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martes, 19 de mayo de 2026

Hacia la luz (2017)


Como en todos los medios, en el cine hay títulos de prestigio y otros de consumo; también los hay que aúnan consumo y prestigio, aunque estos no suelen sumergirse en profundidades emocionales. Las evitan gracias a imágenes y partituras que generan el ambiente y lo condicionan para que sintamos que ahí hay algo importante; mas una mirada atenta puede descubrir el truco: ese prestigio del que habla Christopher Nolan, uno de los grandes superficiales, en una de sus películas. Pero las hay que son creadas por cineastas de aguas tranquilas, aspirantes a expresar su mundo en la calma, en la contemplación, que es algo que no es tan simple como ver. No obedecen tanto al mercado, sino que se construyen a partir de sus experiencias, sus ideas, sus obsesiones, su poética… su capacidad de ver o no ver, su mirar un mundo que nace dentro y se comunica afuera. Sus propuestas nacen del interior de su pensamiento, condicionado por sus limitaciones, por sus conexiones, por sus excepciones y su interpretación de la realidad que descubren —o creen descubrir, pues más que nada estaríamos hablando de perspectiva—, y llegan al exterior transformadas en formas audiovisuales. Un exterior donde la luz no siempre permite ver.  


Mirar no implica ver, como tampoco lo implica la capacidad sensorial de la vista, al menos en el sentido de descubrir y captar aquello que escapa a la visión física que nos llega a través de los ojos. Contemplar también consiste en intuir e imaginar, en interpretar y vislumbrar en las imágenes, los olores, las texturas, las sensaciones y los sonidos decodificados por el cerebro el mundo subjetivo donde habitan las ilusiones, la belleza, la esperanza, la aflicción, el amor, la tristeza, la pérdida…, emociones y sentimientos que nos humanizan y en los que nos reconocemos y de los que nace la compasión y la comprensión. En esto insiste Hacia la luz (2017), un film que tiene destellos de brillo y, aunque imperfecto, sin duda es todo Naomi Kawase.


En Hacia la luz se parte de la posibilidad de ver por el sonido de la voz, para llegar a la contemplación, al descubrimiento y al conocimiento, también a la ilusión, que es la capacidad de dibujar el ideal, lo idílico, lo emocional. Misako trabaja para que eso sea posible. Describe, su tono y su lectura ayudan a quien no ve a dibujar formas, cuerpos, paisajes, sensaciones, sentimientos, emociones humanas. Pero un exceso descriptivo puede cortar la imaginación del oyente, una castración similar a la que pueda sufrir un lector o un espectador ante un libro escrito o una película muda o audiovisual.


La letra y la voz se parecen entre sí más que cualquiera de ellas al audiovisual, pero las tres corren el riesgo de eliminar el pensamiento creativo y emotivo del receptor. En ese caso, la comunicación no contempla un equilibrio entre emisor y receptor, sino que sitúa al primero por encima del segundo, al limitarlo, al dudar de su capacidad, de su inteligencia, ya sea emocional o de otro estilo. Por ello, dar todo masticado discapacita y, en muchos casos, lo hace con alevosía, como asumiendo que el lector, el espectador o el oyente careciesen de inteligencia y sensibilidad suficientes para crear su pensamiento. Misako ayuda a eso: a que quien no puede ver sí pueda imaginar, pero, en algún momento, le señalan que ofrece demasiada información o que da poca, incluso hay quien le comenta que su tono no transmite las ideas que la película a la que pone su voz debería generar en el espectador ciego. Pero, ¿y si todos no vemos igual? La complejidad y el conflicto planteados por Kawase transcienden la superficie y plantean un desconocimiento y un conocimiento a través del acercarse, del situarse en la cercanía donde dos personas se conocen, se imaginan, se ven más allá de la imagen visual, se dibujan en sus mentes, donde se convierten en quienes son el uno para la otra; y viceversa. Ahí, en esas interioridades es donde nacen para el otro; nadie les verá igual. Mas existe otra cuestión que llama mi atención. ¿Y si nunca has podido ver? ¿Cómo dibujar en la mente las formas y los colores, aunque haya quien las describa como Misako? ¿Cómo explicar las distintas tonalidades del verdor primaveral? Aun más, ¿cómo explicar el verde o las formas enrevesadas del desorden?


