Mostrando entradas con la etiqueta william rose. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta william rose. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de febrero de 2022

La bella Maggie (1954)


La primera de las dos colaboraciones de Alexander Mackendrick con el guionista estadounidense William Rose —la segunda, El quinteto de la muerte (The Ladykillers, 1955), se rodaría al año siguiente— dio como resultado La bella Maggie (The Maggie, 1953), cuya comicidad, irónica y entrañable, nace de la humanidad de sus personajes y de la contraposición entre la calma que se respira en la embarcación que da título al film y la prisa que define a Calvin B. Marshall (Paul Douglas), el empresario estadounidense que, tras perseguir la embarcación en avión, taxi o por teléfono, acaba formando parte de la tripulación, aunque de manera accidental y a disgusto. Pero a bordo de esa pequeña y vieja barcaza, que amenaza con dejar sus piezas sobre las aguas del Clyde, de la costa o de lagos escoceses, Marshall vive una experiencia inolvidable que, aparte de hacerle sentir ridículo y perder su mercancía, le permite comprender aspectos de la vida que ha pasado por alto y que afectan a sus relaciones personales. Su velocidad a la “americana”, similar a la que Jacques Tati satiriza en su cartero de Día de fiesta (Jour de fête, 1949), le ha deparado fortuna, aunque, a cambio, le ha restado tiempo a su vida personal e impedido instantes vitales para dedicar a su relación matrimonial o a cualquier otra que no sea su negocio. La barcaza y su patrón, el capitán McTaggart (Alex Mackenzie), son lo contrario al empresario estadounidense. No tienen prisa. Ambos encallan sin ver en ello ninguna tragedia, la una cuando baja la marea y el otro cuando aprovecha la presencia de un bar donde le sirvan una pinta. McTaggart es todo un personaje, un viejo lobo de río, lago, mar y pub, que se encuentra en una situación delicada y, para no perder su Maggie, se las apaña para confundir a Pusey (Hubert Gregg) y que este les contrate para transportar con “urgencia” la mercancía que Marshall quiere llevar de Glasgow a Kilterra.



Enamorado de un modo de vida que el progreso y la modernidad apagan, uno representado en su Maggie, donde nació, el marinero vive a otro ritmo y mira la vida desde otra perspectiva, desde la que no ve su barcaza vieja o estropeada. Ve belleza en ella, la ve con su corazón, la ve como su hogar, pero sobre todo como parte de su propia existencia, algo que el estadounidense no comprende. Aunque carece de la poética romántica-onírica de
L’Atalante (Jean Vigo, 1934), The Maggie posee su propia poesía, de versos de humor e ironía, de costumbrismo y amor, el que se establece entre la nave, su capitán y la tripulación, que luchan por su supervivencia, la de la barca y la propia, sin comprender que su lucha es contra el tiempo: las prisas y el desarrollo empresarial que no tienen cabida a bordo de la pequeña embarcación. Con gracia e ironía, durante todo el metraje, Mackendrick opone ritmos e identidades: la escocesa, la estadounidense y la inglesa, en la figura de Pusey, con su traje de corte fino, su bombín, su paraguas y su refinamiento cursi. Pero, aparte de este choque de idiosincrasias nacionales y de modos de interpretar el mismo instante, el director de Mandy (1952) detalla con sutileza la evolución del personaje interpretado por Paul Douglas, que se gana las simpatías del público al evolucionar de individuo deshumanizado a una persona totalmente humanizada, sin que parezca que el proceso haya sido forzado, sino consecuencia natural a su necesidad vital y al contacto con un mundo diferente al de los negocios, un entorno humano donde se prioriza la charla en un bar, celebrar un centenario o aceptar la pausa como medio que posibilita saborear esos pequeños instantes que, en suma, componen cualquier existencia.



domingo, 14 de febrero de 2021

William Rose. Hábitos de risa


Nacido en Estados Unidos en 1918,
William Rose se presentó en 1939 voluntario para luchar en la Segunda Guerra Mundial. Lo hizo como canadiense y fue destinado a Gran Bretaña —y de ahí al combate—. En 1943, se casó con Tania Price, con quien colaboraría en varias historias y guiones, y, concluido el conflicto, se instaló en Londres e inició su primera etapa de guionista: la inglesa, durante la cual iría perfeccionando su ironía cinematográfica y la sátira coral que caricaturiza costumbres y comportamientos de hombres y mujeres de clase media. Esa capacidad satírica la llevaría consigo a su regreso a Estados Unidos, donde desarrolló su segunda etapa; sobre todo, en fructífera relación profesional con el director y productor Stanley Kramer en tres comedias que, en la actualidad, son clásicos del género.


