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Fragmentos de nada: el oráculo y el cabrero


Fragmentos de nada: el oráculo y el cabrero


Por Antonio Pardines


De un tiempo a esta parte asoman titulares que me hacen sonreír por cansancio, porque todos empiezan igual. A qué se debe tanto abuso de publicaciones que arrancan con un “la psicología dice”. Pero si la psicología no dice nada; estudia y, a menudo, a ciegas, pues cada psique es poco menos que un laberinto incluso para un buen profesional, que sería aquel que reconocería que nada de lo dicho en esos artículos es más que una patochada. ¿Pesimista? ¿Porque digo que no gusta que me digan lo que dice la psicología, las modas, los gurús y los titiriteros? Pues, en mi casa, resulta optimista ver que alguien intenta presentar una perspectiva distinta y, en la medida de lo posible, honesta. Eso me invita a ser optimista; lo contrario: engañarme para creerme feliz y que todo tiene respuesta, sí me haría caer en el pesimismo. Pero ¿por qué la gente lee este tipo de artículos? ¿Por qué no pasa de largo y se entretiene escuchando el trino de los pájaros o como aquella leona se abalanza sobre un antílope y luego regresa junto al joven león, que yace repantigado bajo la sombra del único árbol en diez kilómetros a la redonda? Ese es el gran misterio de la psicología cuando dice que es fruto de la quimera de la certeza, quimera porque, salvo el nacimiento, la muerte y una tercera, el resto cae en la incerteza, aunque haya quien ya elucubre programarla… La psicología dice que será algo, cierto, pero ¿qué es ese algo? ¿Necesidad de respuesta o la paz del espejismo que proyecta un oasis de esto es así, no te preocupes o siéntete bien porque tú no lo haces o porque lo haces, según qué pretenda el oráculo? ¡Qué bien sonaba a algunos aquello que presumía el de Delfos! El “conócete a ti mismo”. Y qué bien le respondió aquel cabrero que le dijo: <<¿Pero cuántas vidas te crees que tengo?>> A lo que el oráculo más famoso de la Antigüedad no supo contestar, pues titubeó y susurró:


—¿Una?


El garrulo le respondió que ignoraba el número exacto, pero que serían más de mil, que muchas ya habían muerto y esperaban quizás renacer, otras las llevaba ahora y algunas más ni siquiera podía mirarlas, del miedo y de la tristeza que le daban. Así se acabó la consulta, tras depositar a los pies de los monjes un presente envenenado, puesto que allí dejaba la tercera certeza humana: la existencia de la duda. El papiro que la enrollaba rezaba así: <<…es el regalo envenenado que nos da la vida y nos quita la muerte… Mientras aún estés a tiempo disfrútalo>>

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