El protagonista masculino de Hacia la luz era fotógrafo, lo que ya apunta a su capacidad para observar a través de los ojos que ya no le permiten ver. Ahora su vista es la imaginación que parece haber perdido, como también la capacidad para distinguir entre el día y la noche. Aun así continúa sacando fotos con su cámara. ¿Por qué? ¿Para qué si no puede contemplarlas? Pero puede sentir la imagen y quiere apresarla porque su mirar es de otro tipo, no es superficial ni sensorial.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Una pastelería en Tokio (2015)


Los cerezos en flor lucen esplendorosos al inicio de Una pastelería en Tokio (An, 2015), en las proximidades de la pequeña pastelería donde Naomi Kawase desarrollará un drama humano, cercano, sensible y emotivo, quizá el más accesible de los realizados por ella. La cineasta no cambia su discurso, de ausencias, búsqueda, vínculos, de tiempo en fuga, aunque lo facilita para llegar a un sector más amplio de público, diré que para aproximarlo y hacerlo atractivo al público occidental; no en vano se trata de una coproducción franco-japonesa que traspasa fronteras y abraza la universalidad de sentimientos y emociones, de instantes efímeros que permanecen en la memoria. Kawase habla de la cotidianidad y de la vida, de sus edades: juventud, madurez y ancianidad, representadas en los tres personajes a través de los cuales habla y busca compartir momentos, ver y escuchar historias, como dice Tokue (Kirin Kiki). La directora japonesa habla, mira y escucha la soledad, la tristeza, los vínculos que brotan y el placer de las pequeñas cosas que engrandecen la vida: compartir momentos, una charla sin apenas palabras, historias que escuchar, sean humanas, de las judías y su camino del campo a la cocina o del cerezo que crecerá y del cual brotarán hermosas brevedades temporales. Kawase mima los momentos, los saborea más allá de un dorayaki cocinado con amor o de contemplar la belleza que a menudo pasamos por alto. Saborea lo efímero, representado en las tres edades y en las sakura (flor del cerezo) que lucen en los árboles próximos a la pastelería de Sentarô (Masatoshi Nagase) donde los protagonistas entablan su relación de amistad, emotiva, culinaria, armoniosa, breve pero indeleble, como la belleza de la propia flor.



Como la cocina de Tokue, a la vida hay que ponerle sentimiento y eso es lo que la presencia de la anciana aporta al pastelero que inicialmente se muestra reacio a contratarla, pero gracias a su contacto con la anciana puede recuperar el contacto consigo mismo. La sabiduría de Tokue se remonta a setenta y seis años de vida y de experiencias, de alegrías y de dolor, de pérdidas y rechazo, de amor y muerte. Su filosofía se reduce a “sin prisas”, pues las prisas no llevan a ninguna parte. Comprende que la velocidad temporal ya se encarga de apurar las vidas. La lección, una de ellas, que Tokue regala a sus dos amigos es el saborear las pequeñas cosas de la vida, sentir la existencia, vivirla lejos de la cotidianidad relámpago, que no tiene tiempo de contemplarse ni de sentirse a sí misma en el momento en el que es joven, adulta o anciana. La vida se fuga en brevedades como la flor del cerezo, que desaparece y vuelve a aparecer, pero la adolescencia de Wakana (Kyara Uchida) no regresará, dará paso a la madurez de Sentarô y esta a la ancianidad de Tokue, a su mirar la existencia con mayor detenimiento, con mayor serenidad y sabiduría vital, sin la tristeza de su edad adulta —que presumo se iniciaría en el momento mismo que su hermano la ingresa en el centro de enfermos de Hansen (lepra), para ella su primer contacto con la soledad y la tristeza que logra superar, al aceptar el sufrimiento como parte de la existencia—, la que observa en Sentarô en el momento que ella decide acercarse a él y arroparlo sin decir, para escuchar su silencio y ofrecerle su presencia, efímera, pero hermosa, cual cerezo en flor.




miércoles, 24 de febrero de 2021

Aguas tranquilas (2014)


