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Escándalo en las aulas (1962)



La soledad del profesor y de la mujer del fondo


Por Antonio Pardines


Clasicismo y modernidad, Laurence Olivier versus Terence Stamp, el enfrentamiento en la pantalla de dos nombres propios de la cinematografía británica (y mundial) que confluyen en un momento puntual que une y distancia el cine de ayer del cine de hoy. Alguien del prestigio y del bagaje de Olivier no tuvo reparos en ponerse a las órdenes de jóvenes que pretendían dotar al cine inglés de un toque de realidad, de mirar los problemas sociales e insistir en ellos rompiendo con el conformismo en el que creían había caído el cine británico. Era la época del Free Cinema, la de los Tony Richardson, Lindsay Anderson, John Schlesinger o Karel Reisz. Por allí también asomaba Peter Glenville, a quien suele dejarse fuera cuando se nombra de pasada los cineastas que dieron forma a ese nuevo tipo de cine, más aguerrido y crítico que, por ejemplo, la nouvelle vague francesa. Esta “nueva ola” parecía decantarse por otro tipo de ruptura, la que permitiese la libertad creativa de sus protagonistas, una libertad que posibilitase destacar sus cualidades y sus conocimientos cinematográficos. Y si bien no cabe duda de su impacto, su mitificación se debe tanto a su genio como a su capacidad de saber venderse, pues hubo quien quiso ver en ellos a los inventores del cine. O eso creyó un sector de la crítica, es decir, ellos mismos y otros de su gremio; también la parte del público que asumía y presumía un toque de intelectualidad. Pero el cine ya lo habían inventado otros franceses, lo habían desarrollado antes. Luego siguieron los nórdicos, los soviéticos, los alemanes... llegó el sonoro y Hollywood parecía el único lugar donde se hacían películas. O así lo creía el público; y por ello apostaban las distintas cinematografías mundiales: apostaban por imitar el sistema hollywoodiense. Esta situación se rompió con el neorrealismo italiano de posguerra, cuyo impacto resultó más potente de lo que ninguno de sus protagonistas habría pensado. Aquellos jóvenes airados británicos miraron aquel neorrealismo y encontraron una influencia a seguir. Así buscaban golpear con sus películas a la conservadora sociedad que habían heredado y en la que habían crecido, una sociedad en la que apenas observaban cambios, pues parecía mantenerse sin alteraciones significantes… 


Conviene aclarar que Glenville pertenecía a una generación previa a los Anderson y Richardson, que le precedía su prestigio teatral; pero no resulta menos cierto que también se mojó al adaptar la novela de James Barlow y aportar al Free Cinema Escándalo en las aulas (Term of Trial, 1962) —su única película que puede decirse «free»—, un título valiente en sus temas y en la forma de abordarlos. El cineasta va de cara, no se anda por las ramas ni busca florituras, y expone no solo la acusación de abusos sexuales de un profesor a una alumna de 15 años; un abuso que el público sabe que es falso, que la acusación surge de la venganza de la chica porque su maestro no le correspondió lo que ella considera amor. Habla de un hombre gris y de su matrimonio; habla de una mujer madura atrapada junto a ese hombre que dice no amar y que él dice que la ama; habla de la dificultad de un niño por encontrar su lugar; habla de la escuela, de la hipocresía, de la vulnerabilidad, del miedo a la soledad…


Y a ese Olivier comedido y creíble en el patetismo e ingenuidad de su personaje, le acompaña una actriz a su altura, que encarna a una esposa más amargada que triste, más resignada que enamorada. Esa mujer casada fue interpretada por Simone Signoret, cuyo bilingüismo —hablaba inglés desde la infancia— le permitió participar en varias producciones británicas que le reportaron mayor dimensión internacional; sobre todo Un lugar en la cumbre (A Roof on the Top, Jack Clayton, 1958). Graham (Laurence Olivier) y Anna (Simone Signoret) se mienten a sí mismos. Él, profesor en una escuela, bebe e intenta creer que todo marcha bien, que su vida no es tan gris, tan plomiza, tan patética. Pero sus ojos, sus hombros caídos y su voz delatan su desilusión; similar a la que se observa en Anna, quien apunta, en sus palabras y en su mirada, la decepción y la distancia acumuladas durante años de matrimonio en los que siente el reproche silencioso de no haber podido tener hijos. ¿Qué les queda?


