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Hacia la luz (2017)


Como en todos los medios, en el cine hay títulos de prestigio y otros de consumo; también los hay que aúnan consumo y prestigio, aunque estos no suelen sumergirse en profundidades emocionales. Las evitan gracias a imágenes y partituras que generan el ambiente y lo condicionan para que sintamos que ahí hay algo importante; mas una mirada atenta puede descubrir el truco: ese prestigio del que habla Christopher Nolan, uno de los grandes superficiales, en una de sus películas. Pero las hay que son creadas por cineastas de aguas tranquilas, aspirantes a expresar su mundo en la calma, en la contemplación, que es algo que no es tan simple como ver. No obedecen tanto al mercado, sino que se construyen a partir de sus experiencias, sus ideas, sus obsesiones, su poética… su capacidad de ver o no ver, su mirar un mundo que nace dentro y se comunica afuera. Sus propuestas nacen del interior de su pensamiento, condicionado por sus limitaciones, por sus conexiones, por sus excepciones y su interpretación de la realidad que descubren —o creen descubrir, pues más que nada estaríamos hablando de perspectiva—, y llegan al exterior transformadas en formas audiovisuales. Un exterior donde la luz no siempre permite ver.  


Mirar no implica ver, como tampoco lo implica la capacidad sensorial de la vista, al menos en el sentido de descubrir y captar aquello que escapa a la visión física que nos llega a través de los ojos. Contemplar también consiste en intuir e imaginar, en interpretar y vislumbrar en las imágenes, los olores, las texturas, las sensaciones y los sonidos decodificados por el cerebro el mundo subjetivo donde habitan las ilusiones, la belleza, la esperanza, la aflicción, el amor, la tristeza, la pérdida…, emociones y sentimientos que nos humanizan y en los que nos reconocemos y de los que nace la compasión y la comprensión. En esto insiste Hacia la luz (2017), un film que tiene destellos de brillo y, aunque imperfecto, sin duda es todo Naomi Kawase.


En Hacia la luz se parte de la posibilidad de ver por el sonido de la voz, para llegar a la contemplación, al descubrimiento y al conocimiento, también a la ilusión, que es la capacidad de dibujar el ideal, lo idílico, lo emocional. Misako trabaja para que eso sea posible. Describe, su tono y su lectura ayudan a quien no ve a dibujar formas, cuerpos, paisajes, sensaciones, sentimientos, emociones humanas. Pero un exceso descriptivo puede cortar la imaginación del oyente, una castración similar a la que pueda sufrir un lector o un espectador ante un libro escrito o una película muda o audiovisual.


La letra y la voz se parecen entre sí más que cualquiera de ellas al audiovisual, pero las tres corren el riesgo de eliminar el pensamiento creativo y emotivo del receptor. En ese caso, la comunicación no contempla un equilibrio entre emisor y receptor, sino que sitúa al primero por encima del segundo, al limitarlo, al dudar de su capacidad, de su inteligencia, ya sea emocional o de otro estilo. Por ello, dar todo masticado discapacita y, en muchos casos, lo hace con alevosía, como asumiendo que el lector, el espectador o el oyente careciesen de inteligencia y sensibilidad suficientes para crear su pensamiento. Misako ayuda a eso: a que quien no puede ver sí pueda imaginar, pero, en algún momento, le señalan que ofrece demasiada información o que da poca, incluso hay quien le comenta que su tono no transmite las ideas que la película a la que pone su voz debería generar en el espectador ciego. Pero, ¿y si todos no vemos igual? La complejidad y el conflicto planteados por Kawase transcienden la superficie y plantean un desconocimiento y un conocimiento a través del acercarse, del situarse en la cercanía donde dos personas se conocen, se imaginan, se ven más allá de la imagen visual, se dibujan en sus mentes, donde se convierten en quienes son el uno para la otra; y viceversa. Ahí, en esas interioridades es donde nacen para el otro; nadie les verá igual. Mas existe otra cuestión que llama mi atención. ¿Y si nunca has podido ver? ¿Cómo dibujar en la mente las formas y los colores, aunque haya quien las describa como Misako? ¿Cómo explicar las distintas tonalidades del verdor primaveral? Aun más, ¿cómo explicar el verde o las formas enrevesadas del desorden?


El protagonista masculino de Hacia la luz era fotógrafo, lo que ya apunta a su capacidad para observar a través de los ojos que ya no le permiten ver. Ahora su vista es la imaginación que parece haber perdido, como también la capacidad para distinguir entre el día y la noche. Aun así continúa sacando fotos con su cámara. ¿Por qué? ¿Para qué si no puede contemplarlas? Pero puede sentir la imagen y quiere apresarla porque su mirar es de otro tipo, no es superficial ni sensorial.

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