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La matanza del día de San Valentín (1967)


Dos títulos claves del cine gansteril “moderno” iniciaron su rodaje en octubre de 1966, pero el dirigido por Arthur Penn, cuyos derechos estaban en posesión de Warren Beatty, se anunció mucho antes que el de Roger Corman, aunque fue el de este icónico de la serie B el primero en estrenarse. Su velocidad de rodaje ya era legendaria por entonces y no tenía que ver con la de Penn, tampoco la idea de la figura del gánster coincidía con la de aquel. Bien es cierto que los de uno y otro film difieren ya siquiera por un hecho concreto: el crack del 29, el antes y el después de la Gran Depresión. Mas diferencias aparte, ambas producciones hicieron posible el nuevo auge del cine gansteril de finales de los 60 y principio de los 70; aunque el impacto de Bonnie and Clyde (1967) la elevó y la situó en un pedestal que pocas producciones alcanzan: el de leyenda. En su perspectiva, Corman presenta a los personajes cual crónica de sucesos, pues eso es lo que pretende: detallar los hechos y los pasos que depararon la masacre que reconstruye con un tono clásico que no distrae y que distancia a sus hampones de la pareja de Penn. Este expone a los suyos desde un tono romántico que parece justificar el uso de la violencia empleada por sus enamorados, precursores de los jóvenes de Malas tierras y de la pareja más pop en Amor a quemarropa; a su vez, los Bonnie y Clyde son herederos de los fugitivos de Gun Crazy y del debut de Nicholas Ray. Los héroes de Penn actúan como si esa violencia estuviese provocada por la imposibilidad, por su deseo de amarse más allá del sistema que supuestamente la genera: los bancos son el enemigo, son los que se quedan con el dinero, las granjas y las tierras. Pero Penn suaviza el fondo de codicia que mueve a la pareja, que es justamente el motor de los personajes de Corman, de la pareja de atracadores reales y de la propia banca. Mas ese romanticismo hace de la película de Penn un mito, una irrealidad legendaria, que se aleja de la realidad a la que Corman quiere aferrarse para hacer su obra más ambiciosa y minuciosa —que no la mejor—, una realidad que acaba por desinteresar. Aunque no mitifique, puesto que la matanza del día de San Valentín solo fue un ajuste de cuentas entre organizaciones delictivas rivales, el cineasta le concede suma importancia al hecho. ¿Por qué? ¿Por qué la ausencia de historia y de mitos obliga a Hollywood y a la propia sociedad estadounidense a buscarlos incluso en los bajos fondos? Dicho de otro modo, Penn toma de la historia y hace literatura; mientras que Corman hace lo propio para recrear un reportaje cinematográfico. Y juntando ambas, se puede comprender hacia dónde se dirigía el cine hollywoodiense de finales de los sesenta: uno, preciso y de realismo sucio (Robert Aldrich, el propio Corman en Mamá sangrienta, el Dillinger de John Milius o Scorsese en El tren de Bertha); y el otro, lanzado al impacto existencial y emocional que ejerce la violencia en personajes a la deriva (el Estrangulador de Boston o Fuga sin fin, de Fleischer, Malas tierras de Malick, el Taxi Driver de Scorsese/Schrader)…

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