En sus guiones originales, los hábitos y el comportamiento humano son los auténticos protagonistas. Esto queda claro en la espléndida y divertida Genoveva (Genevieve, 1953), que señala un punto de inflexión en su carrera. Aunque no fuese producida por la Ealing, la película apunta el humor a seguir por los estudios cinematográficos de Michael Balcon, y eso se debe a que tanto su director, Henry Cornelius, como Rose, su guionista, fueron fundamentales en el desarrollo y asentamiento de una comedia reconocida y que hoy se reconoce como Ealing. Para este mítico estudio, escribió cinco películas, entre ellas El quinteto de la muerte (The Ladykillers, 1955), que le valió su único BAFTA, y La Bella Maggie (The Maggie, 1954), ambas dirigidas por Alexander Mackendrick —otro nombre fundamental en la comedia Ealing—, siendo la primera la máxima expresión de la esencia inglesa caricaturizada. Pero por una diferencia en el final de La bella Maggie, estuvo apunto de no ser, pues Rose dijo que no volvería a trabajar con Mackendrick. Por fortuna para la comedia cinematográfica, al año siguiente ambos ya estaba colaboraron en el guion de la que sin duda es una de las cimas cinematográficas del humor inglés. Basada en un sueño que tuvo el guionista, la película reunió personajes y situaciones inolvidables que, bajo apariencia amable, dan como resultado una caricatura despiadada y despiadadamente cómica de rasgos típicamente ingleses. <<En calidad de director trabajé a diario con Bill y el productor asociado, aunque el guion fue casi exclusivamente obra de Bill Rose>>, recordaba el director de magistral Viento en las velas (High Wind in Jamaica, 1965)Puede que a primera vista parezcan frívolas, pero, como cualquier sátira que se precie, las suyas no son complacientes, transcienden la simple burla y, sin el menor miramiento ni piedad en sus caricaturas, expone hábitos y costumbres británicas, en su primer período, y estadounidenses, en el segundo, donde, entre otros temas, se atrevió con la paranoia generada por la guerra fría en ¡Qué vienen los rusos! (Russian Are Coming, Russian Are ComingNorman Jewison, 1965) o el racismo y el liberalismo en Adivina quién vienes esta noche (Guess Who’s Coming to Dinner, 1967), por cuyo guion le concedieron el premio Oscar al mejor guion original.



Filmografía


1. Esther Waters  (Ian Dalrymple y Peter Proud, 1948)


2. Once a Jolly Swagman (Jack Lee, 1948)


3. La pasión de su vida (My Daughter Joy/Operation X, Gregory Raftoff, 1950)


4. Los asesinos acusan (Lucky Nick Cain, Joseph M. Newman, 1951)



5. Su excelencia el sablista (Bachelor in Paris, John Guillermin, 1952) historial original


6. Gift Horse (Glory at Sea) (Compton Bennett, 1952) adaptación de la historia de Ivan Goff y Ben Roberts


7. Genoveva (Genevieve, Henry Cornelius, 1953) historia original y guion



8. La bella Maggie (The Maggie, Alexander Mackendrick, 1954)


9. Touch and Go (Michael Truman, 1955)


10. El quinteto de la muerte (The Ladykillers, Alexander Mackendrick, 1955)


11. The Man in the Sky (Charles Crichton, 1957) historia original y guion


12. The Smallest Show on Earth (Basil Dearden, 1957) historia original


13. Davy (Michael Relph, 1958) historia original y guion

14. El mundo está loco, loco, loco (It’s a Mad, Mad, Mad, Mad World, Stanley Kramer, 1963)



15. ¡Qué vienen los rusos! (The Russian Are Coming, The Russian Are Coming, Norman Jewison, 1965)


16. Un fabuloso bribón (The Flim-Flam Man, Irvin Kershner, 1957)


17. Adivina quién viene esta noche (Guess Who’s Coming to Dinner, Stanley Kramer, 1967)



18. El secreto de Santa Victoria (The Secret of Santa Vittoria, Stanley Kramer, 1969)


19. The Ladykillers (Ethan y Joel Coen, 2004) basado en su guion original

20. Adivina quién (Kevin Rodney Sullivan, 2005) basado en su guion original

domingo, 24 de septiembre de 2017

Genoveva (1953)

