(Re)ajustes de identidad
Por Antonio Pardines
Conservar el nombre propio no implica que se mantenga el espíritu original. De hecho, todos cambiamos, aunque nos llamemos igual que ayer y que mañana. Esto se debe a que no vivimos congelados en el tiempo, a que los intereses cambian y las inquietudes se transforman, desaparecen y nacen otras.
Más allá de ser un yogui que decide trascender de lo físico a lo espiritual, sería imposible mantenerse en la inmovilidad física; en la emocional, la personal o la histórica. La lógica y el devenir histórico empujan hacia la evolución-involución a la que todas las épocas se enfrentan y se encuentran. Cierto que las necesidades apuran y que cada presente obedece a esas circunstancias que, a menudo, no son las electivas para sus protagonistas, pero habría que ser muy ingenuo o algo hipócrita para afirmar que la venta de un colegio obedece a un fin educativo.
También resultaría engañoso introducir aquí la frase que Lampedusa pone en voz de Tancredi: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie». Mejor hablar de cara y explicar que la operación que cambia de manos el colegio es un saneamiento económico de los dueños del centro educativo, que vio cómo su posibilidad de negocio —la venta de los terrenos en su antigua ubicación— se vio truncada en varias ocasiones. Esto deparó vistas en los tribunales, que las arcas se resintiesen y que la posibilidad de buscar ayuda externa y privada cobrase fuerza.
A la suma de circunstancias habría que añadirle la de los cálculos errados, para dar como resultado la búsqueda de una salida que desahogase. Así se barajaron varias opciones hasta que se confirmó la que concluye con la incorporación del colegio privado más prestigioso del lugar a una multinacional que habla de excelencia educativa; cuando sus palabras esconden que se trata de elitismo —la venta de una imagen de élite, ya relacionada con el antiguo centro y con la propia historia de la humanidad, para reafirmar la pertenencia del alumnado a clases pudientes y a aspirantes a estar arriba— y negocio, pues, obviamente, la mercantilización de la educación lo es. Aunque, ¿cuándo la educación privada y la economía se han separado? ¿Y la educación pública de la ideología en el poder? Mas volviendo sobre el texto, quizás también aquí funcione la máxima del gatopardo: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie»…
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