Ir al contenido principal

Ocho sentencias de muerte (1949)


Durante la Segunda Guerra Mundial la Ealing Studios realizó sobre todo documentales y bélicos propagandísticos, como parte de un convenio con el gobierno de Winston Churchill. Pero en 1944, con la contienda favorable a los aliados, las desavenencias con el ejecutivo y la preocupación por el futuro económico de la empresa convencieron a Michael Balcon para llegar a un acuerdo con el todopoderoso J. Arthur Rank. De este modo conseguía el capital necesario para afrontar la posguerra y continuar al frente del equipo de la casa, que seguiría siendo el responsable del los aspectos artísticos y técnicos de los proyectos posteriores, algunos de los cuales fueron impuestos por Rank, Sin embargo, la major británica financió una producción en la que, inicialmente, Balcon no creía, pero sí su responsable, Robert Hamer, que llegó a enfrentarse al mandamás del estudio para poder llevar a cabo una de las mejores comedias negras de la historia del cine británico. Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, 1949) no fue un éxito instantáneo, tendrían que pasar años para que fuese reconocida como la obra maestra que es, incluso Michael Balcon se desdijo y aseguró que era una de las mejores películas que había producido, y no le faltaba razón. 
El humor negro empleado por Robert Hamer alcanza cotas pocas veces igualadas, desprende ironía, diversión, crítica y elegancia, además de la subjetividad que nace del enfoque de su narrador, cuya voz nos guía a lo largo de los minutos hasta prácticamente el instante final de un film en el que se observa el enfrentamiento entre clases sociales, el grande y el pequeño, casos como el de la Ealing y la Rank Organisation, el autor y el productor, el ciudadano medio y el poderoso o el de Louis Mazzini (Dennis Price) y los d'Ascoyne, el primero un plebeyo y los segundos miembros de la alta aristocracia interpretados por un camaleónico y siempre genial Alec Guinness.


El enfrentamiento de contrarios asoma en Ocho sentencias de muerte en la lucha de clases que arranca en una prisión donde se descubre a un verdugo (Miles Mallerson) que habla de retirarse después de su próxima ejecución, pues en ella ve cumplido el sueño de cualquier miembro de su profesión, ya que su cliente no es un criminal corriente, sino el aristocrático X Duque de d'Ascoyne, a quien observa a través de la pequeña abertura que hay en la puerta de la celda. Y al igual que el público, allí descubre al condenado, tranquilo, como si estuviese escribiendo algo, que el propio duque confirma como sus memorias, las mismas que comparte con el espectador y que nos retraen al pasado, al momento de su nacimiento, cuando ante tal evento su padre (Dennis Price) fallece como consecuencia de la impresión. Mazzini, empleando su apellido paterno, nos habla de su madre (Audrey Fildes), miembro de la familia d'Ascoyne, y de cómo  fue rechazada por enamorarse y casarse con un tenor italiano que, para mayor oprobio familiar, resultó ser un plebeyo. De ese modo, Louis y su madre pasaron unos años difíciles durante los cuales la pobre señora Mazzini hubo de sacrificarse al tiempo que enseñaba a su hijo, y le hablaba de la posibilidad de acceder al ducado al que tendría derecho si falleciesen los demás miembros de la familia. En aquel momento, el joven muchacho no pensaría en facilitarse él mismo la corona ducal, sin embargo, el rechazo y altivez de la rama noble de la familia, unido al deceso de su venerada progenitora y al rechazo de su enamorada, Sibella (Joan Greenwood), por falta de medios económicos le convencen para llevar a cabo el proyecto de eliminar a los ocho d'Ascoyne que le separan del ducado.


En la familia nobiliaria el parecido físico de sus miembros es innegable, todos ellos poseen los rasgos de 
Alec Guinness, pues fueron interpretados por este emblemático y carismático actor, uno de los iconos de la Ealing y del cine anglosajón. Así pues, desde el momento que Louis decide acabar con su familia, la misma que rechazó y condenó a su madre a vivir en el mundo de los plebeyos, se suceden las muertes y se confirma la escalada social de un joven que asegura no querer participar en una cacería porque detesta los deportes sangrientos, y sin embargo, no tiene el menor escrúpulo en cargarse a los caricaturescos miembros de este aristocrático núcleo familiar formado por un engreído mujeriego, un viejo banquero, un hombre de la iglesia que no puede evitar su afición al Oporto, dos militares de carrera o una defensora a ultranza de los movimientos feministas. Pero es con Henry d'Ascoyne con quien Louis hace migas, aunque durante poco tiempo, pues aquél no tarda en fallecer dejando tras de sí a una joven y hermosa viuda (Valerie Hobson) que posee muchas de las cualidades que no se descubren en la pérfida, ambiciosa y encantadora Sibella, que ha preferido casarse con el aburrido Lionel (John Penrose) que aceptar la propuesta de su divertido y pobre admirador. El triángulo amoroso desvela que Louis desea a ambas mujeres, quizá porque las dos forman la mujer perfecta. Y a pesar de las imposiciones sociales, que no le permiten tenerlas a ambas, se las arregla para que, momentáneamente, así sea. También se las ingenia para escalar dentro de la sociedad y alcanzar el puesto de privilegio que ostenta cuando la película regresa al presente y se le descubre en la celda a la espera de su ejecución, ya convertido en un miembro más de esa clase social a la que odiaba.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...