Habrá quien haya rodado más de cien películas y ninguna buena, como también habrá quien haya realizado una, dos, tres..., y todas ellas destacadas, de modo que en el cine, como en cualquier otro arte, no se juzga la cantidad de obras creadas, sino la calidad de las mismas. Por ello, y a pesar de su breve filmografía, no tengo inconveniente en señalar la importancia de Henry Cornelius en la evolución de la comedia británica, importancia inversa a la cantidad de proyectos que, como director, productor o guionista, la componen. De entre sus aportaciones brillan tres comedias fundamentales en dar forma a las características de la comedia Ealing. Estos tres títulos son la inclasificable Clamor de indignación (Hue and Cry, 1947), realizada por Charles Crichton a partir de una idea del propio Cornelius y escrita por T.E.B. Clarke, la magistral Pasaporte para Pimlico (Passport to Pimlico, 1949) y la inolvidable Genoveva (Genevieve, 1953). En ellos encontramos el origen del humor Ealing, su máxima expresión y su confirmación internacional, pero, al contrario que sus dos compañeras, el último nombrado no se gestó dentro del estudio de Michael Balcon, lo hizo en la poderosa J. Arthur Rank Organisation. Aun así, nadie encontraría la diferencia, pues, Genoveva presenta (y representa) lo mejor de las comedias producidas en la mítica productora londinense, y lo presenta porque sus responsables, Cornelius y el guionista estadounidense William Rose -suyos son los guiones de La bella Maggie (The Maggie, 1953) y El quinteto de la muerte (The Lady Killers, 1955), ambas filmadas por otro indispensable como Alexander Mackendrick- fueron dos de los nombres fundamentales en la elaboración de aquel humor "ealingiano" (valga la expresión) que también impregna esta joya cómica, irónica y de elegante factura, que satiriza con desparpajo y frescura algunas costumbres británicas. A parte de su comicidad y burla, en Genoveva destaca el buen hacer de su cuarteto protagonista (Dinah Sheridan, John Gregson, Kay Kendall y Kenneth Moore), aunque quizá sea mejor escribir quinteto, pues también brilla la presencia de quien le da nombre. Pero, en realidad y a pesar de lo que se pudiera pensar a raíz del título, no es quien, es que. Genoveva no es humana, es el Darracq de principios de siglo XX que Alan McKim (John Gregson) heredó de su padre, y este a su vez del suyo. Por este motivo la desvencijada máquina es más que un coche antiguo, que desentona sobre el asfalto londinense del presente, es parte de Alan, de la tradición, de su legado y de su relación matrimonial, aunque en ocasiones resulte un problema, al menos el fin de semana durante el cual se desarrolla la trama. Muy a su pesar, un año más (y van tres desde su matrimonio) Wendy (Dinah Sheridan) de mala gana acompaña a su marido en la aburrida exhibición anual que el Club del Automóvil organiza como conmemoración de la ley decimonónica que aprobó la libre circulación de vehículos motorizados por la isla. Aquel primer trayecto, entre Londres y Brighton, se repite anualmente llenando el asfalto de reliquias que circulan sin afán de competir, solo por el orgullo que sienten sus dueños al volante de maquinas que, en el caso del Darracq de Alan o del Spyker de 1904 de Ambrose (Kenneth Moore), apenas se encuentran en condiciones de realizar el breve recorrido que, de regreso a la capital, se transforma en una de las competiciones automovilísticas más simpáticas y tramposas del cine, ironizando sobre la relación de pareja, la amistad o la importancia que los dos protagonistas masculinos conceden a la apuesta que da rienda suelta a la parte más hilarante de esta espléndida comedia que, sin ser Ealing, no deja de serlo.

viernes, 20 de junio de 2014

Adivina quién viene esta noche (1967)



