que expone; tiempo más que suficiente para poder reflexionar sobre el ayer descrito en la pantalla.



Exterior noche es la primera serie realizada por este veterano cineasta italiano que debutó allá por la década de 1960, cuando el cine buscaba revolucionarse, a la par que también lo hacía medio mundo: la liberación de las últimas colonias, el deshielo, protestas juveniles y movimientos que buscaban romper con el viejo status quo y hacer cumplir las promesas. La situación de Italia tras la Segunda Guerra Mundial deparó el nacimiento de la democracia y el largo gobierno de la Democracia Cristiana. El Partido Comunista Italiano contaba con un gran número de electores, era una fuerza que siempre aspiraba a arrebatar el poder a la formación que en 1978 presidía Aldo Moro, el eje sobre quien gira este film de Bellocchio, film porque, igual que Berlín Alexanderplatz (Rainer Werner Fassbinder, 1980), Secretos de un matrimonio (Scener ur ett äktenskap, Ingmar Bergman, 1973) o Los pazos de Ulloa (Gonzalo Suárez, 1985), se trata de una propuesta cuya concepción es cinematográfica. Compuesta por seis partes, la historia que nos cuenta el director italiano detalla los últimos días de Moro, su secuestro, su muerte, pero lo hace desde diferentes perspectivas: la de la víctima, la del ministro del interior, la del Papa, la de los terroristas, la de Eleonora Moro y de nuevo regresa a la víctima para cerrar una etapa cuyo trágico broche abre otra que sería continuación de la misma. El tono, por momentos onírico, de Exterior noche apuesta por ser subjetivo y ahí reside uno de sus aciertos, pues no hay época ni historia que deje de ser hija de la subjetividad de su momento, así como de quienes la interpretan. En lo que todos los protagonistas están de acuerdo es en Moro, en que se trata de un hombre de valores tradicionales, familiar, religioso, pero de mente más abierta que la de sus compañeros de partido, Andreotti entre otros, y que comprende la necesidad de diálogo y de la apertura del poder a partidos que, como los comunistas, vienen pisando fuerte desde la posguerra. En definitiva, aunque conservador, Moro es un renovador y, como tal, choca con los intereses de su partido; pero sus secuestradores, radicales marxistas cansados de esperar el cambio, lo ven como el objetivo para sus reivindicaciones, sin comprender que su víctima es la llave para cambiar de modo pacifico, la única vía democrática legal y válida, el panorama político italiano…