Se tienen a ellos. Ambos lo saben y eso parece que les permite continuar, mas su vida sufre un vuelco cuando hace su aparición Shirley (Sarah Miles). ¿Qué edad tiene? ¿Dieciséis? ¿Diecisiete? Anna le dice que parece una chica de veinte. No es un cumplido, es señalar el peligro que ella ve en esa adolescente de quince años. Shirley se deja y se hace querer; es ella la que muestra el primer interés, y el segundo, y el tercero… ¿Por qué? ¿Qué ve en ese hombre gris y maduro? ¿Ama? ¿Idealiza? ¿Juega? Graham intima con ella, pero nunca de un modo sexual, sino como alguien que encuentra a un oyente para su desahogo y le cuenta su pesar. Así, sin saberlo, quizás ella sienta mayor necesidad de entregarse a él, pero el profesor se niega. No la rechaza por miedo a las consecuencias, sino por respeto, por lógica y porque asume amar a su mujer. Lo cual conlleva que Shirley pase de decirle que le ama a expresar «te odio».


¿Por qué enseñar, mostrar, educar y aprender? ¿Qué le motiva? ¿Por qué solo se preocupa la sociedad por hablar de motivar al alumnado mientras se desentiende de la motivación del profesorado, convirtiendo a tipos como Graham en burócratas, en vigilantes o en sujetos sospechosos, los primeros a quienes señalan los padres, la administración, la Ley e incluso los propios compañeros de profesión? Así, cuando lo acusan de los abusos que no ha cometido, ¿quién lo protege a él? ¿Su abogado? ¿Y por qué se ha llegado a ese extremo y a esa sala de tribunal? Allí, ese hombre señalado, ya no solo el apestado social que la sociedad lo condena sin presunción de inocencia —lo cual conlleva la idea extrema del suicidio— cae en la desprotección casi absoluta, solo le queda la impotencia y un último intento de mostrar su honestidad. Pero esta se encuentra fuera de lugar, no tiene cabida donde la verdad no es la que es, sino la que la mayoría y el propio sistema quiere que sea. Ahí Glenville expone al inocente o falso culpable a quien, salvo Anna, nadie cree, a una situación de indefensión evidente. En esa sala le llamarán criminal, aunque no se use la palabra. Se desprende del veredicto «culpable» de un tribunal que no imparte justicia, sino que procede según dictan las leyes —la justicia es algo imposible de reducir a un código, a un sistema, quizás también al resto de lo humano—, y echa encima de Graham el peso de la Ley. Pero, incluso después de que el tribunal se retracte, tras la confesión de Shirley, la mancha sigue ahí. Y debido a ella, el director del colegio le «invita a irse». Mas Escándalo en las aulas es una película más compleja que esa denuncia social expresada por Glenville. Es la complejidad de la intimidad, de la relación matrimonial y existencial que se corrobora cada encuentro, cada cara a cara, cada instante compartido por Graham y Anna, incluso en ese final amargo de derrota y a la vez necesidad de seguir mintiendo —resulta patética y a la vez comprensible la mentira final del marido— para continuar existiendo juntos.

Comentarios

  1. Difícilmente podríamos incluir a Peter Glenville en el grupo de los “jóvenes airados” del free cinema. Y desde luego, ESCÁNDALO EN LAS AULAS no puede ser el pretexto. Debido a mi edad provecta, recuerdo haber alcanzado a ver esta película en un cine de barrio hacia 1968 cuando mi cinefilia aún estaba en formación (como las vainas de Siegel) y no volví a visitarla hasta décadas después en un pase televisivo. La tengo grabada en mi mente como un drama pretendidamente denso basado en una novela al parecer considerada en su día "escandalosa". La película, ya en ese segundo visionado me resultó, pese a su respetable reparto, tan poco convincente como mohosa. No he tenido ocasión de revisarla recientemente pero, no obstante, me arriesgo a imaginar que no mejoraría mi opinión. Podríamos hablar de otros títulos de Glenville (por ejemplo, su celebrado BECKET, fidedigna más que digna traslación cinematográfica del drama teatral de Anouilh, siempre me ha resultado de nulo interés en su pomposa pero inerte puesta en escena, de la que solo nos quedan los fuegos artificiales de la histriónica pareja protagonista, con la proverbial sobreactuación de Peter O'Toole) pero eso será si surge el motivo.
    Un saludo.

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  2. Totalmente de acuerdo contigo, Teo. No se puede incluir a Glenville dentro del «Free Cinema», pero creo que este título tiene influencias del movimiento y se ajusta a su estética. En cuanto a «Beckett», no recuerdo nada, pero si la vuelvo a ver supongo que la comentaré aquí.

    Un saludo.

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