Cuando Spencer Tracy aceptó protagonizar Adivina quién viene esta noche (Guess Who's Coming to Dinner, 1966) su estado de salud era como mínimo delicado, pero la intervención de Stanley Kramer, responsable de tres de sus últimas películas —
La herencia del vientoVencedores o vencidosEl mundo está loco, loco, loco—, y la posibilidad de volver a compartir pantalla con Katharine Hepburn, durante años su pareja sentimental y en nueve ocasiones artística, le convencieron para asumir la que sería la última demostración de su innegable talento interpretativo. Desde el debut de Tracy en 1930 hasta el momento del rodaje de Adivina quién viene esta noche dentro de la industria cinematográfica se produjeron cambios significativos de tipo técnico, pero también de carácter social como la integración racial de la que Sidney Poitier, coprotagonista del film, fue pieza clave al ser el primer afroamericano en alzarse con el Oscar a la mejor interpretación masculina por su papel en Los lirios del valle (Ralph Nelson, 1963). Gracias a su participación en esta película o en títulos como Fugitivos (Stanley Kramer, 1958), Rebelión en las aulas (James Clavell, 1967) o En el calor de la noche (Norman Jewison, 1967), Poitier se convirtió en uno de los actores más influyentes del Hollywood de finales de los sesenta, además de ser uno de los primeros en cobrar un porcentaje de la recaudación de las películas en las que participaba. Su tercera colaboración con Kramer, basada en un guión de William Rose, gira en torno a la integración que ni la clase burguesa, de supuesta ideología liberal, de la que forman parte los Drayton, ni las minorías representadas por los Prentice han asumido en su plenitud debido al distanciamiento generado por una tradición segregacionista que aún les condiciona, y por ello, a los padres de los novios, les cuesta aceptar un acercamiento racial que solo puede producirse a partir de las nuevas generaciones, representadas por el doctor John Prentice (Sidney Poitier) y Joey Drayton (Katharine Houghton). A partir de la relación interracial de estos jóvenes Adivina quién viene está noche expone desde la comedia dramática la reacción de sorpresa de sus progenitores cuando escuchan que piensan casarse. Primero los Drayton y posteriormente por los Prentice muestran sus dudas y, por momentos, un rechazo que delata que aún no se ha asumido ni aceptado plenamente el concepto de integración, quizá más por miedo a la no aceptación social que por ideas racistas, pues temen por el futuro de los enamorados en una sociedad donde la unión entre miembros de distintas razas no está bien vista. Pero esta circunstancia no afecta a los prometidos, que comprenden que las diferencias en la pigmentación de la piel no les hace distintos, ni impide que su atracción y sus sentimientos sean sinceros y apasionados, rompiendo de ese modo con los condicionantes y los prejuicios que provocan el distanciamiento entre etnias o, simplemente, personas.

martes, 16 de julio de 2013

El mundo está loco, loco, loco, loco (1966)


El título escogido por Stanley Kramer para una de sus comedias, El mundo está loco, loco, loco, loco (It’s a Mad, Mad, Mad, Mad World, 1963), insiste en la locura de una sociedad enajenada. La reduce a unos cuantos personajes cuya locura se desata cuando se lanzan a la carrera en busca del dinero que todos persiguen. No es un film episódico, sino uno que centra su atención en varios espacios e individuos cuyo motor existencial y su mayor amor es el dinero. Este desata sus pasiones y las situaciones más disparatadas, como la alocada competición en la que se embarcan. Atractiva y al tiempo irregular, está propuesta de Kramer deja claro el grado de locura alcanzado por la sociedad de la que los personajes forman parte, una sociedad que ha perdido el norte o lo ha creído encontrar en los dólares. Su estrella polar, la que les guía y desorienta, es la promesa del tesoro. Son muchos quienes lo persiguen, ya queda claro al principio, cuando los créditos iniciales de El mundo está loco, loco, loco, loco parecen no terminar nunca, debido al elevado número de competidores: actores y actrices que Stanley Kramer
 reúne en la parrilla de salida. Los nombres que se leen son, en su mayoría, los de personalidades destacadas dentro de la comedia: Jimmy Durante, Buster Keaton, Joe E. Brown, Phil Shavers, Mickey Rooney, Peter Falk o Terry Thomas, no así el de Jerry Lewis, que no aparece acreditado, pero que sí se deja ver en un breve cameo. Todos ellos y muchos otros acompañaron en esta road movie cómica a un actor de la talla de Spencer Tracy. en la que fue su tercera colaboración con Kramer, anteriormente habían rodado La herencia del viento (1960) y Vencedores o vencidos (1961), y posteriormente volverían a coincidir en Adivina quien viene esta noche (1967), la última interpretación del actor, que fallecería diez días después de finalizar el rodaje. El guión corrió a cargo del matrimonio Rose, TaniaWilliam, siendo el primero de los tres que William Rose escribió para el director-productor —Adivina quién viene esta noche y El secreto de Santa Victoria (1969) fueron los otros dos—. 


