Los años sesenta, del siglo XX, fueron años en los que los movimientos nacionalistas empezaron a dejarse notar con mayor fuerza; los que depararon las naciones africanas que surgieron por entonces fueron un ejemplo claro de esto, pero no fueron movimientos de exclusividad africana. Por entonces, en 1964, dos años después de que Argelia lograse su independencia de Francia, nacía la Organización para la Liberación Palestina (OLP), que sería reconocida por la ONU diez años después, en 1974. Así el nacionalismo palestino quería visibilizar la situación de los suyos, que venían viviendo un conflicto con los israelís desde 1948. Pero, al contrario que los judíos, ellos carecían de país. Se habían convertido en refugiados y en parias. Y, aunque todas las décadas del siglo XX fueron decenios politizados en extremo, el que siguió, la década de los 70, quizá fue la más mediática hasta aquel entonces, debido al desarrollo de la televisión, que ya llegaba a las casas de medio mundo.
Fueron varias las crisis de las que se hablaban sin que distase tiempo, incluso la televisión generaba ilusión de reducir la distancia entre los hechos narrados por los periodistas y la comodidad del hogar. Fueron muchas las crisis de entonces, la del petróleo, la de Vietnam, el escándalo del Water Gate, las olimpiadas de Múnich, la operación Ogro que puso fin a la vida de Carrero Blanco, el derrocamiento del Sha de Persia, la invasión soviética de Afganistán, el 11 de septiembre chileno o la irrupción de este otro septiembre que asoma en el film de John Frankenheimer. Este grupo se adjetivó “negro” para hacer hincapié en la situación del pueblo que asumían representar y su intención. Se trataba de un grupo terrorista palestino que reivindicaba la libertad para los suyos, pero lo hacía a base de atentar y sembrar el terror. Era su modo de presionar a la comunidad internacional, de salir en la pantalla, de hacer visible una situación en la que el palestino era un pueblo invisibilizado y aplastado por la supremacía israelí. No era una guerra contra el mundo, a pesar de que sus atentados se produjesen fuera y dentro de las fronteras de Israel; podrían producirse en cualquier lugar porque, precisamente, carecía de lugar propio. Y exigían uno, aquel del que consideraban les habían o expulsado o hecho menos que humanos. Al menos así lo asume Dahlia (Martha Keller), que hace saber de esa situación en su mensaje al gobierno estadounidense. Su voz habla del atentado que se supone que acaban de cometer porque los estadounidenses han estado ayudando y apoyando económicamente al Estado que les oprime.
Pero resulta que ese mensaje era para entregar en el futuro próximo, cuando el acto ya hubiese sido perpetrado. De modo que los agentes israelís y estadounidenses todavía tienen tiempo de pararlo. Y de eso trata Domingo negro (Black Sunday, 1977), de una carrera contra el reloj para detener un atentado que depararía una tragedia sin precedentes en suelo estadounidense, pero también habla de la derrota, la desilusión y la duda que se adueña del veterano agente israelí interpretado por Robert Shaw, quien ya sospecha que nada de la violencia vivida, dada y recibida, han servido. Su guerra es el reflejo de la imposibilidad de establecer un diálogo, un respeto mutuo y una convivencia entre iguales, la cual sería la única solución efectiva y afectiva, pero también parece ser la única que no se contempla. Frankenheimer, que contó con guionistas de la talla de Ernest Lehman, parte de la novela de Thomas Harris para desarrollar un thriller que, en cierto aspecto, me recuerda a El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, 1962), pues los terroristas se valen de un héroe de guerra, en este caso de Vietnam y no de Corea, como arma para lograr su objetivo. Pero este hombre, Michael Lander (Bruce Dern), aunque haya estado prisionero y le obligasen a grabar una confesión en la que denunciaba los crímenes cometidos por los suyos en Vietnam, no es alguien a quien hayan condicionado el cerebro para que sea una máquina de matar no pensante, sino que es alguien que ha visto como su vida se ha ido por el retrete, alguien que, en su desequilibrio y su desengaño, quiere hacer pagar su dolor por todo aquello que considera se le ha arrebatado. En este aspecto, la escena con el administrativo interpretado por William Daniels aclara bastante. Como los puntos suspensivos con los que concluyó tiene la función de apelar a la curiosidad y al pensamiento crítico del lector, para que se haga su propia película…

No hay comentarios:
Publicar un comentario