martes, 26 de mayo de 2026

Argullol y la contradictoria naturaleza del salmón



Argullol y la contradictoria naturaleza del Salmón


Por Antonio Pardines


El camino —Antonio Machado o Miguel Delibes—, el río —Jorge Manrique—, la carretera asfaltada de una sola dirección —David Lynch— son símbolos poéticos de vida. Suelen usarse como metáforas de la existencia, de la vida que según Antonio Machado es como el camino que se hace al andar. El andaluz asume que no está predeterminada, que somos nosotros con nuestros actos y decisiones quienes trazamos su curso. El que Manrique escribió más líquido: «la vida es el río que va a dar a la mar, que es el morir». En ambos casos, la vida tiene su curso, sus crecidas y sus sequías, sus afluentes y sus recodos, incluso su aparente quietud.


Mas, en ocasiones, su caudal, su cauce y su curso dependen de factores externos que nos descontrolan o que nos sorprenden; tampoco descarto que algunos, la mayoría que se salen de lo ordinario, puedan cogernos con la guardia baja, tanto en su mejor versión como en la más trágica. Cambiamos, decía Heráclito, contemplando otro río, que nunca bebemos de la misma agua. Otros fueron más osados que el griego y afirmaron: «de esa agua no beberé». Pero a veces se bebe de donde no se quiere o de donde nunca se había pensado beber. No es sorprendente, es natural a nuestra condición. Pero ¿cuál es nuestra condición? ¿Algún día podremos conocerla y conocernos? ¿Cuándo nos preguntamos? La proximidad de la muerte o su idea, la de plantearnos ante ella, cambia el fluir, pues introduce un accidente en el curso que hace pensar en el propio curso. Vemos en superficie, miramos hacia el interior y descubrimos aquello que a veces no queremos ver.


Rafael Argullol toma el río —para dar título a su obra— y el viaje por carretera como metáforas que posibilitan introducir y realizar reflexiones sobre la vida y la muerte, temas que nunca evita y que, de hecho, son los vertebradores de la más íntima y libre Visión desde el fondo del mar (1). Sus personajes principales, Tomás y Gabriel —en quien recae ser el narrador/observador—, son dos amigos que emprenden un viaje hacia un pueblo pesquero en Almería, un viaje que ya ha concluido cuando el narrador realiza su ejercicio de evocación y reflexión. Gabriel no sabe muy bien por qué lo acompaña, aunque, en realidad, lo sepa. Pero esta es una de tantas contradicciones que nos mueven.


Lo aparente, la superficie, nos dice que acompañó a su amigo en la parte final de la Enfermedad —la mayúscula es de Argullol porque en su texto funciona como nombre propio, no común—, la enfermedad silenciosa de este. Las paradas, los kilómetros, la música, charlas y los encuentros son lo aparente, lo que podemos ver a simple vista. Pero la historia se gesta también en el plano invisible que anuncia el Desciende, río invisible (2). Esa parte oculta, viaja bajo la piel; es la profundidad que desvela que el relato fluye inusual; hace algo inusual: Argullol, a través de sus personajes, de algún modo intenta contemplar ese río invisible al que hace referencia el título y del que Gabriel es consciente de su descenso. Ve cómo ellos mismos fluyen irregulares. Siente como la Enfermedad, invisible a ojos humanos que huyan de la introspección, pondrá punto y final al curso de Tomás. Ese fin está ahí, les acompaña silencioso, viaja en Tomás, sin presumir sus efectos en el exterior. No se exterioriza, pero es implacable. Así comprende que Tomás quizás nade a contracorriente. Lo hace como el salmón cuando sabe que va a morir y busca regresar al origen donde desovar y perecer, donde principio y fin se unen para aceptar ese encuentro como el único que da cierto sentido a tanto nadar…


(1) Rafael Argullol: Visión desde el fondo del mar. Acantilado, Barcelona, 2010.


(2) Rafael Argullol: Desciende, río invisible. Ediciones Destino (Colección Áncora y Delfín), Barcelona, 1989.

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