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La vida futura (1936)


Al escritor británico Herbert George Wells se le considera uno de los padres de la ciencia-ficción, y como tal, muchos fueron y son los guiones cinematográficos que adaptan o se inspiran en sus obras (La maquina del tiempo, La isla del doctor Moreau, El hombre invisible o La guerra de los mundos). El caso de La vida futura (Things to Come, 1936) resulta un tanto especial dentro del numeroso conjunto de producciones que encuentran su origen en la capacidad inventiva de este socialista utópico, ya que él mismo asumió la tarea de adaptar su novela, La forma de lo que vendrá (The Shape of Things to Come), publicada en 1933, en la que se adelantó a hechos acontecidos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los bombardeos nocturnos a núcleos urbanos formaban parte de la cotidianidad de la contienda. De modo que la importancia de H. G. Wells en el film se hace más notoria si cabe, y por eso no resulta extraño que sea su nombre el que abra esta destacada propuesta futurista realizada por William Cameron Menzies y producida por Alexander Korda, el mítico productor británico de origen húngaro que durante años fue el máximo responsable de la London Films. La vida futura se ubica en Everytown, ciudad inspirada en Londres, donde la Navidad se descubre en sus calles, por donde también se observan periódicos y carteles en los que se leen advertencias sobre una guerra inminente. En ese momento de 1940 la cámara se centra en John Cabal (Raymond Massey), dominado por el pesimismo que le generan la estupidez que significan los conflictos bélicos y el peligro que éstos encierran para el progreso y para la humanidad. El magnifico decorado realizado por Vincent Korda bulle de gente que no espera que las amenazas impresas se conviertan en realidad, sin embargo, no tardan en producirse los ataques aéreos que traen consigo la muerte, las explosiones y los incendios que no cesarán durante años. Mediante sombras e imágenes de carros de combate el tiempo avanza inexorable sin que la guerra alcance a ver su final, y así se llega a 1966, cuando Everytown se descubre como un montón de escombros habitados por un puñado de seres que han involucionado hasta casi emular a la sociedad medieval; y al igual que en aquel tiempo de oscuridad, barbarie e ignorancia, la hambruna y la peste merman parte de la población que ha sobrevivido a esa guerra interminable. La acción se detiene en ese instante durante el cual la ciudad se descubre como el feudo de un hombre a quien se conoce como el jefe (Ralph Richardson), belicoso y dictatorial, que pretende proseguir con la lucha armada que ha llevado a la humanidad al borde de la extinción. En ese momento de desesperanza se observa un aparato que surca el cielo, algo que los supervivientes dan por imposible, y sin embargo es real; se trata de un avión surgido de la nada del cual desciende Cabal, envejecido, pero seguro de sí mismo y de estar en posesión de la razón utópica que piensa compartir con los moradores de las ruinas. Al igual que en el pasado, el pensador aboga por el comercio, la ciencia y la paz como pilares del nuevo orden que trae consigo, aunque no todos se muestran de acuerdo con sus palabras, hecho que provoca el enfrentamiento entre la barbarie representada por el jefe y las ideas de Cabal. La vida futura continúa su avance hacia el año 2036; la raza humana ha prosperado gracias al progreso científico que nunca concluye, y que no convence a todos, pues existen individuos que desean que los avances cesen, convencidos de que la ciencia impide alcanzar y disfrutar de la felicidad, sin embargo, los mismos que claman por dicha felicidad se muestran intolerantes hasta el extremo de promover una revuelta que amenaza con regresar al punto de partida, aquel que Cabal rechazó desde el inicio del film.

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