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El traidor (2019)

El uso que Marco Bellocchio hace de la violencia explícita en los compases iniciales (y finales) de El traidor (Il traditore, 2019), cuando va sumando asesinatos en la pantalla y la posterior tortura de la que es víctima Tommaso Buscetta (Pierfrancesco Favino) en Brasil, ni es caprichoso ni tiene una finalidad ornamental; tampoco es un fin en sí mismo, sino el modo de establecer parte de la realidad que el cineasta representa en la pantalla (a partir de hechos y personajes reales): la de su protagonista y la de la propia Italia de la década de 1980: el control del narcotráfico, más de un centenar de asesinatos por parte de la mafia, el juicio a los capos, el atentado contra el juez Falcone o la vista al político Giulio Andreotti. Tras su detención en Brasil, donde también intenta suicidarse, el “hombre de honor”, como él mismo asume ser o como su resistencia en los interrogatorios ha mostrado, al no delatar ni siquiera bajo tortura, es extraditado y regresa a Italia, e inicia su careo con el juez Giovanni Falcone (Fausto Russo Alesi), cuya lucha contra la mafia precipita su muerte en 1992. Le desvela la organización de la Cosa Nostra; dentro de la cual, Buscetta era soldado raso y al tiempo un “hombre de honor” de influencia, veterano de la vieja escuela, mujeriego, preocupado de su imagen y la buena vida.

Si los primeros minutos de El traidor mostraban su personalidad, sus declaraciones posteriores, como parte de su trato con la fiscalía, muestran la de la mafia. Para Buscetta ha llegado la hora de hablar, ya no siente que exista una organización a la que deba leal; dos de sus hijos son asesinados por los corleoneses y no duda en decirle a Falcone que la Cosa Nostra ha perdido sus valores. Asegura que no es la misma que aquella en la que él entró cuarenta años atrás, cuando era un adolescente. Lo mismo asegura Contorno (Luigi Lo Cascio), el otro testigo a quien Bellocchio presta atención en un juicio caótico donde el tribunal apenas logra imponer orden. Las declaraciones de Buscetta, más de cuatrocientas páginas con datos y nombres, ayudan a desmontar la organización y a encerrar a cientos de sospechosos. Sin embargo, la “guerra” entre la mafia y el Estado continúa más allá del macrojuicio contra la Cosa Nostra que se inicia en 1986 y se dicta sentencia a finales del año siguiente, proceso que Bellocchio recrea con maestría y permitiendo que el bullicio domine la sala. Dicha “guerra” se prolonga en el tiempo y alcanza más allá de lo esperado, afectando a la nación —el asesinato de Falcone conmociona al país o las acusaciones de Buscetta sobre Andreotti apuntan una posible conexión entre la mafia y la política— y también al individuo, ese protagonista que da el paso contra la mafia no por arrepentimiento, ni por sacar partido. Buscetta declara, pero no es el traidor, pues es quien sufre la traición y actúa en consecuencia de la decepción, el miedo y el dolor consecuentes. Tampoco Bellocchio se traiciona con El traidor, pues en ella continúa mirando a la Italia contemporánea, a la que empezó a observar y retratar sesenta años antes; y sigue haciéndolo sin perder el pulso creativo y narrativo, al contrario, parece más firme que nunca, como confirman la miniserie Exterior noche (Esterno Notte, 2022) y El rapto (Rapito, 2023), aunque esta se ambiente mediado el siglo XIX…



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