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Gran Torino (2008)


El deshielo


Por Antonio Pardines


El deshielo se produce cuando las temperaturas primaverales empiezan a ser dominantes y regulares. Entonces, la capa de agua sólida que ha cubierto la superficie de los ríos, de las montañas, de los caminos y de los bosques empieza a desaparecer hasta que, transcurridos los días, deja finalmente su lugar al esplendor y colorido de las flores. Brotan los capullos, resplandece el luminoso verdor de las hojas y la frescura de las corrientes fluviales, bajo las cuales la vida había continuado durante la estación helada, refresca y revitaliza. A pesar de que la apariencia externa era fría, casi una naturaleza muerta, donde todo semejaba desierto de frialdad, latía la vida que ahora ya asoma. Ese resurgir físico y natural también puede darse simbólico, como demostró el libro de Ilya Ehrenburg El deshielo, cuyo título sirvió a la propaganda soviética para dar nombre a los años que siguieron al fallecimiento de Stalin. La imagen que el partido quiso dar al mundo, e incluso a sus súbditos, fue precisamente esa: la del regreso de la vida, la de florecer y romper con la fría rigidez del totalitario hielo anterior —miles fueron quienes regresaron entonces del gulag y del ostracismo, mayor número nunca regresó—. Incluso hay deshielo en las historias que nos cuenta el cine y la literatura. Por ejemplo, Clint Eastwood en un título como Gran Torino (Gran Torino, 2008), en el que actor, director y productor se toma su tiempo para dar a conocer a su personaje: Walt Kowalski, cuyo apellido delata que su padre o su abuelo fueron de los miles de inmigrantes que llegaron a Norteamérica, posiblemente huyendo de los progromos y de la pobreza, en busca de un mundo que idealizaban como la tierra de la gran promesa…


El apellido no es baladí, puesto que la inmigración y el racismo están presentes en el film: el racismo de los descendientes de los viejos inmigrantes hacia los nuevos. Tampoco se trata de una simple introducción, sino de parte indispensable del film. Le da dimensión, llenándole de aspectos inequívocamente humanos: contradicción y conflicto. Conocemos su situación personal: viudo, padre de dos hijos con quienes apenas tiene trato, jubilado, dueño de un Gran Torino de 1972, símbolo de otra época que legar a la siguiente —legar una serie de valores y constantes humanas como la constancia laboral o la generosidad implícita a la amistad—, y unas molestias físicas a las que se niega enfrentar. Pero también se comprende algo más: su fondo y su máscara, su dureza de hombre curtido en un mundo que no ofrece la otra mejilla, pero que maquilla cualquier aspecto que le recuerde que no es un mundo feliz. Él tampoco la ofrece, pues las experiencias del pasado le hicieron un tipo duro, de los de la vieja escuela, que, como los de la nueva, también levantan muros, aunque el suyo parece de una solidez inquebrantable. Por otra parte, resulta un personaje de esos que ahora llaman “sin filtro”, de los que dicen lo que les pasa por la cabeza, sin miedo a sonar a racista o a paleto. Sabe quién es y, precisamente por saberlo, es incapaz de olvidar quién es, porque ese quién está compuesto de sentimientos, de valores, de heridas y de fantasmas… que oculta tras esa imagen de viejo cascarrabias. Poco a poco, debido a su contacto con sus nuevos vecinos, en quienes inicialmente ve “rollitos de primavera” que llegan para romper su cotidianidad, el muro se resquebraja y, finalmente, cae hasta la última piedra.


Su amistad con Thao (Bee Vang) y Sue (Ahney Her), hermanos antagónicos, obra un milagro similar al que cada año logran las temperaturas primaverales. Le dan el calor necesario que le permiten florecer. La sangre fluye de nuevo y así, el hombre atormentado por el pasado —su paso por la guerra de Corea, un espectro de entonces regresa para recordarle que fue un asesino—, florece y deja atrás la desilusión del obrero que dejó su juventud trabajando para la Ford: máxima representante no de la industria automovilística, sino del sentir que, menos extremista y xenófobo que el exhibido por Henry Ford, parece guiar al vecino protagonista de esta sensible mezcla de comedia y drama. Mas esto confunde, pues el suyo solo es un racismo en apariencia, a lo sumo por desconocimiento y falta de contacto, uno que desaparece para devolver al hombre sensible, que no sensiblero, una imagen paternal en la que se proyecta la del marido que ha perdido a la persona que le posibilitaba sus deshielos, la que daba salida a su humanidad. Ahora, esa función, la asumen Thao y Sue, que funcionan como detonantes para que el tipo duro, que conecta con otros que pueblan el cine de Eastwood se quite la máscara, pase a asumir una función protectora y cercana, algo así como la que se supone se establece entre un abuelo y sus nietos. Pero, a diferencia de los espectrales de Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973) o el crepuscular de Sin perdón (Unforgiven, 1992), el dueño del Gran Torino no busca venganza ni reencontrase, busca redención…

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