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El mundo está loco, loco, loco, loco (1966)


El título escogido por Stanley Kramer para una de sus comedias, El mundo está loco, loco, loco, loco (It’s a Mad, Mad, Mad, Mad World, 1963), insiste en la locura de una sociedad enajenada. La reduce a unos cuantos personajes cuya locura se desata cuando se lanzan a la carrera en busca del dinero que todos persiguen. No es un film episódico, sino uno que centra su atención en varios espacios e individuos cuyo motor existencial y su mayor amor es el dinero. Este desata sus pasiones y las situaciones más disparatadas, como la alocada competición en la que se embarcan. Atractiva y al tiempo irregular, está propuesta de Kramer deja claro el grado de locura alcanzado por la sociedad de la que los personajes forman parte, una sociedad que ha perdido el norte o lo ha creído encontrar en los dólares. Su estrella polar, la que les guía y desorienta, es la promesa del tesoro. Son muchos quienes lo persiguen, ya queda claro al principio, cuando los créditos iniciales de El mundo está loco, loco, loco, loco parecen no terminar nunca, debido al elevado número de competidores: actores y actrices que Stanley Kramer
 reúne en la parrilla de salida. Los nombres que se leen son, en su mayoría, los de personalidades destacadas dentro de la comedia: Jimmy Durante, Buster Keaton, Joe E. Brown, Phil Shavers, Mickey Rooney, Peter Falk o Terry Thomas, no así el de Jerry Lewis, que no aparece acreditado, pero que sí se deja ver en un breve cameo. Todos ellos y muchos otros acompañaron en esta road movie cómica a un actor de la talla de Spencer Tracy. en la que fue su tercera colaboración con Kramer, anteriormente habían rodado La herencia del viento (1960) y Vencedores o vencidos (1961), y posteriormente volverían a coincidir en Adivina quien viene esta noche (1967), la última interpretación del actor, que fallecería diez días después de finalizar el rodaje. El guión corrió a cargo del matrimonio Rose, TaniaWilliam, siendo el primero de los tres que William Rose escribió para el director-productor —Adivina quién viene esta noche y El secreto de Santa Victoria (1969) fueron los otros dos—. 


Inmediatamente después de que los interminables créditos concluyan la cámara se centra en un vehículo que avanza a toda velocidad por una carretera de la que se sale ante la presencia de varios testigos, que se acercan para saber qué ha sido del conductor (Jimmy Durante), que, moribundo, exclama un absurdo asunto de que en Santa Rosita ha enterrado 350.000 $. Esta confesión incita la ambición de sus oyentes, quienes antes de pisar el acelerador se estudian para conocer las intenciones de aquellos que serán sus rivales en la alocada búsqueda de esa X bajo la que se esconde el tesoro. Sin embargo, ante la imposibilidad de dejar atrás a los demás, deciden llegar a un acuerdo que no satisface a ninguno. De modo que vuelta a empezar, pero en esta ocasión empleando cualquier treta para alcanzar la promesa de los miles de dólares que han turbado su raciocinio. Los competidores de El mundo está loco, loco, loco, loco son hombres y mujeres que se definen como honestos, y equilibrados en su día a día, pero no tardan en sufrir su transformación, provocada por la importancia que le conceden al dinero; y de ese modo se olvidan de cualquier otra cuestión que afecte a sus vidas. La idea de enriquecerse sin dar palo les domina y les impulsa a luchar ignorando que la policía y el capitán Culpepper (Spencer Tracy) llevan más de quince años esperando recuperar el dinero robado por el narizotas; así pues, Culpepper ordena vigilar a los competidores, pero deja que prosigan su carrera, consciente de que ellos son quienes deben llevarle hasta la conclusión de un caso tras la cual pretende tomarse unas merecidas vacaciones. Satírica y alocada, El mundo está loco, loco, loco, loco se presenta como una broma que pretende la carcajada del público, de ahí que se mueva por una comicidad de cartoon y gags en los que los personajes reciben golpes a diestro y siniestro o viven experiencias cómicas en las que todo es posible; sin embargo, sus más de dos horas y media de duración acentúan sus altibajos y provocan que las situaciones se repitan a medida que pasan los minutos, lo cual provoca cierta pérdida de interés, al menos por mi parte.

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