En un mundo globalizado todavía existen rasgos que diferencian lugares y costumbres, tradiciones y señas de identidad arraigadas y condicionadas por siglos de cultura autóctona o de mezcla asimilada como propia en un pasado remoto, a menudo ya olvidado. Por ejemplo, el como se vive la muerte en la pequeña isla de Aguas tranquilas (Futatsume no mado, 2014) o la interioridad que sufre en silencio y la aparente calma que Kyoko exterioriza cuando se funde con el mar, en una sumersión solitaria y de gran belleza visual, solo podría darse en un lugar como Japón, en su cultura primigenia —de culto a deidades naturales como el agua o el sol— que coexiste con la cultura de consumo que se iría imponiendo tras la Segunda Guerra Mundial. Sería sencillo escribir que Aguas tranquilas es una película contemplativa, pero es más que eso, de hecho no logro definirla o concretarla, aunque sí puedo sentir la emoción y la contención, el dolor y la felicidad que Naomi Kawase recrea y crea en un instante entre el mundo sensible y el espiritual, mientras las imágenes transitan por la naturaleza, por la vida y por la proximidad de la muerte que afecta a Kyoko, la adolescente que sufre la certeza del inminente e inevitable adiós materno. Se pregunta porqué morimos y porqué nacemos si tenemos que morir. Pero no tiene respuesta, ni le calma que le digan que su madre siempre estará en ella. Kyoko necesita sus caricias, su calor y su presencia, quizá por ello uno de los momentos felices sea cuando su cabeza reposa sobre el regazo materno y la madre pose la suya en el tronco paterno. Es una cadena de amor y sentimiento, de calor y de vida, pero también es un instante efímero en la realidad, aunque quizá “eterno” en su memoria.



El camino del samurái en busca de la paz interior es un recorrido que dudo que concluya en algún punto, pues implica un constante descubrir y descubrirse, resignarse a sentir la brevedad de los instantes de quietud a los que se refiere el padre de Kyoko cuando le explica Kaito qué significa para él fundirse con las olas en su última etapa, cuando conecta con la energía y la fuerza marina que le acerca el silencio absoluto, tal vez el umbral entre la vida y la muerte. El espacio escogido por
Naomi Kawase para ubicar Aguas tranquilas es un lugar de silencios, de sonidos y de contacto entre la naturaleza y la humanidad. Pero también es una pequeña isla donde nunca pasa nada extraordinario que rompa la cotidianidad, salvo los días y las existencias que se relacionan en ese mismo espacio, donde la tradición y la naturaleza son tan protagonistas como los hombres y las mujeres que ven como, un día, la tranquila monotonía que comparten se rompe con la aparición de un cuerpo sin vida, que flota sobre el agua. La multitud curiosa se congrega alrededor del cadáver, hablan, pero nadie sabe quién fue o cuál fue la causa de la muerte, si un accidente, un suicidio o un asesinato. Tampoco importa demasiado, excepto como la novedad de un instante, aunque sí importa para los dos adolescentes, pues posiblemente sea el primer encuentro real con la muerte y sea el que avive inquietudes y dudas hasta entonces ocultas bajo otro tipo de manto cristalino. Ese instante les hace plantear nuevos aspectos de la vida, dudas existenciales, preguntas, quizá les depare miedo, seguro que incomprensión de por qué se nace y muere o porque el amor entre dos puede desaparecer.



La belleza y la intimidad fluyen en
Aguas tranquilas en imágenes y silencios con los que Kawase sabe llegar al fondo del alma de sus personajes. La cineasta japonesa no insiste, libera emociones y sentimientos, sin precisar exhibirlas. No necesita imponerlos ni impostarlos, los encuentran en Kyoko, en Kaito, en los adultos, están ahí en ellos, los sienten y prácticamente los comparte con nosotros. Es uno de los grandes logros de Kawase, que no necesita falsear porque muestra veraz el despertar a la certeza de la muerte como parte de abrazar la vida, mientras conecta a los dos adolescentes, en su sexualidad y en su intento de comprender o encontrar respuestas para lo que sienten, aquello que todavía no pueden comprender, quizá porque son incomprensibles para todos, como también son parte de la realidad compartida. Eso ofrece Aguas tranquilas, eso y cercanía, belleza, amor, aflicción, resignación, conexión entre la naturaleza y los seres humanos, y el roce de dos adolescentes que establecen su propia comunión a lo largo de una película que busca y encuentra poesía allí donde otras no miran.




jueves, 15 de agosto de 2019

El bosque del luto (2007)