Inmediatamente después de que los interminables créditos concluyan la cámara se centra en un vehículo que avanza a toda velocidad por una carretera de la que se sale ante la presencia de varios testigos, que se acercan para saber qué ha sido del conductor (Jimmy Durante), que, moribundo, exclama un absurdo asunto de que en Santa Rosita ha enterrado 350.000 $. Esta confesión incita la ambición de sus oyentes, quienes antes de pisar el acelerador se estudian para conocer las intenciones de aquellos que serán sus rivales en la alocada búsqueda de esa X bajo la que se esconde el tesoro. Sin embargo, ante la imposibilidad de dejar atrás a los demás, deciden llegar a un acuerdo que no satisface a ninguno. De modo que vuelta a empezar, pero en esta ocasión empleando cualquier treta para alcanzar la promesa de los miles de dólares que han turbado su raciocinio. Los competidores de El mundo está loco, loco, loco, loco son hombres y mujeres que se definen como honestos, y equilibrados en su día a día, pero no tardan en sufrir su transformación, provocada por la importancia que le conceden al dinero; y de ese modo se olvidan de cualquier otra cuestión que afecte a sus vidas. La idea de enriquecerse sin dar palo les domina y les impulsa a luchar ignorando que la policía y el capitán Culpepper (Spencer Tracy) llevan más de quince años esperando recuperar el dinero robado por el narizotas; así pues, Culpepper ordena vigilar a los competidores, pero deja que prosigan su carrera, consciente de que ellos son quienes deben llevarle hasta la conclusión de un caso tras la cual pretende tomarse unas merecidas vacaciones. Satírica y alocada, El mundo está loco, loco, loco, loco se presenta como una broma que pretende la carcajada del público, de ahí que se mueva por una comicidad de cartoon y gags en los que los personajes reciben golpes a diestro y siniestro o viven experiencias cómicas en las que todo es posible; sin embargo, sus más de dos horas y media de duración acentúan sus altibajos y provocan que las situaciones se repitan a medida que pasan los minutos, lo cual provoca cierta pérdida de interés, al menos por mi parte.

domingo, 14 de julio de 2013

¡Qué vienen los rusos! (1966)



La mayoría de las comedias escritas por William Rose presentan una visión crítico-satírico que se convierte en el motor de la acción, así se descubre en sus colaboraciones con Alexander Mackendrick en la Ealing o en su posterior andadura en producciones hollywoodienses, al lado de Stanley Kramer en El mundo está loco, loco, loco, El secreto de Santa Victoria y Adivina quién viene esta noche o de Norman Jewison en ¡Qué vienen los rusos!, película esta última que expone lo desquiciado de una pequeña población de Nueva Inglaterra que se deja llevar por el pánico y los prejuicios que se desatan cuando empieza a circular el rumor de que los rusos están invadiendo suelo patrio. La rivalidad entre soviéticos y estadounidenses dio píe a numerosas producciones que se presentaron en forma de thrillers, de ciencia-ficción o de comedias, así pues, Jewison, que al año siguiente realizaría En el calor de la noche, se decantó por parodiar la paranoia en la que se vivía como consecuencia de la guerra fría. La perspectiva ideada por Jewison y Rose resulta hasta cierto punto original y por momentos divertida, pues no solo es una sátira política, sino una caricatura de la clase media estadounidense, que cree todo cuanto le dicen y venden porque esa credulidad les permite vivir en el sueño, lejos de la realidad, lo que provoca que cualquier alteración en el orden desquicie, asuste o provoque comportamientos tan irreflexivos como los expuesto en una isla donde un submarino soviético encalla como consecuencia de que su capitán (Theodore Bikel) desea ver de cerca Norteamérica.


