Ir al contenido principal

El sabor del té verde con arroz (1952)

Historias de familia, historias cotidianas, urbanas y contemporáneas, historias de vecindario y de encuentros en barras de bares, historias estacionales, de primaveras tardías, de principios de verano o ya otoñales, historias crepusculares o equinocciales. En definitiva, el cine de Yasujiro Ozu nos sitúa frente a historias humanas a las que observa sin intención de intervenir ni de adulterar su transcurrir. Ozu contempla, pero ¿qué mira? ¿La superficie? ¿El interior? ¿Donde se posiciona y qué nos cuenta? ¿Qué busca y encuentra en la aparente quietud en la que se establece y filma a sus personajes en sus cotidianidades? Desde la calma, en la que nada y todo pasa, en la contención, Ozu mantiene la distancia respecto a sus personajes y al público. Respeta a ambos, y se sitúa equidistante para no invadir la intimidad de unos ni obligar a los otros a impresiones y emociones inmediatas, febriles y, por tanto, pasajeras. Deja que los movimientos y las palabras fluyan en aparente naturalidad, que sea esta la que marque el ritmo y la relación entre dos espacios situados en los extremos: el reflejado en la pantalla, sobre la que recrea sus historias cotidianas, y el que está al otro lado, la mente de quien observa y quizá descubra un universo emocional que late tras la aparente calma. Fijar la cámara, como si fuese parte del tiempo, y el uso del plano medio le posibilita esa distancia; no hay primeros planos de rostros. Ozu no es intrusista, capta en la media distancia, ni quiere insistir en emociones con la cercanía de su objetivo. Para él, existen otros modos de transmitir y de expresarse. No tiene que insistir en que algo está sucediendo, para que suceda; pues sucede. Y por eso no lo necesita. Sabe que siempre ocurre algo. Ese algo es la vida y, en esta, la mente no deja de funcionar; ni las sensaciones, ni los sentimientos ni las emociones, de condicionar los comportamientos humanos…

Así, consciente de ser, el cine de Ozu es y huye de lo visceral para situarse en el sosiego, aunque exista en sus personajes el desasosiego que acallan. Ozu es pacificador incluso en el conflicto que anida en los hombres y mujeres que asoman en sus películas; y esto es de agradecer, pues establece una zona en la que la calma posibilita la acción de observar, descubrir y reflexionar sobre ese mismo conflicto, ya sea generacional, personal, social o entre la tradición y la modernidad que asoma al inicio de El sabor del té verde con arroz (Ochazuke no aji, 1952), en la parte trasera del automóvil donde se sientan dos mujeres, tía y sobrina, que visten opuestos; la más joven, Setsuko (Keiko Tsushima), vestido de corte occidental; y la mayor, Taeko (Michiyo Kogure), kimono. Ambos atuendos apuntan dos mundos en uno: la modernidad, representada en la juventud y soltería de la joven, y la tradición que, quizá no por gusto, viste la tía. Para el Japón de 1952 son tiempos en los que la influencia occidental, sobre todo estadounidense, cohabita con la cultura tradicional, lo que también implica un choque no solo en aspectos como la vestimenta, sino también en las relaciones, entre ellas las matrimoniales; en el caso de la tía, le resulta insatisfactoria. El rol que asume como mujer de clase alta y entorno tradicional, al que se ve obligada por una sociedad patriarcal en extremo, la supedita al marido y esto le lleva a inventarse la mentira que le permita pasar un fin de semana entre amigas. En cierto modo, el engaño le permite liberarse. Ella considera que Mokichi (Shin Saburi), su marido, es un “tarugo”, alguien sin pizca de gracia y carente de inteligencia, ya no digamos atractivo o sofisticación, pero quizá pase por alto otros aspectos o no le conozca como cree; tal vez no le valore porque ignora que también él vive atrapado. ¿Queda amor en ese matrimonio o habría qué preguntar primero si alguna vez lo hubo? ¿Fue un matrimonio concertado por los padres de ambos o escogieron libremente? ¿Por qué no le dice la verdad? Acaso ¿no existe confianza? Lo cierto es que ella siente el cansancio y la desilusión de su matrimonio concertado. Nada encuentra en su marido que reavive la unión, si es que esta existió más allá del convenio que puso fin a su juventud, a su alegría. La juventud, la que todavía baña a Setsuko, cuya madre le ha escogido pretendiente, va quedando atrás para Taeko, que ahora vive en un tiempo de crisis en el que se plantea su (in)felicidad; quizá el momento que mejor permite conocer a alguien, incluso a uno mismo, tal vez. En el caso de Taeko y Mokichi, sí, pues es cuando Ozu les observa y nos los muestra tal como son en la media distancia en la que se puede intuir qué les preocupa. En esa distancia, el genial cineasta se expresa y huye de cualquier tipo de exhibicionismo…



Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...