<<Si todos los huecos se cubren con palabras, a veces puede ser demasiada información>>, dice uno de los personajes de Hacia la luz (Hikari, 2017). Esos huecos y la necesidad de dejarlos tal cual, vacíos en apariencia, de no pretender rellenarlos con explicaciones que limiten posibilidades o de no tener explicación con que llenarlos, salvo la subjetiva de cada uno, cineasta incluida, son la esencia del cine de Naomi Kawase. Esto lo observamos en El bosque del luto (Mogari no mori, 2007), a medida que se afirma su forma subjetiva sobre imágenes y no sobre palabras. Lo hace a través de momentos que señalan la añoranza y la ausencia, pero también la búsqueda y, quizás, la esperanza; son imágenes en las que la realizadora japonesa plasma sentimientos, emociones y relaciones humanas. La certeza de no necesitar palabras para transmitir cuanto observamos a lo largo de su obra fílmica, capturas de naturaleza, personas o tiempo, remiten al subjetivo de la propia realizadora, un yo que en El bosque del luto camina a la par que lo hace la relación que se establece entre el anciano (Shigeki Uda) y la joven (Machiko Ono) protagonistas. El primero resulta fundamental para liberar a la segunda, para abrirle los ojos, para enseñarle a recordar sin dolor, quizá sin la culpa que siente, a aceptar la pérdida y la soledad como parte de la vida. Pero, por encima de todo, se trata de una simbiosis que permite a ambos avanzar hacia la luz desde las sombras, desde su aislamiento y su negación emocional a dejar descansar a las figuras ausentes de una esposa fallecida treinta y tres años atrás y del hijo que Machiko vio morir. El cine de Kawase encuentra parte de su atractivo en la certeza de que <<vivir es tener sensaciones>>, frase que escuchamos de la voz del maestro que habla con los residentes del geriátrico donde se inicia El bosque del luto. Son las sensaciones de la propia directora, aquellas que intenta expresar sin presunción y sin imponerlas, las expresa con su cámara, con la sinceridad de alguien que busca conocer y conocerse. En la residencia accedemos a la añoranza de Shigeki y al dolor silenciado de Machiko ante la pérdida. También se intuye que guardan aspectos comunes que, como su necesidad de sentir, precipitarán su posterior conexión; al principio, complicada. Sin embargo, el acercamiento se confirma durante su tránsito por el bosque donde se establece una segunda conexión: la del individuo con la naturaleza, una relación que les recuerda la fragilidad humana (ella calienta con su cuerpo desnudo el del anciano, uniéndose así en un solo ser frente a lo que no pueden controlar), lo efímero de la existencia (son una gota en el océano del tiempo) y la presencia invisible de la muerte, de la no existencia que acompaña a los personajes en su búsqueda de superar la pérdida, el temor y la aflicción. Kawase atrapa el mundo físico por donde caminan Machiko y Shigeki al tiempo que acaricia la senda espiritual que ambos recorren como si pretendiese fundir ambos espacios en uno solo. La cámara no lo explica, ni los determina, pero abre una ventana a través de la cual se vislumbra el contacto entre lo físico y lo espiritual (aquello que no vemos, pero sí intuimos su presencia). Son dos mundos que se tocan en ese espacio natural, en ese bosque del luto donde la materia (árboles, el sonido del viento, los haces de luces que se cuelan entre las altas copas, el barro que pisan y el agua o mismamente los cuerpos de los protagonistas) y las emociones de los personajes, que apenas las exteriorizan, se encuentran en cada plano y en cada movimiento de la cámara. Están en la mochila que Shigeki transporta cual tesoro o en el caminar sobre la tierra de esa naturaleza física que despierta al nuevo amanecer, al periodo que se abre tras la simbólica despedida de la que Machiko es testigo -Shigeki dice adiós a su esposa, treinta y tres años después del fallecimiento, quizá porque ante la vejez sea consciente de que debe hacerlo antes de que la muerte lo impida- y al tiempo objeto de liberación; la libera de la necesidad de continuar aferrada a la aflicción, como si esta pudiese acallar la culpabilidad y ocultarla de la sombra que le persigue desde su pérdida. De principo a fin, la película es ese bosque de sensaciones, de luces y sombras, de emociones, de las intimidades que se intuyen y que por momentos asoman, dos intimidades que nacen en el subjetivo de la realizadora de Nara y que fluyen por esos resquicios que se convierte en imágenes que no buscan explicar, ni comportamientos ni incógnitas, quizá solo busquen la experiencia de vivir entre dos mundos: el visible y aquel que habita en cada uno de nosotros.