El accidente inicia la desventura del teniente Rozanov (
Alan Arkin) y de los marineros que desembarcan con él, con la misión de encontrar una embarcación que pueda remolcar al sumergible hasta alta mar. Su primer tropiezo se produce en casa de los únicos turistas que aún permanecen en la isla, apurando su último día de vacaciones. El señor Whittaker (Carl Reiner) y la señora Whittaker (Eva Marie Saint) se muestran dispuestos a colaborar, todo lo contrario que su belicoso retoño (Sheldon Collins), que a pesar de no levantar un palmo del sueño tila a su padre de traidor porque éste no ataca y sí responde a las preguntas que le hace el supuesto enemigo, hecho que poco después obliga a Walt Whittaker a lanzarse cual jabato sobre el soldado que les vigila, y así demostrar a su vástago que su padre es un valiente. A pesar de esa muestra de heroísmo inútil, Walt es consciente de que los marineros no están allí para conquistar, sino para pedir ayuda, aunque los miembros de la pacífica comunidad isleña no lo comprenden de ese modo y se alzan en armas para combatir a un puñado de desorientados en quienes quieren ver al invasor del que tanto les han hablado, siempre mal, y que únicamente desea regresar a casa. Evidentemente los soldados tienen más miedo que esos civiles que se preparan para la guerra, desempolvando sus escopetas y sus revólveres, y que no tardan en reunirse alrededor de Hawkins (Paul Ford), el veterano de guerra erigido a sí mismo en el líder de la defensa contra esos rusos que han atacado a la encargada de la oficina de correos. Como en otras producciones americanas de Rose el film tiene un arranque excelente, pero a medida que avanza pierde parte de su frescura inicial, puede que debido a un exceso de metraje que implica la repetición de situaciones, no obstante, ¡Qué vienen los rusos! (The Russians Are Coming, The Russians Are Coming) resulta una simpática sátira que parodia las costumbres y los miedos de una pequeña comunidad que primero dispara y después pregunta.

jueves, 6 de septiembre de 2012

El quinteto de la muerte (1955)



Por mucho que se planee no existe el golpe perfecto, pues existe un factor, el humano, que puede alterar todo cuanto se ha planificado. Dicha circunstancia la descubre el quinteto de cuerda que se aloja en casa de la anciana señora Wilberforce (Katie Johnson), donde preparan el robo perfecto o, al menos, eso dice el profesor Marcus (Alec Guinness) cuando expone su idea a sus compinches, mientras deja que el gramófono ensaye por ellos. La intención del profesor pasa por robar un envío en la estación de King's Cross; para ello necesita que sus cuatro colegas se ciñan al plan expuesto y que la simpática anciana (aunque no lo parezca resulta mayor amenaza para ellos que la policía) les sirva como cómplice involuntaria y se encargue de sacar el dinero del lugar de los hechos, convencida de hacerse cargo de un baúl que han enviado a su nuevo inquilino. A pesar de los pequeños sustos provocados por la dulce y entrometida ancianita el golpe resulta un éxito hasta que la viejecita descubre el dinero escondido en el estuche del instrumento del señor Lawson (Danny Green), y de ese modo el plan perfecto se convierte en un problema de proporciones dantescas. La ironía de la Ealing y del director Alexander Mackendrick se reunieron por última vez en El quinteto de la muerte (The Ladykillers, 1955), clásico del humor británico que, al igual que otras comedias de su director, rebosa de la ironía, del costumbrismo y de la comicidad que hicieron famosas a las comedias de la productora de Michael Balcon; pero en esta ocasión dicho humor resulta más negro de lo habitual, debido a la necesidad de los delincuentes de deshacerse de una abuela entrometida que ninguno quiere cargarse, lo cual provoca que se vayan eliminando entre ellos hasta que, finalmente, la inocente anciana se encuentra sola, sin saber dónde se han metido sus cómplices, y con toda la pasta, que pretende entregar a la policía. El error de cálculo del profesor Marcus reside en no darse cuenta de que la señora Wilberforce es más peligrosa que cualquiera de los miembros del quinteto, incluso que Louis (Herbert Lom), el profesional sin escrúpulos, ya que los cinco sucumben irremediablemente ante el encanto de una señora que a ninguno se le ocurriría lastimar, a pesar de que haber decidido eliminarla por razones de seguridad. Al igual que sus hermanas de la EalingEl quinteto de la muerte presenta los hábitos ingleses desde una perspectiva satírica, en esta ocasión ideada por el guionista William Rose, autor de un brillante guion —que parte de un sueño que tuvo—, repleto de escenas memorables (las ancianas, invitadas por la señora Wilberforce, obligan a los delincuentes a tomar el té, produciéndose de ese modo el cambio de dominadores a dominados o la escena en la que los maleantes amenazan a la anciana con la cárcel, ya que es cómplice en el delito, y ésta empieza a emplear la jerga propia de los delincuentes). Además, cabe destacar el reparto, capaz de transmitir una mezcla de lástima y simpatía por esos maleantes a quienes dan vida, delincuentes que no saben en qué casa se han metido, donde se convierten en víctimas de una víctima que habría sido menos peligrosa de haberla dejado con sus loros y con sus tazas de té; total ¿quién iba a creerle, si ningún agente hace caso de las historias que cuenta?